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lunes, 20 de noviembre de 2023

Vamos al cine, Notas al Programa de Proyecto Sonora

 

Concierto del cuarteto "Proyecto Sonora" en el Teatro de la Laboral, 19 de noviembre del 2023.

Programa "Escuchar para ver"

L.V.Beethoven...............Gran Fuga op.133

Miklos Rozsa.................Temas sobre Ben Hur*

Bernard Herrmann.........Temas sobre Vértigo Psycho*

Samuel Barber...............Adagio del cuarteto op.11

Serguei Prokofiev.........."Field of the death" de Alexander Nevsky, op.78

Carlos Gardel................."Por una cabeza" **

Jerry Book......................"Little bird" de El violinista en el tejado*

Leonard Berstein............" María" de West side story***

L.V.Beethoven.................Cavatina del cuarteto nº13, op.130

 

* arreglos de Jorge Magaz

**arreglo de Proyecto Sonora

*** arreglo de Thorp

NOTAS AL PROGRAMA

"Vamos al cine"

“La Gran Fuga  no solo es la obra más grande de Beethoven sino, también, la pieza más portentosa de toda la historia de la música”, expresaba Glen Gould a propósito de la obra que abre el programa del concierto ofrecido por el cuarteto “Proyecto Sonora”, cuya finalidad es acercar al espectador algunas de las obras que han marcado un hito en la historia de la música y el cine.

La película que evoca la obra sin parangón es Copying Beethoven, dirigida por la polaca Agnieszka Holland y protagonizada por Ed Harris (Beethoven) y Diane Kruger en el papel de la copista Anna Holtz. El film se centra en los últimos años de la vida del compositor cuando estaba inmerso en la creación de la Novena Sinfonía y se permite ciertas licencias de ficción que, lejos de desvirtuar la biografía del de Bonn consiguen enfatizar ciertos aspectos del drama por el que atraviesa en su etapa de composición más compleja. Es en esta etapa cuando surge la Gran Fuga Op. 133, una obra que desafía el sentido de la belleza. La película logra transmitir toda esa complejidad que envuelve a la composición a través del diálogo entre la copista Anna Holz y el maestro tras mostrar los primeros esbozos:

-Lo que pretendo es abrir la música a lo feo, a lo visceral. Sólo se llega a lo divino desde las tripas del hombre […].

-“Lo siento maestro, no la entiendo”, responde Anna Holtz.

-Claro que no la entiende. No hay nada que entender, hay que experimentar estas obras. Es un nuevo lenguaje que estoy inventando para hablar de la experiencia del hombre con Dios. De mi experiencia de Dios.

Cuando Beethoven estaba componiendo la Novena Sinfonía el príncipe ruso Nicolás Galitzine le encarga la composición de varios cuartetos de cuerda, llegando a crear cinco obras de este género entre 1823 y finales de 1826. La Gran Fuga surgió como el sexto y último movimiento del Cuarteto número 13 en Si bemol mayor, Op. 130, dedicado a su mecenas y alumno, el archiduque Rodolfo de Austria y terminado en octubre de 1825. Beethoven quiso crear un final para el cuarteto con una fuga de gran expresividad que integrase los temas de los movimientos anteriores. Este final quedó enorme en dimensiones, siendo su duración mayor que la suma de los cinco movimientos. Fue estrenado por el “Cuarteto Schuppanzigh” el 21 de marzo de 1826 y cada movimiento obtuvo un gran éxito, reclamando repetición de cada uno de ellos por parte del público, sin embargo, la fuga final fue objeto de todo tipo de críticas y desprecios, incluso entre los más afines al de Bonn, pues, su enorme complejidad y extensión antecedía a sonoridades más contemporáneas. Beethoven se mostró indignado ante tales críticas por la falta de comprensión, sin embargo, animado por su editor (la buena propina ejerció su influencia) accedió a escribir otro movimiento final más convencional para el Op. 130, que significó su última composición. A pesar de ello, viendo el valor que tenía este movimiento como obra por sí misma la convirtió en una obra independiente e incluso escribió una adaptación para piano a cuatro manos.

Beethoven era un apasionado de las fugas y en su catálogo encontramos insertadas algunas importantes, como en las Variaciones Diabelli, la Sonata Hammerklavier, la Misa Solemnis o la mismísima Novena Sinfonía, por citar solo algunas de sus obras más emblemáticas.  Consciente de que la obra se escapaba de todos los cánones establecidos y que no era una fuga sin más la tituló la Gran Fuga (Grosse Fuge), situando la partitura en plena música contemporánea. Está organizada en tres partes comenzando con una obertura en compás de 6/8 y tonalidad en Sol mayor hasta llegar al Si bemol, tonalidad principal.  La fuga en sí contiene varias fugas internas por lo que la convierte en una obra compleja, hasta el punto de crear controversia entre los analistas actuales. La obertura es poco melódica con saltos abruptos y aparece la primera fuga en la que se mezclan dos temas de forma violenta y disonante. Sigue otra fuga con un tercer tema en la que se mezcla todo el conjunto. También tiene lugar una sección intermedia más lenta donde los temas se diluyen hasta que aparece una tercera fuga con variaciones, todo entretejido hasta llegar al apoteósico final. En definitiva, una obra cuya belleza no es fácil de captar en la primera escucha, pero con tiempo y dedicación resulta sublime.

 

Más fácil resulta la escucha de fragmentos de Ben-Hur, segundo elección del concierto. En 1934 Arthur Honegger introduce a su amigo y también compositor Miklós Rózsa (1907-1995) en la música cinematográfica y en poco tiempo adquiere una larga experiencia como creador de bandas sonoras. Durante el rodaje de la nueva versión de El ladrón de Bagdad estalla la Segunda Guerra Mundial y Rózsa junto con todo el equipo del rodaje se trasladan a Estados Unidos. El compositor húngaro fija su residencia en Hollywood y dedica su vida a la composición de bandas sonoras en paralelo a sus creaciones sinfónicas. Obtiene su primer Óscar en 1945 por Recuerda (Spellbound), dirigida por Alfred Hitchcock. En 1959 el compositor estaba en la cúspide de su carrera cuando acepta el encargo de crear una banda sonora para Ben Hur, una superproducción sin precedentes que cambiaría la historia del cine para siempre. Dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston, la película no escatimó en gastos para narrar una historia épica ambientada en la Roma Clásica y el nacimiento del Cristianismo. Rózsa se enfrentaba a la dificultad de saber  qué tipo de música sonaba en la época de los romanos o los hebreos, pues sólo se conservan fuentes iconográficas y éstas aportan una información muy limitada. La creación de la música para películas como Quo Vadis? (1951) o Julius Cesar (1953) habían marcado el precedente que Rózsa completará en Ben Hur y establecerá un estilo que servirá de molde para todos los compositores posteriores a la hora de crear “música de romanos”. En realidad, su estilo gira en torno al orientalismo propio de la música nacional húngara, aquella música con la que había crecido y experimentado tras haber estudiado a fondo la tradición de Bartók o Kodály. Una idea magistral e irrebatible pues nadie puede negar que esta música, cargada de exotismo para los oídos occidentales, encaje a la perfección con la idea de sonoridades de la época de los romanos. Rózsa aplicó cerca de una veintena de temas creados para diferenciar las identidades de los personajes (cristianos, judíos, romanos, macedonios…) y plasmar los ambientes de la época en la que transcurre este film. Miklós Rózsa elabora una de las partituras más largas creadas para un film (dos horas y media de música) y nace así una ejemplar y oscarizada banda sonora que marcará un hito en la historia del cine. El cuarteto Proyecto Sonora interpreta varios temas extraídos de Ben-Hur con arreglos de Jorge Magaz.

En 1960, después del éxito de Ben-Hur se estrena otro icono del cine, Psicosis, una de las películas de terror y angustia más espeluznantes, creada por el genio del suspense Alfred Hitchcock. A ello contribuyó sobremanera el compositor estadounidense Bernard Herrmann. De hecho, una vez terminado el rodaje de Psicosis Hitchcock no quedó satisfecho y apostó por acortarla y convertirla en una película para televisión. Fue Herrmann quien le pidió que se tomara unas vacaciones mientras componía la música y cuando Hitchcock la visionó, esta vez arropada por una música cargada de profundidad emocional, quedó todo lo impresionado que se puede permitir un genio frío, obsesivo y poco dado a las manifestaciones efusivas, según lo describe el cineasta francés François Truffaut, en su libro El cine según Hitchcock. Desde el escalofriante preludio de los créditos la música avanza envolviendo a los personajes en una atmósfera opresiva que vaticina un final nada optimista. Quizás, lo más recordado es la mítica escena del asesinado de Janet Leigh en la ducha, donde Herrmann despliega toda la brillantez de las cuerdas en un chirriante ostinato de violines para asestar cerca de cincuenta puñaladas a la víctima, aunque en realidad el cuchillo solo perfora el cuerpo nueve veces. Esa es la magia de la música de cine, capaz de ayudar a ver al espectador lo que no está ocurriendo en la pantalla.

Dos años antes (1958) Hermann había colaborado con Hitchcock en la composición de la BSO de Vértigo, creando uno de los temas más románticos de su filmografía con el fin de ilustrar la relación que viven James Steward y Kim Novak. Este romance está salpicado por disonancias que definen la compleja historia de amor y muerte de los protagonistas, hasta desencadenar la escena final cuya transformación se convierte en una de las músicas “románticas” más crueles y obsesivas del cine.

El director Arturo Toscanini encumbró la obra Adagio for Strings de Samuel Barber (1010-1981) tras su grabación y emisión radiofónica a través de la NBC en 1938, sin embargo, es el cine el causante de perpetuar su fama y darle nuevos significados. Samuel Barber, un compositor que fusiona la tradición nacionalista americana y la europea, con una profusa formación vocal (de ahí la capacidad melódica), compuso la obra inicialmente como segundo movimiento del Cuarteto de Cuerdas Op. 11 y fue considerada como una de las obras más tristes y bellas de todos los tiempos. Esa atracción no pasó desapercibida para algunas de las secuencias más significativas de la historia del cine, como es el caso de El aceite de la vida (1992), dirigida por George Miller y protagonizada por Susan Sarandon y Nick Nolte. Basada en hechos reales, narra la historia de un niño al que le detectan una enfermedad neurológica degenerativa para la que no existe tratamiento. El Adagio se hace presente de forma incidental a partir del instante en que los padres del niño reciben el terrible diagnóstico y la música, además de colaborar en el efecto raccord conectando escenas, cumple una función empática reforzando la emoción y contribuyendo a situar al espectador en la piel de unos padres desesperados y desolados.

La fuerza expresiva de la obra es la base de toda la BSO de Platoon (1986), película bélica dirigida por Oliver Stone que plantea una visión humana de la infernal guerra de Vietnam. La belleza del Adagio cobra un especial protagonismo en diferentes secuencias, quizás la más significativa el brutal asesinato del sargento Elías Grodin huyendo del ejército vietnamita. El logro de la escena está en evitar la saturación del oído del espectador y sustituir la cantidad de explosiones, disparos y gritos que se suponen en la pantalla por la música, intensificando el drama de manera espectacular.

La misma música cobra un significado ambiguo en El hombre elefante (1980), película firmada magistralmente por David Lynch y protagonizada por  Anthony Hopkins y Sir John Hurt en el papel de John Merrick, un hombre sensible y afectado por enormes deformidades físicas que desde su nacimiento se ve sometido constantemente a las burlas y el maltrato físico y emocional. Es en la última secuencia cuando la pieza de Barber arropa a un John Merrick consciente de que ha llegado el final de su vida, aunque fortalecido al alcanzar la paz, el respeto y el amor del prójimo. El Adagio anuncia el triste final en el momento más dulce de la vida del protagonista y genera en el espectador emociones contradictorias y, sobre todo, invita a la reflexión.

 

En 1936, con el dictador soviético Stalin en el poder y la amenaza nazi a las puertas surge el encargo de crear una película con el fin de ensalzar los valores rusos y poner de manifiesto el peligro del avance de los nazis. Nace así Alexander Nevsky, una película basada en la historia de un príncipe medieval que consiguió derrotar a los caballeros teutones en su intento de avanzar sobre Rusia. La película se convierte en una de las primeras y más importantes fusiones entre música y cine y los responsables son Prokófiev y Eisenstein, dos hijos pródigos de la antigua Unión Soviética. Durante los dos años que duró el rodaje la amistad latente entre cineasta y compositor dio lugar a un trabajo de mutualismo total y sincronización entre música e imagen. La partitura de Prokófiev es una de las joyas del cine más estudiadas, con secuencias en las que la música fue escrita después del montaje y viceversa, pues hay secuencias en las que los planos están montados en función de la cadencia de la música grabada. A pesar de ello, la precariedad de la grabación de sonido de la época se vio desfavorecida en el momento de las primeras proyecciones en Moscú.  Por ello, Prokófiev decidió adaptar gran parte de la partitura en una cantata para mezzosoprano, orquesta y coro en siete movimientos que rápidamente se convirtió en una de las piezas canónicas de la música clásica del siglo XX. “Proyecto Sonora” ha seleccionado de esta partitura el sexto movimiento, Field of the Death, el único creado para la intervención de la voz de mezzosoprano junto con la orquesta.

 

Continúa el programa con un cambio de registro para escuchar uno de los de tangos más famosos de toda la historia, Por una cabeza. La canción fue compuesta por Carlos Gardel con letra de Alfredo Le Pera en 1935 y grabada pocos meses antes de que autor y letrista perdieran la vida en un accidente de aviación en Colombia. El título se refiere a las carreras de caballos cuando la victoria es muy ajustada y se vence por una cabeza y la letra describe un romance apasionado a base de metáforas, jugando con el doble sentido de perder en las apuestas “por una cabeza” y perder la cabeza por una mujer. Desde su estreno tuvo un importante éxito y la muerte de Gardel contribuyó a ello. Si bien existen versiones cantadas y adaptadas por numerosos artistas difíciles de cuantificar, su versión instrumental es la que más notoriedad ha alcanzado. Siempre de manera diegética aparece en varias películas convirtiendo el tema en un recurso estético que sirve de base a un juego de seducción y poder. En la gran pantalla hemos visto bailar el tango a actores y actrices de distintos registros, desde Arnold Schwarzenegger en Mentiras Arriesgadas a Oskar Schindler en la oscarizada producción de Steven Spielberg,  pasando por Al Paccino o Colin Firth junto a Cate Blanchett, siempre recreado como un juego erótico y picaresco.

 

El programa continúa con dos piezas extraídas de dos musicales estrenados en Broadway y convertidos posteriormente en películas. El primero es  un tema titulado Little Bird perteneciente  al musical El violinista en el tejado (Fiddler on the Roof), con música compuesta por el estadounidense Jerry Book. Se estrenó en el Teatro Imperial de Broadway en septiembre 1964 y continuó hasta 1970 con más 3200 representaciones, batiendo todos los records teatrales y obteniendo numerosos premios.  El musical es una adaptación de Joseph Stein sobre un relato muy popular de Scholem Aleiche titulado “Las hijas de Tevye”, cuya acción se desarrolla en Anatevka, un pequeño pueblo ruso a principios del siglo XX, antes de la Revolución. Tevye es un humilde lechero que vive con su mujer y cinco hijas en edad de casarse y para mantener sus tradiciones, según la costumbre judía elige esposos para sus hijas, sin embargo, ellas se rebelan. En 1971 el director Norman Jewison convierte el musical en un película, obteniendo un enorme éxito y premiada con tres Óscar. La calidad de la partitura propició que John Williams grabara un disco con los veinte números musicales que contiene la obra, contando con la participación del violinista Isaac Stern.

Diez Premios Óscar se llevó West Side Story, el segundo musical al que hace referencia “Proyecto Sonora”, interpretando María, uno de los temas más emblemáticos de esta obra basada libremente en la historia de Romeo y Julieta con música de Leonard Bernstein, libreto de Arthur Laurents y letras de Stephen Sondheim. La interpretación de María requiere un alto nivel de expresividad para sacar todo el partido a esta partitura exigente, sobre todo en cuanto a dinámica.

Cierra el programa de nuevo la música de Beethoven y en esta ocasión se interpreta la Cavatina perteneciente al Cuarteto número 13, Op. 130 al que se hacía referencia al inicio del programa, pues se trata del quinto movimiento que en un principio precedía a la Gran Fuga. Su construcción melódica en forma de lied tripartito la convierte en una pieza lenta y emocionante con una gran intensidad expresiva en la que las cuerdas parecen tener pulmones para respirar.

En definitiva, “Proyecto Sonora” ha seleccionado un programa exigente que abarca diferentes técnicas y estilos musicales cuyo hilo conductor tiene su origen en la proyección de la gran pantalla. Es el momento de sentarse ante el escenario para disfrutar de la música y dejar volar la imaginación.

Por Mar Norlander

jueves, 20 de octubre de 2022

Quiroga, un cuarteto muy solvente

Cuarteto Quiroga, Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, 19 de octubre de 2022. El segundo concierto de la temporada de la Sociedad Filarmónica contó con la presencia del Cuarteto Quiroga, una de las formaciones más afamadas de nuestro panorama musical, merecidamente. Tal es la compenetración de los cuatro componentes que para disfrutar de uno de sus conciertos conviene situarse en las primeras filas de la butaca y captar cómo respiran acompasados según va fluyendo la partitura, y en esta ocasión aún más si cabe, puesto que el programa presentaba los dos cuartetos Op. 51 de Johannes Brahms, dos auténticas obras de arte del repertorio cuartetístico. Estas dos obras ya fueron grabadas por el conjunto y publicadas en noviembre del 2015 bajo el título “Frei Aber Einsam” (Libre pero solitario), por lo tanto, es un repertorio que dominan hasta el punto de extraer detalles casi imperceptibles. Aitor Hevia (primer violín), Cibrán Sierra (segundo violín) Josep Puchades (viola) y Helena Poggio (violonchelo) le dieron la vuelta a la tortilla y comenzaron su interpretación en orden inverso cronológicamente hablando, iniciando la primera parte del programa con la segunda obra, el “Cuarteto de cuerda en la menor, op. 51 n. º 2” y dejando para la segunda parte el Cuarteto de cuerda en do menor, op. 51 n. º 1“. Hay quien apunta que el segundo cuarteto fue estrenado antes que el primero, sea como fuere es un acierto para el auditorio ya que, si bien el segundo cuarteto es una obra fascinante su mayor extensión y la densidad de sus texturas la hace menos comercial que el “Cuarteto nº 1”. De la interpretación del segundo cuarteto, compuesto por Brahms durante un retiro estival y dedicado a su amigo Joseph Joachim, destacamos la interpretación del Andante moderato y del Quasi Minuetto: los Quiroga trabajan las dinámicas de una manera tan refinada que hacen contener el aire. Tras la pausa tuvo lugar la interpretación del “Op. 51 nº 1” y de nuevo brilló la técnica y el dominio del lenguaje para sacar adelante una partitura estructurada en cuatro movimientos con un final Allegro y brillante. La sonora ovación provocó una dulce propina y siguiendo con Brahms interpretaron “In Stiller Nacht” (La Noche Callada), una versión de una canción tradicional alemana con la que el Cuarteto Quiroga se despidió por todo lo alto del Teatro Jovellanos. No será por mucho tiempo, puesto que su calidad interpretativa es tal que se hará todo lo posible por traerlos de vuelta. Crítica publicada en La Nueva España

jueves, 6 de octubre de 2022

Un Réquiem personal que impresiona

 



“Orquesta Sinfónica y Coro Mercadante”. Director: Mariano Rivas. Anna Kabrera (soprano), Alexandra Rivas (mezzosoprano), Quintín Bueno (tenor), Ihor Voievodin (bajo-barítono). Sociedad Filarmónica de Gijón, miércoles, 5 de octubre de 2022. 

 


Comienza la temporada de la Sociedad Filarmónica de Gijón con un concierto tan atractivo que rozó el lleno en el Teatro Jovellanos y congregó a numerosas personalidades del mundo de la cultura y la política de Asturias, entre ellos Adrián Barbón. La “Orquesta Sinfónica y Coro Mercadante” bajo la dirección de su creador Mariano Rivas, fue la responsable de ofrecer la “Misa de Réquiem en Re menor, K. 626”, más conocido como el “Réquiem de Mozart”, una obra que supone el testamento musical de su autor. A pesar de que Mozart no terminó la partitura en vida -siendo finalizada por su discípulo Süssmayr a petición de la viuda de Mozart-, la obra marcó un antes y un después en las composiciones de este tipo de repertorio. 


El día previo al concierto la Sociedad Filarmónica organizó una conferencia  a cargo de la profesora de musicología María Sanhuesa, donde hizo un repaso por los orígenes y evolución del Réquiem según la visión de distintos compositores y desgranó todas las claves para entender una partitura tan valiosa. Como dato llamativo Sanhuesa aportó que este “Réquiem” ya fue interpretado en Oviedo en la iglesia de Santa María la Real de la Corte en 1824. Nada menos.


La interpretación de la orquesta estuvo bastante bien, teniendo en cuenta que es una formación joven y de reciente creación y que quizás esa obra requería un poco más de densidad sonora.  El coro estuvo sobresaliente desde el “Introito” y la dirección de Rivas, con un tempo más acelerado de lo habitual, fue comedida y controlada, ofreciendo un “Réquiem” muy personal.  Después del imponente “Dies Irae” era el momento de lucimiento de los cuatro solistas en el “Tuba Mirum”, destacando el bajo-barítono ucraniano Ihor Voievodin, con unas cualidades tímbricas y técnicas que llaman la atención. También la soprano Anna Kabrera posee un timbre muy bonito y estuvo fantástica en sus intervenciones. Las cuatro voces son excelentes por individual, aunque los límites entre coro y solistas quedaban excesivamente dibujados y la obra requiere más empaste, en mi opinión.


A destacar el maravilloso pasaje del “Lacrimosa”, tanto por la composición (Mozart solo compuso los ocho primeros compases y el resto Sûssmayr) como por la bella interpretación del coro con una sonoridad unitaria. 


Una vez finalizado el concierto y ya entre bastidores, la soprano Anna Kabrera me confesaba lo impresionada que quedó al ver a gran parte del público secarse las lágrimas continuamente. Y es que el concierto gustó tanto que los aplausos no cesaban y fue necesario repetir el “Dies Irae” como colofón para satisfacer al susodicho. Gran comienzo de temporada para la Sociedad Filarmónica de Gijón que trae una programación de primer nivel y que augura veladas extraordinarias.


Crítica publicada en La Nueva España







sábado, 21 de mayo de 2022

Seldom Sene: una taracea musical

 


“Seldom Sene”, Sociedad Filarmónica de Gijón, viernes, 20 de mayo de 2022. 


La Sociedad Filarmónica de Gijón clausuró su temporada en el Teatro Jovellanos con un concierto de lo más original a cargo de “Seldom Sene”, un quinteto de flautas que hizo un recorrido por cinco siglos de música bajo el nombre de “Taracea”, interpretando desde obras tan antiguas de autores como Josquin Desprez o Antonio de Cabezón hasta piezas de vanguardia creadas por compositores vivos. 

El virtuosismo y la técnica de las cinco flautistas causaron sensación entre el público asistente y la presencia en el escenario de nada menos que cuarenta y cuatro modelos de flautas, algunas de ellas tan poco vistas y tan llamativas, dejaron a más de uno con la boca abierta, como es el caso de los modelos gigantes de flautas cuadradas inspiradas en tubos de órganos: parecían de atrezzo y encajaban con el significado de “Seldom Sene”, que se traduce como “raramente visto”.


Stephanie Brandt, Ruth Dyson, Eva Lio, Hester Groenleer y María Martínez son las protagonistas de este singular “consort” vinculado al conservatorio de Ámsterdam y de procedencias distintas. Tras interpretar dos “Inviolata” de Cabezón y Desprez respectivamente, llamaron la atención con la pieza de Hermann Robert Frenzel por su sonoridad tan cercana al órgano y la dificultad de emisión de notas tan largas sin que se notara la respiración. Seguidamente una composición contemporánea del virtuoso flautista y antiguo profesor Paul Leenhouts y su obra “Quo quondam victa furore”, en la que se vivió una confrontación de una contra cuatro con diferentes técnicas imposibles y una afinación impecable. 


Sensacional fue el inicio de la segunda parte con la interpretación de adaptaciones a flauta de piezas compuestas para laúd del famoso John Dowland y seguidamente saltaron al barroco francés con Joseph Bodin de Boismortier. Impecable. 

No sé si por preferencia o por debilidad hacia lo contemporáneo pero, sin duda, la obra más llamativa de la segunda parte fue “Mathongo Amnandi” una Suite africana de cuatro movimientos escrita por Sören Sieg que está inspirada en los sueños, con una métrica irregular y una armonía sigilosa que terminó con un bellísimo movimiento titulado “El Despertar” (Awakening). 


Finalizaron el concierto con dos de las “Variaciones Goldberg BWV 988” de J.S. Bach,  la canónica número 21 y la hermosa y compleja número 28 en una interpretación con gran seguridad y sonoridad.

Probablemente un concierto con cinco intérpretes flautistas no es lo suficientemente atractivo como para llenar un teatro como el Jovellanos, y más en tiempos en los que la música “académica” no causa furor, sin embargo, los numerosos asistentes que pudimos disfrutar del programa de “Seldom Sene” tuvimos la sensación de contemplar un delicado trabajo artesanal con sonoridades exquisitas, lo que viene a ser una “taracea”.


viernes, 1 de abril de 2022

Concerto Baroque de la OSPA

 


Concierto de abono de la OSPA: “Concerto Baroque”. Juan de la Rubia (órgano y dirección), Nuria Rial (soprano. Teatro Jovellanos, jueves 31 de marzo de 2022. 


Antes de comentar el magnífico concierto ofrecido por la OSPA en el Teatro Jovellanos hay un par de detalles que me gustaría resaltar. El primero de ellos es que estaría bien que a estas alturas pandémicas el programa de mano se volviese a dar impreso ya que, si tenemos en cuenta la media de edad, gran parte de los asistentes no se manejan con los códigos QR y es importante para seguir el desarrollo del concierto. Además, entra en conflicto con el segundo: la voz en off que da la bienvenida prohíbe el uso de móviles durante el espectáculo, con la excusa de que “puede causar interferencias con nuestro equipo técnico”. En resumen, la OSPA nos invita a descargar el programa a través de un código QR que no podemos visualizar porque está prohibido usar móviles, ya que pueden causar interferencias con un supuesto equipo que no hay porque el concierto es 100% acústico. En fin, cosas que habría que revisar.  


“Concerto Baroque” es el último concierto de abono de la OSPA dedicado a la música barroca y a los dos compositores por excelencia: Bach y Haendel, con permiso de Purcell y Vivaldi. La sección de cuerda de la sinfónica se adaptó perfectamente a las complejas exigencias que requiere interpretar un programa de este tipo, comenzando por el “Concierto de Brandemburgo nº 3 en Sol Mayor” y dirigido por el organista Juan de la Rubia, que nos deleitó con una buena interpretación al clave captada en el segundo movimiento. Es un instrumento que carece de presión sonora y, por lo tanto, es absorbido cuando se interpreta en conjunto con las cuerdas. 

Con gran vitalidad cambiaba del clave al órgano y llevaba  la dirección de la orquesta hasta con los pies, implicándose para lograr extraer con precisión las notas de la mente creadora de Haendel en su “Concierto en Fa mayor nº 13”. Fantástica la dirección y la interpretación al órgano de Juan de la Rubia, que jugaba con los registros del instrumento para que pudiéramos escuchar el sonido del cuco y del ruiseñor, entre otros muchos detalles. 


La soprano Nuria Rial gustó con las dos cantatas de Bach mostrando una técnica depurada y limpia muy evidente en los finales de frase, en los que alargaba las vocales y acortaba las consonantes finales al mínimo posible (una de las dificultades que tiene el idioma alemán), logrando así una voz natural y elegante con graves plenos que lucían alternando con la flauta de Myra Pearse. Más brillante, aún si cabe, estuvo en las arias de “Rodelinda, reina de Lombardía” con las que se cerró el recital. Nuria Rial es una de las voces más templadas y bellas que tenemos en España y hoy por hoy no tiene competencia en el repertorio barroco. Y la OSPA, aunque su especialidad no sea este periodo histórico demostró que con una buena dirección puede abordar cualquier repertorio y lucirlo con creces. 


Crítica publicada en La Nueva España

jueves, 17 de marzo de 2022

La Lírica de Goethe

 



“La Lírica de Goethe”: Paula Iragorri (mezzosoprano) y Marcos Suárez (piano). Sociedad Filarmónica de Gijón, Teatro Jovellanos, miércoles, 16 de marzo de 2022. 


La Sociedad Filarmónica de Gijón ofreció un concierto singular de la mano de la mezzosoprano vasca Paula Iragorri y el pianista asturiano Marcos Suárez, cuya recaudación contribuye al proyecto de rehabilitación de la capilla del Natahoyo, promovida por el Club Rotario. Juntos ofrecieron un recorrido casi histórico de compositores que han musicado poemas de Johann Wolfgang von Goethe, posiblemente uno de los creadores más ilustrados del corpus literario y, sin duda, fuente de inspiración para innumerables obras musicales en los últimos dos siglos. Por ello, la selección del repertorio para la velada basada en el género lieder  fue un trabajo complejo y resuelto con nota. 

 

Las complementarias notas al programa de viva voz por parte de David Roldán nos situaban en un momento histórico en el que Goethe compartió años de vida con Mozart, Beethoven y Schubert, los tres compositores seleccionados para la primera parte del programa. Comenzó con el lied de Mozart “Das Veilchen”, resultando un ejercicio mecánico y falto de vida al lado de las piezas de Schubert  o de los lieder escogidos para la segunda parte. Tampoco las piezas seleccionadas de Beethoven causaron entusiasmo, si bien la “nostalgia” estuvo bastante acertada. De “Egmont”, Op. 84 rescataron dos de los diez lieder que conforman esta magnífica obra elogiada por el propio Goethe tras su estreno y lograron la corrección en la interpretación. 


Para finalizar la primera parte no podía faltar algún lied de Schubert, compositor por excelencia del género, si bien este hecho implica una gran dificultad puesto que el listón está muy alto en cuanto a interpretación. Después de escuchar cabalgar al “Rey de los Elfos” quedaron ganas de más Schubert. 


Ya en la segunda parte el prolífico Schumann precedió a una de las romanzas Op. 6 de Tchaikovsky: “Nur wer die Sehnsucht kennt” resuelta con soltura en las frases agudas por parte de la mezzo. Pero Iragorri y Suárez guardaron sus mejores ases para el final del concierto. Después del lied de Grieg, bastante desconocido a la par que interesante, interpretaron tres piezas de Hugo Wolf, siendo la mejor selección del concierto dadas las características interpretativas y la capacidad de empaste entre el pianista y la mezzosoprano. La sorpresa final vino de la mano de un compositor totalmente desconocido (de hecho ni siquiera figura en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana), el catalán Camilo Comas. Gracias a la profesora de musicología María Sanhuesa y su búsqueda incansable de obras artísticas pudimos escuchar un lied titulado “Gretchen”, Op. 15 cuya interpretación no podemos valorar al desconocer referentes y partituras, sin embargo, el lied resulta totalmente atractivo. 


El concierto fue de menos a más, con interpretaciones más planas y otras más exquisitas pero, sin duda, solo por escuchar una obra de nuestro patrimonio que permanecía enterrada hasta ahora ya merece la pena.


Crítica publicada en La Nueva España

miércoles, 12 de enero de 2022

Martín García: el nuevo astro del piano

 


Martín García (piano). Organiza: Sociedad Filarmónica de Gijón en colaboración con la Fundación Alvargonzález. Teatro Jovellanos, miércoles, 12 de enero de 2022.

 

Después de haber escuchado al pianista Dmytro Choni hace menos de un mes en el Teatro Jovellanos, el listón de recitales de piano está por las nubes esta temporada y otro recital tan seguido da lugar a inevitables comparaciones. Pero Martín García es un pianista peculiar y excepcional desde cualquier aspecto en que se aborde. No es solo que toque técnicamente bien con sus dedos y que sea capaz de producir un sonido cálido y redondo, es que toca bien con todo su cuerpo, como si las teclas fueran una extensión de sus dedos. Se mueve y se balancea como si bailara con el piano, tararea algunas melodías y su cara es todo un catálogo de emociones capaz de conseguir atraparte en la butaca y hacer que no te pierdas un solo detalle.

 

Con un público numeroso, entre los que se citaron unos cuantos pianistas y muchos estudiantes, abordó la primera interpretación y demostró que no es un pianista más. Comenzó con la “Sonata nº 14 en do menor, K 457”, una sonata un tanto especial por ser en modo menor (Mozart solo tiene dos en modo menor de las dieciocho que compuso), lo cual requiere una gran madurez para expresar todo ese torrente de emociones que subyacen en la partitura. La forma de abordar esta sonata demostró una personalidad muy marcada para la corta edad que tiene Martín, al tocarla de diferente manera a cualquier versión que tengamos en la cabeza. Es inevitable hacer comparaciones entre unos intérpretes y otros y aún más desde que existen las grabaciones, y esto ha generado una especie de canon sobre lo que es más perfecto y lo que es menos. Pero ahí estaba Martín para darle una nueva vida y un nuevo enfoque a la partitura, cambiando los acentos y los adornos, imprimiendo matices distintos a lo tradicional y entendiendo los tempos de diferente manera a otros grandes intérpretes consolidados. Una vez finalizados los tres movimientos mi sensación fue ¡caray! ¡Y por qué no!

 

Un saludo con sonrisa agradecida y casi sin que finalizaran los aplausos correspondientes a la sonata de Mozart abordó tres piezas de Liszt, simplemente porque sentía ganas de tocar y no quería perder más tiempo en pausas. Tres piezas de considerable complejidad siendo la primera de ellas “Funerales”, la séptima y la más conocida de la colección “Armonías poéticas y religiosas”. Martín García se transformó para darle una intensa fuerza dramática que caracteriza a la pieza. La limpia articulación y la precisión impecable de García fueron muy evidentes en la segunda de las piezas “Les jeux d'eaux à la Villa d'Este”, que Liszt compuso como homenaje a la belleza de las fuentes que adornaban la residencia de verano de su amigo el Cardenal Hohenlohe. Y para finalizar con Liszt como guinda del pastel, fue la interpretación del “Valse-Impromptu S. 213”, donde las escalas fluían libremente en unas líneas sonoras que el pianista convertía en interpretación propia.

 

La segunda parte, como no podía ser de otro modo, estaba dedicada a Chopin. Y es que el pianista gijonés ostenta el honor de ser el primer español en acceder a la fase final del prestigioso Concurso Internacional de Piano «Fryderyk Chopin» en el que obtuvo el Tercer Premio y Premio Especial «Filarmónica de Varsovia». La calidad pianística quedó patente ya en la elección de piezas por parte de García, pues quería mostrar en su ciudad natal por qué es merecedor de tan alto premio.

La exquisita interpretación de las “Mazurcas op. 50” y los “Preludios op. 28 dieron paso a la esperada “Sonata nº 3 en si menor, op 58”, una de las piezas más trascendentales de todo el repertorio pianístico donde el pianista se lució y marcó la diferencia respecto a otros intérpretes por la ejecución, la calidad del sonido y la forma de entender a Chopin.

 

Tres propinas requirieron los sonoros aplausos de un público entregado y que difícilmente olvidará el nombre de Martín García, un pianista gijonés que está llamado a figurar entre uno de los grandes astros del piano internacional. Apostamos por él.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

domingo, 28 de noviembre de 2021

La osadía de James Rhodes

 


James Rhodes, Gijón Sound Festival. Teatro de la Laboral, viernes 26 de noviembre de 2021.

Hay muchos motivos para aplaudir al pianista británico, recientemente nacionalizado español, James Rhodes. El motivo más importante por el que se merece todo el respeto del mundo es su valor para salir del infierno en el que ha vivido y haber contado al detalle sus intimidades en el libro autobiográfico “Instrumental”, convirtiéndose así en un referente para tanta gente que ha sufrido abusos sexuales a lo largo de su infancia. Un diez. Otro motivo que aplaudo es que rompa la rigidez de las “normas” estéticas y los protocolos que se han ido estableciendo en los recitales de música clásica a lo largo del último siglo, más concretamente a partir de la llegada de Hitler al poder. Me gusta que se vista con sudadera y vaqueros o que haya libertad para aplaudir entre movimiento y movimiento de la misma obra. Por qué no, si te ha gustado. Aplaudo que, bien sea por el morbo que suscita su historia o por otros motivos, haya conseguido acercar la música clásica a un público ajeno a los auditorios. También me parece genial que se comunique con el público en los recitales, que explique cosas de las obras que interpreta e incluso que diga tacos como “Beethoven es el puto amo” o “no hay sitio más bonito en todo el puto mundo que Asturias”, porque en las dos afirmaciones tiene razón y porque así se habla en la calle. Ahora bien, a nivel interpretativo tiene muchísimas limitaciones técnicas y es muy osado al escoger un repertorio tan ambicioso.

Comenzó tocando una versión libre del “Preludio en Mi bemol” de J.S. Bach, con una interpretación pausada y más cercana al minimalismo que encaja con su nivel técnico, pero nada que ver con el concepto de Bach. Y después de exhibir sus dotes de buen comunicador, abordó la “Sonata para piano nº 27” de Beethoven para rendirle homenaje en el 250 aniversario de su nacimiento, que se cumplió el año pasado. La dura infancia del genio de Bonn, con un padre borracho y maltratador, guarda cierto paralelismo con la infancia de Rhodes y la música fue el refugio de ambos, pero hasta ahí las similitudes. Beethoven, entre otras muchas cosas, fue un compositor que se caracteriza por su minuciosidad a la hora de detallar matices sobre cómo tenían que sonar sus obras. Y Rhodes no cumplía ni una. Además de los zarpazos que se le escapaban no había líneas claras en las melodías, los acordes atronaban con torpeza y las dinámicas estaban fuera de lugar.

Llegó el turno de Brahms, primero con la “Rapsodia en Sol menor, Op. 79” y después con el “Intermezzo en Mi bemol”. Y no sé cuál de las dos tocó peor. La mano izquierda de la Rapsodia iba lenta y torpe y los pasajes más oscuros y rápidos sonaban confusos, con un abuso de pedal de sustain que lo ensuciaba todo. El “Intermezzo” languidecía y aburría a las piedras.

Para finalizar, de nuevo Beethoven y la gran “Sonata en Do mayor Op. 53”, conocida como “Waldstein”, la cual destrozó totalmente. Atropellada como caballo desbocado y sin vida, parecía un bailarín afectado por el síndrome de Tourette.  En fin, fue horrible y ni siquiera se salvaron sus dos bises.

Tampoco se trata de pedir que toque las sonatas de Beethoven como lo haría Barenboim o Valentina Lisitsa, más bien es una cuestión de humildad y coherencia con las posibilidades de cada uno, y si no se puede hacer un triple salto mortal hay que conformarse con rodar con fluidez y hacer alguna pirueta de vez en cuando. En definitiva, si aparcara tanta osadía y escogiera un repertorio más acorde con sus capacidades le haría un gran favor al público.

Crítica publicada en La Nueva España 

jueves, 26 de agosto de 2021

Ospa en Camín: la OSPA en versión orquesta de cámara

 


“Ospa en Camín”. Teatro de la Laboral, martes 24 de agosto, 2021. 


“OSPA en Camín” es el título de la gira que realizan varios componentes de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias para conmemorar el año Xacobeo 2021. Formada para la ocasión como orquesta de cámara con once músicos -un contrabajo, dos percusionistas, dos oboes, dos contrafagot, dos trompas y dos clarinetes-, capitaneados por el contrafagot John Falcone, alegró la tarde a los aficionados a la música clásica tan escasa en el periodo estival. 


Para comenzar, una interesante partitura de Mozart compuesta en 1782 para octeto de vientos, la “Serenata nº 12 para vientos en do menor K. 388”, la cual difiere sustancialmente del resto de serenatas por su carácter serio y sinfónico alejado de divertimentos y ligerezas. La obra se estructura en cuatro movimientos, comenzando con un prodigioso Allegro inicial cargado de dramatismo que fue abordado por la orquesta con timbres contrastantes muy firmes en definición. El resto de los movimientos fue un paseo para los componentes de la orquesta acostumbrados a interpretar partituras del de Salzburgo. Muy brillantes estuvieron en el Allegro final en forma de variaciones, destacando la dificultad de la particella del contrabajo que fue interpretada por Francisco Mestre con gran soltura.

 

La segunda obra de la tarde fue un arreglo de la Suite para Orquesta del Ballet “Romeo y Julieta” de Prokofiev. Para la ejecución se incorporaron dos percusionistas que contribuyeron a engrandecer el marcado ritmo que requieren las danzas y las trifulcas entre montescos y capuletos para que las melodías de oboes y clarinetes fluyan. La interpretación de los cinco movimientos estuvo fantástica, a pesar de que esta obra se acostumbra a escuchar con una orquesta de mayores dimensiones y, por lo tanto, con más contundencia. 


De la música rusa se fueron a Estados Unidos con una selección de temas muy conocidos de la ópera “Porgy & Bess”, compuesta por Gershwin y arreglos de A. Skirrow.  La selección era muy apropiada para la ocasión, comenzando por “Summertime” que siempre gusta en cualquier versión y, aunque esta formación está más ducha en interpretar obras de carácter europeo supieron aproximarse livianamente al feeling que requieren estas composiciones. Quizás, que John Falcone sea americano ayudó algo. El caso es que da gusto escuchar esa música por estas latitudes y el escaso público que se congregó quedó encantado reclamando más. La orquesta volvió a ocupar el escenario para interpretar el conocido “Easy Winner” de Scott Joplin, en un fantástico tempo muy alegre y divertido.


Para finalizar, como segunda propina pudimos escuchar uno de los mejores arreglos que se hayan hecho de “Asturias patria querida”. La partitura está creada por el asturiano Daniel Sánchez, presente en la actuación  y clarinete bajo principal de la OSPA y, sin duda, merece la pena reparar en ella. Todos los acordes, desde el primero hasta el último (el penúltimo sobremanera), están muy bien pensados. Esperamos escuchar más veces esta versión (y con más vueltas mejor), y también a esta singular orquesta de cámara. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

viernes, 20 de agosto de 2021

Alexander Kobrin frente a Chopin y Mussorgsky

 


Alexander Kobrin, Festival Internacional de Piano de Gijón “Jesús González Alonso”. Teatro Jovellanos, miércoles 18 de agosto, 2021.  


Hace tres años por estas fechas apuntábamos en este periódico la audacia de Alexander Kobrin al abordar las tres sonatas de Chopin en un mismo concierto organizado por el Festival Internacional de Piano de Gijón “Jesús González Alonso”. El éxito logrado ha provocado que en la presente edición del Festival se haya vuelto a contar con la presencia de Kobrin para el segundo y último concierto del Festival, que sigue apostando por mantener el nivel alcanzado en ediciones anteriores. 


El concierto en el Teatro Jovellanos se estructuró en dos partes compactas dedicadas a la música del periodo romántico y Chopin no podía faltar. Varias grabaciones en CD catapultan a Kobrin como uno de los grandes especialistas en el repertorio del compositor polaco y para este recital seleccionó varias piezas de distintas técnicas pianísticas. Para empezar “4 Mazurkas Op. 24” publicadas en 1836 que Kobrin abordó con una técnica que rebosaba sensibilidad, precisión y riqueza de planos sonoros. Continuó con la “Fantasía Op. 49”, compuesta cuando Chopin contaba con 31 años y estaba en un momento de convulsión política. La obra escrita en un solo movimiento con distintas indicaciones de tempo fue abordada por Kobrin con maestría, destacando la soltura con la que ejecutaba los pasajes de octavas terminando en una especie de marcha triunfal. Seguidamente interpretó “Berceuse Op. 57” o canción de cuna, la cual se basa en una serie de variaciones sobre un tema ostinato con una textura y sonoridad compleja que Kobrin demostró conocer profundamente. Finalizó la parte dedicada a Chopin con “Barcarola Op. 60” que Kobrin abordó en un tempo más lento que otros intérpretes, pero con sentido y conocimiento del autor. 

Ya en la segunda parte y tras las presentaciones de Andrea García, directora de producción del festival que sustituyó de viva voz al programa de mano habitual que se suele entregar en papel, Kobrin interpretó la obra programática “Cuadros de una Exposición” de Modest Mussorgsky, compuesta en 1874 e inspirada en pinturas de su amigo Víctor Harkman. Aunque esta obra está demasiado manida y puede llegar a resultar cansina -se interpreta cada año-, sigue teniendo mucha audiencia y sigue siendo una apuesta fuerte para cualquier recital. Además, Alexander Kobrin conoce muy bien el repertorio ruso y sobre todo del periodo romántico y su interpretación fue francamente limpia y depurada. La apoteosis del décimo y último cuadro levantó una gran ovación por parte del público y fue correspondida por parte del pianista ruso con una breve pieza de Debussy.


En definitiva, el programa elegido por Kobrin para un recital de piano no es para quitarse el sombrero y no está a la altura de su último recital en Gijón, sin embargo, las obras escuchadas presentan diferentes grados de dificultad y tuvieron una ejecución brillante. Kobrin ha bajado un poco el listón, pero sigue siendo una experiencia escucharle interpretar a Chopin.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

miércoles, 13 de enero de 2021

Joaquín Torre: Apostando por los nuevos talentos


 

Joaquín Torre (violín) y Vadim Gladkov (piano), Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellalnos, 8 de enero, 2021. 


Sabias y precisas fueron las palabras de David Roldán en su presentación del concierto organizado por la Sociedad Filarmónica de Gijón y patrocinado por la Fundación Alvargonzález. Roldán sustituyó a viva voz el programa de mano y las notas al programa habituales en los conciertos organizados por la entidad, recordando al público la disciplina “inhumana” que hace falta para mantener un buen nivel interpretativo y una “fe inquebrantable” en estos tiempos que vivimos, cuando no se sabe si estos músicos van a tener conciertos o van a ser cancelados de un día para otro por causa de la maldita pandemia. El violinista gijonés Joaquín Torre tuvo fe y acompañado por el pianista Vadim Gladkov  trabajaron duramente con disciplina para llevar al teatro Jovellanos un programa ambicioso y arriesgado. 


La primera obra fue la Sonata nº 1 en sol menor, BWV 1001, de J.S.  Bach, una sonata escrita sin ningún acompañamiento, dejando al violín todo el protagonismo en manos de Torre, que sorteó los cuatro movimientos con alguna dificultad dada su juventud y con muchos aciertos. Si recordamos que Bach dominaba el violín con destreza y que compuso esta obra (junto con otras cinco del mismo formato) para el virtuoso violinista Johann Georg Pisendel, primera figura de la Orquesta de Dresde, la partitura no era fácil, más bien era endiablada.

Más lucida estuvo la interpretación de Torre con Beethoven y su "Sonata para piano y violín nº 1 en re mayor, Op. 12, nº 1", la primera de las diez que compuso para esta formación y dedicada a Antonio Salieri.  Organizada en tres movimientos la partitura fluía en el “Allegro con brío” y destacaba el violín en el “Rondó” final.



El repertorio escogido por Joaquín Torre quiso explorar la mayor parte de las técnicas y las posibilidades del violín y en el segundo bloque abordó tres composiciones del siglo XIX y XX. De nuevo, Torre se enfrentó solo en el escenario a la primera de ellas, la “Sonata para violín solo op. 27 nº 3”  compuesta por el virtuoso violinista Eugène Auguste Ysaÿe y dedicada a George Enescu. Quizás, la más atractiva de las seis sonatas que compuso el violinista belga y un aliciente para el público por la interpretación solvente de Torre.


Volvió al escenario el pianista Vadim Gladkov para acompañar a Joaquín Torre en la segunda de las tres romanzas de Schumann y en la “Fantasía sobre la ópera Carmen” de un gigante del violín, el navarro Pablo de Sarasate. Magnífica la interpretación de Schumann por parte de los dos instrumentistas y especialmente bien ensamblada quedó la pieza de Sarasate, dando muestras de buen entendimiento entre piano y violín.  La segunda mitad de la “Fantasía” está construida sobre  la “Seguidilla” y el “Baile de Gitanos” de la ópera y mano a mano piano y violín lograron imprimir una fuerza magistral, provocando una gran ovación de todos los presentes. 


Sin duda, Joaquín Torre tiene un gran futuro como violinista (tan solo tiene 20 años), por su disciplina y por su talento. Tan solo hacen falta oportunidades para que pueda desarrollar una brillante carrera y en esta ocasión la oportunidad fue gracias a la Fundación Juan Alvargonzález y la Sociedad Filarmónica de Gijón. 


Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España


martes, 17 de marzo de 2020

OSPA: La trompa en primera línea



Orquesta Sinfónica del Principado (OSPA), programa Horizontes II. Andrews Grams (director), Javier Molina (trompa). Teatro Jovellanos, jueves 27 de febrero

La trompa  tradicionalmente está relegada a ocupar  las últimas filas en una formación sinfónica.  Es un instrumento que pasa desapercibido entre la masa orquestal y pocos compositores han dedicado su talento a escribir obras para trompa y orquesta,  destacando Mozart, que escribió nada menos que cuatro conciertos, así como Anton Weber o Emmanuel Chabrier, entre otros. En esta ocasión la interpretación del "Concierto para trompa nº 1 en mi bemol mayor, op.11", compuesta por Richard Strauss, fue la excusa perfecta para que el alicantino Javier Molina, trompa solista de la OSPA desde junio de 2016, se situara en la primera línea del teatro Jovellanos y nos diera la posibilidad de contemplar la belleza y las capacidades de este instrumento tan peculiar. 



Detrás de esta composición de Richard Strauss hay todo un culebrón familiar que daría rienda suelta a los más inspirados novelistas. El caso es que el compositor conocía muy bien el instrumento, ya que su padre -Franz Strauss-, fue un prestigioso intérprete del mismo y del que Wagner afirmó “Strauss es un tipo detestable pero cuando toca la trompa uno no puede odiarlo”. Richard quiso dedicar a su progenitor la obra por su sesenta cumpleaños pero no la finalizó a tiempo y una vez terminada su padre la rechazó.  En conclusión, la rivalidad entre ambos dio lugar a ríos de tinta y la dedicatoria fue a parar a otro gran trompista, Oscar Franz

Una de las mayores dificultades de la obra es el control de la dinámica entre el instrumento solista y la orquesta y Javier Molina interpretó la obra con responsabilidad, entusiasmo y sin titubear, manteniendo el pulso con la orquesta de tú a tú. Se llevó una buena ovación, tanto del público como del resto de integrantes de la OSPA y nos deleitó con una propina junto con sus cinco compañeros de sección, que dieron muestras de cariño y respeto hacia el protagonista de la noche.

La batuta corría a cargo del americano Andrew Grams, que abrió el concierto con la suite sinfónica “Printemps” de Claude Debussy, inspirada en la obra “La Primavera” de Botticelli. Si la pintura está cargada de simbolismo y preciosistas detalles, la partitura no lo es menos. Siguiendo la línea de Debussy, esta composición tiene múltiples colores, formas y sutilezas que requiere muchas escuchas para captar toda la belleza. Es de esas obras que en cada interpretación se descubre algo nuevo, al igual que en la pintura. La dirección vigorosa de Grams, que además de las manos y la batuta dirige con todo su cuerpo en movimiento, favoreció una interpretación solvente.

La velada terminó con la interpretación de la “Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78”, para órgano de Camille Saint-Saëns, de quien Franz Liszt dijo que era "el más grande organista del mundo" y Wagner catalogó como "el más grande compositor francés vivo". Un prodigio de obra que Grams dirigió de forma enérgica, permitiendo por momentos escuchar casi de forma individual a cada una de las secciones orquestales, hasta llegar a la coda final con un derroche de energía.

Si tenemos en cuenta que Saint-Saëns a principios del siglo XX se mostraba en contra de las influencias de Debussy y de Richard Strauss, no deja de ser curiosa la elección del programa al unir a estos tres compositores en una misma velada. Pero la OSPA no deja de sorprendernos.  



Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España