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lunes, 22 de enero de 2024

Ilia Papoian. La pasión y el talento del legado ruso. Notas al programa.

 


Notas al programa del concierto del pianista Ilia Papoian.
Sociedad Filarmónica de Gijón- Teatro Jovellanos, 24 de enero, 2024.

Antón Rubinstein (1829-94), fue el primer pianista que introdujo la música rusa en el
resto del mundo, tras fundar la Sociedad Musical Rusa y crear el Conservatorio de
San Petersburgo en 1862, junto con Theodor Leschetizki, quien definió el espíritu
musical ruso como caracterizado por una técnica prodigiosa unida a una intensa
pasión, una gran fuerza y una vitalidad extraordinaria. Desde ese momento la escuela
pianística rusa se ha convertido en una de las más potentes de la historia.
Es en el Conservatorio de San Petersburgo donde se fraguan las carreras de gigantes
como Scriabin, Tchaikovski y Rachmaninov, tres de los compositores que vamos a
escuchar esta velada, junto con otro de los grandes de la tradición rusa -aunque más
desconocido-, Nikolai Medtner, surgido desde el Conservatorio de Moscú.
Precisamente, también es en el Conservatorio de San Petersburgo donde se sigue
formando el pianista que intentará cautivar a todos los espectadores en este recital
de piano. Y dada la juventud de Ilia Papoian -nacido en 2001-, todo apunta a que
vamos a escuchar a un artista que está tocado por los astros para ser uno de los
grandes pianistas del siglo XXI, pues demuestra una gran valentía al enfrentarse a un
repertorio de osada escritura pianística unida a la tradición de su escuela, a la que
pretende honrar.

Comienza con los 24 preludios, Op.11 de Aleksandr Scriabin (1872 -1915), escritos
entre 1888 y 1896, cuyo carácter es más bien conservador en comparación con el
desarrollo evolutivo del compositor, que pasa desde el romanticismo hasta las puertas
de la atonalidad y el expresionismo, sin dejar a un lado su búsqueda de equivalencias
entre sonido, color y sentimiento. Sin duda, un compositor adelantado a su tiempo
que hubiera disfrutado con las posibilidades de la tecnología actual capaz de darle
vida –aunque sea de manera virtual- a su imaginación sinestésica y convertirla en
múltiples colores.
Aunque su obra orquestal es muy significativa, sin duda, la música para piano es
probablemente lo que más asombró de todo su repertorio. De hecho, a sus partituras
de piano quedaron rendidos músicos como Vladimir Horowitz, Sviatoslav Richter o
Vladimir Ashkenazy, entre otros. Y dentro de su amplio catálogo pianístico, el preludio
-junto con la sonata- es el género que más cultivó, creando alrededor de noventa. La
obra supone un homenaje a los 24 Preludios de Chopin, manteniendo el mismo orden
tonal, alternando los modos mayor y menor y siguiendo el círculo de quintas en orden
de ejecución. En estas veinticuatro miniaturas, desde la primera hasta la última se
aprecia la evolución estética y pianística del compositor, al adquirir nuevas formas de
expresión rítmica, melódica y armónica.
Absténganse de aplaudir veinticuatro veces y mantengan el silencio necesario para
disfrutar de los ecos sonoros que quedan después de cada interpretación de estos
veinticuatro bellos y fascinantes preludios.
De la brevedad de los preludios pasamos a escuchar una larga sonata del compositor
Nikolái Médtner (1880-1951), la Sonata para piano no 9 en La menor, Op.30, cuya
belleza va a la par que su complejidad. Si bien Médtner es el más desconocido de los
cuatro compositores elegidos para el recital, en las últimas décadas hay cierto interés
por rescatar su obra. Buen amigo de Rachmaninov (quien le dedicó su Concierto para
piano no 4) y de Scriabin, el virtuoso pianista pronto se dedicó a la composición,
llegando a crear un gran catálogo que, en líneas generales, se caracteriza por su
excepcional dominio de la forma, profundidad emocional, complejidad técnica y una
gran conexión con la tradición romántico-rusa al incorporar elementos folclóricos
rusos. Inspirado por Beethoven, por quien sentía devoción, de este catálogo destaca
sobremanera la escritura de las sonatas y los cuartetos de cuerda.
La Sonata para piano no 9 fue compuesta en 1914, coincidiendo la plena madurez de
su obra pianística con el inicio de la Primera Guerra Mundial, de hecho es conocida
con el subtítulo “War Sonata”, apuntado por su primer editor. Escrita en un solo
movimiento su sonido es poderoso en ambas manos y son varios los fragmentos que
sorprenden por su inesperada originalidad. La sonata alcanza muchos momentos
sublimes, algunos de ellos dramáticos, como el instante en el que la tonalidad está a
punto de desmoronarse antes de convertirse en alegres repiques de campanas, poco
antes de llegar al clímax. Sin duda, una obra para conocer, apreciar y disfrutar.

Tras la poderosa sonata de Nikolai Medtner toca disfrutar de la miniatura musical
Chant Elegiaque, Op.72 no 14, de Tchaikovsky, más conocido por sus partituras
para ballets y sinfonías y por su pertenencia al Círculo Beliáyev. La habilidad y
versatilidad para crear música expresiva y lírica en un formato más breve queda
patente en la creación de sus “18 Morceaux”, pequeñas joyas en las que cada una
tiene su propio carácter distintivo. Una de las piezas más destacadas por su compacta
armonía y su lirismo es este “Canto elegíaco” que ocupa el número catorce,
interpretado en tempo Adagio y tonalidad Re bemol mayor. Disfruten de cada uno de
los noventa y tres compases que forman esta miniatura de singular belleza lírica.

Y para poner el broche final a este recital cargado de talento y pasión rusa no podía
faltar una de las obras más aclamadas del repertorio ruso, la Sonata para piano no2
en Si bemol menor, Op.36 de Serguéi Rachmáninov, considerado como el último
seguidor del romanticismo ruso y uno de los compositores más influyentes del siglo
XX. Sus obras para piano son piezas muy cotizadas para los pianistas que quieren
posicionarse como solistas y la sonata que escuchamos a continuación es una de las
cimas.
La Sonata para piano no 2, está escrita en tres movimientos interrelacionados y
dedicada a su amigo de la infancia Matvey Presman. En 1913, estando de vacaciones
en Roma escribe su primera versión y la finaliza varios meses más tarde después de
su regreso a Rusia. Corresponde a una etapa de su vida muy creativa, componiendo
varias obras de gran calado. Fue creada en medio de los dos famosos conjuntos de
estudios para piano “Etudes-Tableaux” y compuesta simultáneamente con la sinfonía
coral “Las Campanas Op.35”.
El éxito de la segunda sonata fue rotundo desde su estreno, sin embargo, el autor no
estaba plenamente convencido porque encontraba algunas secciones superfluas y
demasiadas voces moviéndose simultáneamente. En general, la encontró demasiado
larga y durante el verano de 1931 realizó una revisión suprimiendo alrededor de seis
minutos con respecto a la primera versión y reescribiendo algunos pasajes. Fue
publicada con el subtítulo “Nueva versión revisada y reducida por el autor”.
Históricamente, la sonata se encuentra dentro de las obras para piano más
representativas del siglo XX, siendo la primera versión (1913) la preferida por los
pianistas, como es el caso del concierto ofrecido por Ilia Papoian. Difícil hazaña tiene
este pianista tan joven, pues abordar una obra de estas dimensiones exige una gran
madurez y mucha formación pianística para ejecutar correctamente el fraseo, las
dinámicas, el tempo, el uso del pedal, saber destacar la melodía del acompañamiento
con los desplazamientos melódicos continuamente entrecruzados y un sinfín de
detalles técnicos y sonoros que surgen desde los seisillos iniciales de esta gran
sonata. Aunque no es música programática los tres movimientos que la integran
tienen un discurso evocador con un hilo conductor que abarca una amplia tesitura con
una amplitud sonora casi orquestal. ¡Apabullante sonata!
Disfruten de este que promete ser un fascinante recital de obras creadas en su mayor
parte en gélidas tierras de las que, sin embargo, rebosa pasión, talento y emoción a
raudales.

Mar Norlander

jueves, 26 de enero de 2023

Franco Broggi: otras músicas argentinas

 


Franco Broggi: “Ciclo de Jóvenes Intérpretes Fundación Alvargonzález”,Sociedad Filarmónica de Gijón, miércoles, 25 de enero de 2022.


La Sociedad Filarmónica de Gijón apuesta por expandir el repertorio tradicional de las salas de concierto y se acerca al nacionalismo argentino al contar con la presencia  de Franco Broggi, un joven pianista con mucho talento y comprometido con sus raíces. Broggi dio vida a piezas de los compositores más relevantes que dotaron de identidad musical a su país, pues Argentina no es solo tango o milonga.


El recital se inició con una pieza de Alberto Williams, considerado uno de los impulsores del nacionalismo musical argentino junto con Julián Aguirre, cuya música también estuvo presente en las manos de Broggi. Interpretación un tanto fría que salvó con la “Sonatina en sol menor” del santafesino Carlos Guastavino, otra figura clave en el desarrollo del nacionalismo argentino. La primera parte se completó con “Evocaciones Líricas” del compositor Hugo Fernández Languasco, quien honró la sala con su presencia entre el público.

El pianista subió el nivel notablemente en la segunda parte del recital, comenzando con una magnífica interpretación de la preciosa pieza “Las Niñas”, también de Guastavino, en la que demostró su talento para el lirismo. Quizás donde más se lució fue en la mezcla de músicas y culturas de Alberto Ginastera que plasmó en su “Sonata n.º1”, inspirada en las pampas argentinas, con técnicas que recuerdan a Bartok o Stravinsky: una obra de enorme dificultad que Broggi bordó. 


Cerró por todo lo alto con “Adiós Nonino” de  Piazzola y como propina el “Bailecito” de Guastavino. Desconozco cuántos argentinos había en la sala, pero los que estaban se fueron orgullosos del legado de su música y de  su continuidad a través de un joven pianista que con veintisiete años está llamado al éxito. 

Crítica publicada en La Nueva España

miércoles, 12 de enero de 2022

Martín García: el nuevo astro del piano

 


Martín García (piano). Organiza: Sociedad Filarmónica de Gijón en colaboración con la Fundación Alvargonzález. Teatro Jovellanos, miércoles, 12 de enero de 2022.

 

Después de haber escuchado al pianista Dmytro Choni hace menos de un mes en el Teatro Jovellanos, el listón de recitales de piano está por las nubes esta temporada y otro recital tan seguido da lugar a inevitables comparaciones. Pero Martín García es un pianista peculiar y excepcional desde cualquier aspecto en que se aborde. No es solo que toque técnicamente bien con sus dedos y que sea capaz de producir un sonido cálido y redondo, es que toca bien con todo su cuerpo, como si las teclas fueran una extensión de sus dedos. Se mueve y se balancea como si bailara con el piano, tararea algunas melodías y su cara es todo un catálogo de emociones capaz de conseguir atraparte en la butaca y hacer que no te pierdas un solo detalle.

 

Con un público numeroso, entre los que se citaron unos cuantos pianistas y muchos estudiantes, abordó la primera interpretación y demostró que no es un pianista más. Comenzó con la “Sonata nº 14 en do menor, K 457”, una sonata un tanto especial por ser en modo menor (Mozart solo tiene dos en modo menor de las dieciocho que compuso), lo cual requiere una gran madurez para expresar todo ese torrente de emociones que subyacen en la partitura. La forma de abordar esta sonata demostró una personalidad muy marcada para la corta edad que tiene Martín, al tocarla de diferente manera a cualquier versión que tengamos en la cabeza. Es inevitable hacer comparaciones entre unos intérpretes y otros y aún más desde que existen las grabaciones, y esto ha generado una especie de canon sobre lo que es más perfecto y lo que es menos. Pero ahí estaba Martín para darle una nueva vida y un nuevo enfoque a la partitura, cambiando los acentos y los adornos, imprimiendo matices distintos a lo tradicional y entendiendo los tempos de diferente manera a otros grandes intérpretes consolidados. Una vez finalizados los tres movimientos mi sensación fue ¡caray! ¡Y por qué no!

 

Un saludo con sonrisa agradecida y casi sin que finalizaran los aplausos correspondientes a la sonata de Mozart abordó tres piezas de Liszt, simplemente porque sentía ganas de tocar y no quería perder más tiempo en pausas. Tres piezas de considerable complejidad siendo la primera de ellas “Funerales”, la séptima y la más conocida de la colección “Armonías poéticas y religiosas”. Martín García se transformó para darle una intensa fuerza dramática que caracteriza a la pieza. La limpia articulación y la precisión impecable de García fueron muy evidentes en la segunda de las piezas “Les jeux d'eaux à la Villa d'Este”, que Liszt compuso como homenaje a la belleza de las fuentes que adornaban la residencia de verano de su amigo el Cardenal Hohenlohe. Y para finalizar con Liszt como guinda del pastel, fue la interpretación del “Valse-Impromptu S. 213”, donde las escalas fluían libremente en unas líneas sonoras que el pianista convertía en interpretación propia.

 

La segunda parte, como no podía ser de otro modo, estaba dedicada a Chopin. Y es que el pianista gijonés ostenta el honor de ser el primer español en acceder a la fase final del prestigioso Concurso Internacional de Piano «Fryderyk Chopin» en el que obtuvo el Tercer Premio y Premio Especial «Filarmónica de Varsovia». La calidad pianística quedó patente ya en la elección de piezas por parte de García, pues quería mostrar en su ciudad natal por qué es merecedor de tan alto premio.

La exquisita interpretación de las “Mazurcas op. 50” y los “Preludios op. 28 dieron paso a la esperada “Sonata nº 3 en si menor, op 58”, una de las piezas más trascendentales de todo el repertorio pianístico donde el pianista se lució y marcó la diferencia respecto a otros intérpretes por la ejecución, la calidad del sonido y la forma de entender a Chopin.

 

Tres propinas requirieron los sonoros aplausos de un público entregado y que difícilmente olvidará el nombre de Martín García, un pianista gijonés que está llamado a figurar entre uno de los grandes astros del piano internacional. Apostamos por él.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

viernes, 20 de agosto de 2021

Alexander Kobrin frente a Chopin y Mussorgsky

 


Alexander Kobrin, Festival Internacional de Piano de Gijón “Jesús González Alonso”. Teatro Jovellanos, miércoles 18 de agosto, 2021.  


Hace tres años por estas fechas apuntábamos en este periódico la audacia de Alexander Kobrin al abordar las tres sonatas de Chopin en un mismo concierto organizado por el Festival Internacional de Piano de Gijón “Jesús González Alonso”. El éxito logrado ha provocado que en la presente edición del Festival se haya vuelto a contar con la presencia de Kobrin para el segundo y último concierto del Festival, que sigue apostando por mantener el nivel alcanzado en ediciones anteriores. 


El concierto en el Teatro Jovellanos se estructuró en dos partes compactas dedicadas a la música del periodo romántico y Chopin no podía faltar. Varias grabaciones en CD catapultan a Kobrin como uno de los grandes especialistas en el repertorio del compositor polaco y para este recital seleccionó varias piezas de distintas técnicas pianísticas. Para empezar “4 Mazurkas Op. 24” publicadas en 1836 que Kobrin abordó con una técnica que rebosaba sensibilidad, precisión y riqueza de planos sonoros. Continuó con la “Fantasía Op. 49”, compuesta cuando Chopin contaba con 31 años y estaba en un momento de convulsión política. La obra escrita en un solo movimiento con distintas indicaciones de tempo fue abordada por Kobrin con maestría, destacando la soltura con la que ejecutaba los pasajes de octavas terminando en una especie de marcha triunfal. Seguidamente interpretó “Berceuse Op. 57” o canción de cuna, la cual se basa en una serie de variaciones sobre un tema ostinato con una textura y sonoridad compleja que Kobrin demostró conocer profundamente. Finalizó la parte dedicada a Chopin con “Barcarola Op. 60” que Kobrin abordó en un tempo más lento que otros intérpretes, pero con sentido y conocimiento del autor. 

Ya en la segunda parte y tras las presentaciones de Andrea García, directora de producción del festival que sustituyó de viva voz al programa de mano habitual que se suele entregar en papel, Kobrin interpretó la obra programática “Cuadros de una Exposición” de Modest Mussorgsky, compuesta en 1874 e inspirada en pinturas de su amigo Víctor Harkman. Aunque esta obra está demasiado manida y puede llegar a resultar cansina -se interpreta cada año-, sigue teniendo mucha audiencia y sigue siendo una apuesta fuerte para cualquier recital. Además, Alexander Kobrin conoce muy bien el repertorio ruso y sobre todo del periodo romántico y su interpretación fue francamente limpia y depurada. La apoteosis del décimo y último cuadro levantó una gran ovación por parte del público y fue correspondida por parte del pianista ruso con una breve pieza de Debussy.


En definitiva, el programa elegido por Kobrin para un recital de piano no es para quitarse el sombrero y no está a la altura de su último recital en Gijón, sin embargo, las obras escuchadas presentan diferentes grados de dificultad y tuvieron una ejecución brillante. Kobrin ha bajado un poco el listón, pero sigue siendo una experiencia escucharle interpretar a Chopin.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

sábado, 22 de mayo de 2021

Penélope Aboli y Patrin García-Barredo: Dos pianistas con libertad

 


Penélope Aboli y Patrin García-Barredo: recital de piano solo y a cuatro manos. Organiza: Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, viernes 21 de mayo, 2021. 

 “Al aire libre” es el título del programa ofrecido por las pianistas Penélope Aboli y Patrín García-Barredo en el penúltimo concierto de la temporada de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Un concierto atractivo y original de piano solo y a cuatro manos en el que se interpretaron obras de los compositores Crumb, Schuman, Ligeti, Bartók y Debussy.

A priori, resulta difícil encontrar una conexión entre estos compositores, ya que abarcan una enorme creación pianística en los últimos dos siglos, sin embargo, las intérpretes buscaron un nexo a través de un recorrido por distintas concepciones de los espacios abiertos, el cosmos y la naturaleza, seleccionando piezas que identifican estos elementos.

George Crumb (1927) es uno de los compositores americanos vivos más interpretados, (aunque casi nada por estas latitudes) y cuatro piezas de su obra “Makrokosmos” abrieron el recital, sumergiendo al espectador en una música poco convencional, donde Patrin García-Barredo se encargaba de percutir, rasguear e introducir objetos en el arpa del piano para alterar la sonoridad habitual del instrumento. Mientras, la sensibilidad de Penélope Aboli con las teclas quedó patente, ofreciendo un despliegue de pizzicatos, glissandos, trémolos, y otras técnicas contemporáneas de una manera elaborada y compleja, incluyendo citas a Chopin y a John Cage con su piano preparado. 

 Directamente, sin aplausos ni interrupciones (a petición de las artistas) se pasó del universo cósmico de Crumb al Romanticismo de Robert Schumann, con piezas de “Escenas del bosque” y “Retratos del Este”, ofreciendo una visión de la naturaleza bucólica a la par que hostil. Sin duda, no es fácil encontrar una conexión entre ambos compositores, sin embargo, este hecho aportó gran originalidad al concierto y apaciguó los oídos de algunos asistentes que gustan más de la música decimonónica.

Difícil la interpretación de “Cinco piezas para piano a cuatro manos” de Georgy Ligeti, sin embargo, la pareja formada por las dos pianistas funcionó perfectamente, respirando con sincronía, tanto en la “Marcha”, como en el “Estudio Polifónico” y, sobre todo, en las “Tres danzas nupciales”. 

Ligeti fue un compositor que influyó en Crumb, pero aún más influyó Bartók y su universo pequeño “Mikrokosmos”, una voluminosa obra de piezas progresivas que va desde partituras muy sencillas hasta las técnicas más avanzadas, como es el caso del “Volumen 5” que interpretó Penélope con gran profesionalidad. De Bartók también escuchamos la cuarta parte “Szabadban”, en húngaro “Al aire libre”, título que engloba el recital de Gijón y que da lugar a múltiples lecturas.

Para cerrar el programa, Patrin García-Barredo demostró dominio técnico de Debussy, uno de los compositores más profusos y complejos de la obra pianística. Entre “Images” y “Preludes” se lució ampliamente, cerrando a cuatro manos junto con su compañera Penélope con “En Bateau”, la primera parte de la “Petite Suite”, donde se percibe el continuo movimiento melódico sobre acordes quebrados a modo de barco navegando. Sin duda, la mejor interpretación de toda la velada.

Entre estos cinco compositores hay una significativa evolución del lenguaje con identidades propias y no es fácil abordar un repertorio así en un solo concierto, sin embargo, estamos ante dos pianistas maduras y que han sabido darle sentido a unas obras difíciles y heterogéneas con libertad. El aplauso sonoro fue agradecido por las pianistas con una danza a cuatro manos de Brahms, como propina. 

lunes, 21 de octubre de 2019

Rosa Torres Pardo mejor que Lang Lang




Rosa Torres Pardo. XX Edición del Festival Internacional de Piano de Gijón. Teatro de la Laboral, jueves, 22 de agosto. 

Me consta que hay muchos aficionados a la música pianística que pagarían cientos de euros por asistir a un concierto de Lang Lang, sin embargo han estado reacios a pagar unos pocos euros por escuchar a una eminencia del piano como Rosa Torres Pardo, a juzgar por las múltiples butacas vacías del Teatro de la Laboral. Allá ellos y su supina ignorancia o esnobismo. Sin desmerecer al chino que va sobrado de dedos, de inteligencia, de técnica, de ideas y de todo lo concerniente al piano, pero yo me quedo con Torres Pardo, y más si interpreta a Debussy y Granados, como es el caso de su visita a Gijón para el vigésimo cumpleaños del Festival Internacional de Piano.

Varias veces ha visitado estas tierras y sus conciertos siempre son más que gratificantes, porque es una pianista brillante y segura. Así lo demostró abordando la “Suite Bergamasque” de Debussy, inspirada en las Fiestas Galantes del poeta francés Paul Verlaine. Los contrastes del “Preludio” dieron paso al singular “Menuet”, que Torres Pardo interpretó con soltura y delicadeza. Con la interpretación del famoso “Claro de Luna”, originalmente titulado “Promenade Sentimentale”, y los arpegios picados del “Passepied” dejó claro que la pianista domina totalmente al compositor francés, cuya obra está sólo a la altura de los grandes. 

De Debussy aún faltaba “Estampes”, estrenada por el pianista catalán Ricardo Viñes en 1904, que consta de tres piezas cortas e incluye la maravillosa “La Soirée dans Grenade”, de la que Manuel de Falla comentaba: "No hay ni siquiera una nota de esta música prestada del folklore español, y sin embargo, toda la composición en sus más mínimos detalles, expresa admirablemente España". Con la magnífica interpretación podíamos sentir el ritmo de las castañuelas y el zapateado de los pies. ”Jardins sous la pluie” es la última de las tres piezas de “Estampes” y la más difícil técnicamente, pero para Torres Pardo parecía un juego de niños. 
Pausa necesaria para desconectar del universo debussiano y sumergirse en Granados que, aunque contemporáneo del francés nada tiene que ver. A la pianista no le cuesta conectar con Granados, se podría decir que ya lo lleva en su ADN porque son muchas las horas que ha dedicado a este compositor muerto en un naufragio junto a su esposa, al ser bombardeado por un torpedo alemán durante la Primera Guerra Mundial,

Tres piezas de la historia de amor, de celos y al final la muerte, presente en “Goyescas” fueron la elección de Torres Pardo para finalizar su recital. Esta obra, inspirada en el pintor aragonés y convertida más tarde en ópera, fue interpretada por la pianista con gran solvencia y unidad estilística, mostrando todo el universo rico y complejo que Granados escribió.  Y es que Torres Pardo domina el repertorio español como pocos. En mi opinión, la pianista madrileña interpretando a Granados está a la altura de la gran Alicia de Larrocha, desaparecida hace una década.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España.

Nikita Mndoyants: El pianista ruso sube el listón



Nikita Mndoyants. XX Festival Internacional de Piano de Gijón. Teatro Jovellanos, martes, 20 de agosto. 

Elegante y precisa fue la interpretación de Nikita Mndoyants, en su concierto del teatro Jovellanos. Sonatas de Beethoven y Brahms protagonizaron una de las jornadas más esperadas del Festival Internacional de Piano, que mantiene su gran prestigio con invitados de lujo como el pianista ruso.

Comenzó con la “Sonata para piano n.º 17 Op. 31 No. 2”, más conocida como “La tempestad” de Beethoven. Si el primer movimiento fue discreto pudimos comprobar en el “Adagio” la gran capacidad de Mndoyants para captar el drama de la obra, creada en uno de los momentos más duros de la vida del compositor al confirmarse su sordera.  Fue escrita al mismo tiempo que la Sinfonía nº 3 (La Heróica) y comparte con ésta ciertas reminiscencias de carácter apasionado. El pianista ruso concluyó con mucha solvencia el tercer y último movimiento “Allegretto”, para brillar técnicamente con la siguiente obra del programa, la  “Sonata Op. 31, No. 3” conocida como “La Caza”, también del de Bonn. Los dedos ya estaban en forma para interpretar magistralmente esta obra de interpretación difícil a la par que menos frecuente y el cuarto movimiento “Presto con fuoco” fluyó con absoluta destreza al galope, a ritmo de tarantella.

Tras la pausa, escuchamos “Intermezzo”, una breve composición propia de carácter impresionista que recorría todo el rango del piano con largos pedales manteniendo el “leitmotiv” de forma recurrente. 

La tercera Sonata compuestas por Brahms fue el broche final del recital de piano. Una larga y compleja obra estructurada en cinco movimientos que representa una obra maestra de la literatura pianística, a pesar de que Brahms contaba con sólo veinte años  de edad. Mndoyants supo plasmar el equilibrio entre el fondo y la forma, que tanto le preocupaba al compositor. De hecho, Brahms no volvió a componer más sonatas para piano, quizás porque buscaba más libertad en las estructuras y se sentía más cómodo con otras formas compositivas. El pianista ruso demostró un gran conocimiento de la obra, destacando sobremanera en el Scherzo y arrollando en el “Finale”. 

La larga ovación  propició tres propinas, y después de un arreglo de Bach y una Bagatela de Beethoven nos fuimos del teatro entonando la repetitiva melodía del rondeau “Les Sauvages”  de Jean Phillip Rameau, con la que Mndoyants concluyó su recital, dejando el listón un poco más alto (si cabe), en este Festival Internacional de Piano que ya se consagra como uno de los más importantes del territorio español. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

lunes, 20 de mayo de 2019

Antonio Baciero: un gran histórico de la Filarmónica




Antonio Baciero (piano), Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, miércoles 15 de mayo.  


Quince veces ha sido invitado por la Sociedad Filarmónica de Gijón el pianista, musicólogo y organista Antonio Baciero y quince grandes ovaciones se ha llevado. La última este miércoles, tan aplaudida que arrancó de su generosidad tres propinas, después de ofrecer un amplio programa que enlaza los dos puentes esenciales del Barroco (tal y como denomina Baciero a J.S. Bach y Antonio de Cabezón), con la cumbre del piano dramático, refiriéndose a la “Sonata nº 21 en Do menor” de Franz Schubert.


Comenzó con tres piezas de su tocayo y paisano burgalés Antonio de Cabezón, un compositor ciego desde muy niño, injustamente poco interpretado en los escenarios actuales y con una apasionante vida al servicio de la realeza española - principalmente Carlos I y Felipe II-, que bien merece ser rescatado. De su extensa obra Baciero escogió “Diferencias sobre el canto del caballero”, canción renacentista sobre la que Cabezón realizó cinco diferencias o variaciones, interpretadas por Baciero con un profundo conocimiento sobre la obra, teniendo en cuenta que el piano actual no es el instrumento más adecuado para desarrollar la sonoridad ideada por el compositor . El “Tiento de primer tono”, y la canción glosada sobre Philippe  Verdelot a seis voces “Ultimi mei suspiri”, fueron las otras dos piezas escogidas de Antonio de Cabezón que Baciero salvó con discreción.


El pianista es todo un experto en Bach y lo demostró con su interpretación de la “Suite Inglesa nº 3 en Sol menor”, canturreando cada fraseo a la manera de Glenn Gould (aunque menos sonoro para la audiencia) y esgrimiendo cada nota con claridad y precisión, destacando su interpretación en la “Allemande” y en  la compleja “Giga” final.


Tras la pausa Baciero sumergió a la audiencia en pleno romanticismo con la “Sonata nº 21 en Do menor” de Schubert, escrita poco antes de morir. Una sonata  dotada de un lirismo muy schubertiano que entraña una dificultad interpretativa, entre otros detalles, por sus cruces continuos de manos para abarcar todo el registro del piano y por sus grandes contrastes en los cuatro movimientos. Baciero destacó sobremanera en el Allegro final, movimiento deudor de la influencia de Beethoven con acentuaciones rítmicas muy marcadas. El pianista se llevó una continuada ovación y agradecido ofreció tres amplias propinas, comenzando por un Nocturno de Chopin, luego una Giga de Bach y terminando con una Mazurca de Chopin. Casi nada.


Todo un lujo para la Sociedad Filarmónica de Gijón haber  podido contar de nuevo con el pianista Antonio Baciero, que a sus ochenta y tres años mantiene los dedos en plena forma y las ideas muy claras. Esperamos que sean muchas más.  
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

jueves, 24 de enero de 2019

Juan Barahona: Claridad con Mozart y emoción con Listz



Juan Barahona. Sociedad Filarmónica de Gijón, en colaboración con la Fundación Alvargonzález. Teatro Jovellanos, miércoles 16 de enero.

“Lo más difícil en Mozart es ser fiel a la partitura y recrear todo lo que hubiese querido decir”, comentaba el pianista Juan Barahona en la conferencia previa al concierto organizado por la Sociedad Filarmónica, en el que interpretó obras de Mozart y de Listz. Exactamente no sabemos lo que Mozart quería transmitir en sus composiciones pero sí conocemos las notas que escribió en la partitura, y esas notas fueron ejecutadas con claridad y limpieza una por una.
Abrió el concierto con la “Fantasía en do menor KV 396” del compositor salzburgués, una obra enmarcada en el clasicismo que precede al romanticismo de Beethoven. La ejecución de Barahona fue muy correcta sin llegar a perder la concentración, a pesar de que algún fotógrafo presente estaba molestando más de lo habitual. Continuó con una de las sonatas más conocidas de Mozart, la “Sonata en Do mayor KV 396”, formada por tres movimientos, de los cuales destaca la interpretación enérgica del Allegretto, con mucha claridad en los arpegios y delicadeza en los tres acordes finales.

La primera parte del programa terminó con “Funerailles”, la séptima de las diez piezas que componen el ciclo de “Armonías poéticas y religiosas”  de F. Listz, escrita como tributo a tres de sus amigos que mueren en el levantamiento frente a los Habsburgo. Una pieza cargada de drama y de sufrimiento que requiere de una gran madurez en la interpretación, no sólo técnica. Barahona la tenía muy bien estudiada e interiorizada y el resultado fue magnífico teniendo en cuenta que el pianista sólo tiene treinta años.  

Ya en la segunda parte del programa la “Sonata en Re Mayor KV 311” fue casi un paseo para Barahona, dispuesto a afrontar una de las obras más difíciles para un pianista: “Aprés une Lecture du Dante, Fantasía Quasi sonata” de Listz.  Con esta obra el compositor austro-húngaro, después de muchas revisiones de la partitura alcanza el ideal de “música poética”, una concepción propia que nace en Listz después de asistir al estreno de la “Sinfonía Fantástica” de Berlioz. Esta obra está cargada de innovadores recursos pianísticos desarrollados a partir de su impresión tras ver a Paganini en un concierto. Listz revolucionó la escritura pianística dejando un legado que sólo alcanzan los pianistas más osados. Ahí estaba Barahona para hacernos partícipes de la belleza y la sonoridad de la obra. Muy destacable la interpretación de algunos pasajes con la mano izquierda logrando unos graves estruendosos. La obra atraviesa momentos de sentimentalismo tenue y otros de gran intensidad emocional, amén del virtuosismo propio de la partitura. Brillante la resolución de Barahona y una merecidísima ovación por parte del público asistente.

Como ya he anotado en alguna ocasión sobre estas líneas, quiero llamar la atención sobre la falta de entusiasmo del público gijonés al manifestar su agrado ante los conciertos de música clásica. Parece un público oriental. Por suerte Barahona es asturiano y comprende perfectamente nuestra expresividad. Sabiendo que fue del agrado de todos nos deleitó con dos propinas: una “Paráfrasis sobre un tema de Schubert”, en transcripción de Rajmáninov y la preciosa “Pavana para una infanta difunta” de Ravel. Magnífica elección y magnífico pianista al que auguramos una brillante carrera internacional.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

viernes, 7 de diciembre de 2018

Silvia Pérez Cruz y Marco Mezquida: Un encuentro irrepetible



Silvia Pérez Cruz  y Marco Mezquida. Teatro de la Laboral. sábado, 1 de diciembre, 2018

Silvia Pérez Cruz no es una cantante de masas enloquecidas de consumo rápido y fácil, es de ese tipo de artistas capaz de llegar a un público heterogéneo y exigente. Llevaba tiempo queriendo cantar junto al pianista Marco Mezquida pero no encontraban el momento oportuno, por sus apretadas agendas. Esta fue la ocasión para el encuentro y un privilegio poder escuchar una actuación como la que nos ofrecieron en el Teatro de la Laboral.
Escogieron un repertorio de lo más variopinto, sin novedades pero con mucho gusto. Arrancaron de modo íntimo con poca luz, ella sentada en el suelo y Marco al piano vertical con “My funny Valentine”. Versión difícil de reconocer  y nada que ver con otras como la de Sinatra, Ella Fitgerald o Chet Baker; ni un verso cantó, solo notas monosilábicas sobre un arreglo al piano vertical a base de escalas y arpegios sinuosos improvisados. Poco a poco la actuación iba cogiendo ritmo sin perder ese punto de intimidad que busca la cantante catalana en sus conciertos. Jugando con las cuerdas del piano de cola, a modo de arpa y después con las teclas, muy debussiano sonó el comienzo de “Plumita”. Pasó por toques flamencos, blues y volvió a ser etéreo, mientras la melodía vocal era más propia de un canto lusitano.  Esta fue la tónica del repertorio: variedad, experimentación tímbrica, improvisación y todo un alarde de dominio de distintas técnicas pianísticas y vocales que encandiló al público.

Buen gusto demostraron los dos al escoger temas tan exquisitos y poco escuchados como “Oración del Remanso” de Jorge Fandermole o “Barco negro” de Amalia Rodrigues. Sorprendente la mezcla de un coral de Anton Bruckner con un tema de Ornette Coleman. Menos sorprendente, por estar muy usada,  fue la versión de Chavela Vargas “Llorona”, pero bien. Parte del público contuvo las ganas de arrancarse a cantar “Padre nuestro tú que estás” en versión española y parroquial al escuchar “Sound of Silence” (Simon & Garfunkel). Por suerte Silvia la cantó en inglés comenzando a modo de espiritual negro para después transformarse en algo extraño con toques flamencos.

Silvia Pérez Cruz no deja de sorprender en cada una de sus actuaciones. Con aires más flamencos o con música más experimental se curra cada concierto para llegar a la gente y, guste o no guste es una artista que merece la pena ver en directo, al menos una vez. Por sus poros emana calidad vocal y conocimiento musical a raudales. En esta ocasión, acompañada por un pianista de tanto nivel como Marco Mezquida, pudimos disfrutar de un concierto que quedará para el recuerdo de los presentes y, probablemente irrepetible. La ovación final fue muy sonada.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 9 de octubre de 2018

Juan Pérez Floristán: un pianista con nombre propio

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Juan Pérez Floristán (piano). Teatro Jovellanos, miércoles 3 de octubre.
Organiza: Sociedad Filarmónica de Gijón

En la interpretación de música clásica es muy difícil destacar porque en cada ciudad hay músicos buenos. Por lo tanto, sobrepasar los niveles más exigentes hasta poder llegar a figurar en un cartel con nombre propio sólo está al alcance de unos pocos. El pianista Juan Pérez Floristán inauguró la temporada de la Sociedad Filarmónica de Gijón en el Teatro Jovellanos interpretando tres obras de máxima dificultad y estilos dispares y demostró por qué puede actuar como solista.

Comenzó con “Música Ricercata” de Ligeti, una obra contemporánea en la que el compositor se impuso límites estrictos para explorar al máximo la capacidad compositiva, dentro del lenguaje tonal en la cultura húngara. La obra se divide en once piezas breves, comenzando por la primera con tan solo dos notas jugando con diferentes octavas, tempos e intensidades para exprimir al máximo las cualidades del sonido. En la siguiente pieza va añadiendo una nota más y así sucesivamente hasta llegar a la número once, una pieza de carácter contrapuntístico donde experimenta con toda la escala cromática. La creación es sublime por parte de Ligeti y la interpretación de Pérez Floristán magistral. Con una técnica impecable supo destacar el carácter expresivo de una partitura que tenía totalmente interiorizada. Sin duda, se merecía un gran aplauso, pero no dio lugar a ello porque Floristán decidió enlazar esta obra con la Sonata para piano nº 23 “Apassionata” de Beethoven, sin pausa. Sus tres movimientos se sucedieron sin titubeos, destacando la interpretación del segundo, un tema con variaciones en el que Pérez Floristán se sentía cómodo volando por encima de los arpegios a gran velocidad. Al finalizar la obra llegó el estruendoso  aplauso.

Tras la pausa escuchamos la interpretación de los diez “Cuadros de una exposición” de Musorgsky, una obra que musicaliza la forma en que vemos los cuadros de un museo, pasando de un cuadro a otro a través del “Promenade” (paseo) e inspirada en diez pinturas y dibujos de su amigo y pintor Viktor Hartmann. La obra es de gran dificultad por su carácter programático, representando diez “cuadros” diferentes entre sí. Por citar alguno, nada tiene que ver el primer cuadro “Gnomos”,  tétrico y misterioso, con el segundo más cantabile, “Il vechio castello”. También son bastante dispares “Tuileries”, que representa juegos de niños en un jardín o “La cabaña sobre patas de gallina” donde podemos escuchar a la malvada bruja Baga-Yaga triturar los huesos de los niños perdidos. Floristán demostró que conocía muy bien la obra y supo darle el carácter adecuado a cada cuadro. La ovación a su interpretación fue prolongada, hasta el punto de que se sintió con ganas de deleitarnos con la complicada danza número 3 de Ginastera.


Sin duda, pudimos escuchar a unos de los pianistas más brillantes del panorama español, avalado por el primer premio del Concurso Internacional de Piano de Santander “Paloma O’Shea” (2015). Merecido tiene este gran premio, entre otros, y muchos más que llegarán, porque con sólo veinticinco años demuestra una gran calidad técnica y una capacidad musical del más alto nivel.  Un gran comienzo para la nueva temporada de la Sociedad Filarmónica de Gijón. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Homenaje a Jesús González Alonso: Reivindicando lo nuestro

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Gala homenaje a Jesús González Alonso: Festival Internacional de Piano de Gijón. Teatro Jovellanos, miércoles 23 de agosto.


Rescatar nuestro patrimonio cultural y visibilizar a nuestros grandes es una tarea pendiente de la sociedad española, sin embargo, hay iniciativas que rompen la tendencia. Es el caso del Festival Internacional de Piano de Gijón que rinde homenaje a la figura de Jesús González Alonso, un gran pianista gijonés al que una muerte prematura (cuarenta y un años) frenó su vertiginosa carrera como intérprete. Ya desde el 2011 la organización del festival acierta al dar el nombre del pianista al festival, que cuenta con diecinueve ediciones y gana prestigio año a año. Una gran idea, sin duda.
Eventos como la gala ofrecida en el Teatro Jovellanos para conmemorar el treinta aniversario de su muerte, tienen una importancia crucial a la hora de reivindicar nuestro acervo artístico, el de todos los asturianos y, por extensión, el de todos los españoles. Para ello, una selección de alumnos  brillantes del festival interpretaron algunas de las obras más importantes de la carrera de Jesús González como intérprete.

Abrió la estadounidense Jojo Yan interpretando la virtuosa obra de Enrique Granados “Allegro de Concierto”, de la que Yan supo extraer el carácter intimista y mantener la línea melódica por encima del desarrollo de arpegios de gran velocidad. Técnicamente impecable y bastante cercana a la pasión interpretativa que requiere esta obra,  teniendo en cuenta la corta edad de la pianista.

Los cambios de tempo y el carácter jazzístico conseguido por la coreana Soyoung Jung en “Rhapsody in Blue” sorprendieron a los asistentes, que disfrutaron con esta obra tan genial. Gershwin fue un compositor muy importante en la trayectoria de Jesús González y por ello le dedicó parte del primero de sus discos. Como también pudimos disfrutar de la interpretación de Meta Cerv con “Ronda Serrana” de Oscar Esplá: las largas horas de ensayo quedaron plasmadas en esta actuación.  
El pianista Xiangyu Zhao interpretó con acierto las tres primeras piezas de la suite “Cuadros de Exposición” de Mussorgsky  y para finalizar el concierto pudimos escuchar una grabación de las dos últimas piezas de esta suite interpretadas por el propio Jesús González Alonso, “La cabaña sobre patas de Gallina”, más conocida por “Baba Yaga” y “La Gran Puerta de Kiev”.  Previamente ya habíamos podido comprobar la calidad artística de Jesús González Alonso, escuchando una grabación de “Albaicín” de Albéniz.


La elección de las obras para rendir homenaje al pianista fue un logro por la variedad de composiciones, de colores y de riqueza armónica que pudimos escuchar. Además, entre obra y obra la musicóloga Sheila Martínez nos narraba los hitos más importantes de la vida del compositor ilustrados con fotografías, contando, al final, con la presencia del pianista y director del festival José Ramón Méndez, que aportó el momento emotivo de la noche con sus batallas como alumno de González.  En definitiva, el homenaje a Jesús González Alonso estuvo muy bien contextualizado, con una buena selección de obras y magníficos intérpretes que convirtieron esta gala en una agradable velada reivindicativa de un gran artista gijonés.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Kobrin borda a Chopin

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Alexander Kobrin. Festival Internacional de Piano de Gijón. Teatro de la Laboral, lunes 20 de agosto.

Es difícil asistir a un concierto donde se puedan escuchar las tres sonatas de Chopin seguidas, pero el Festival Internacional de Piano de Gijón intenta ponerse en el ranking de festivales de primera línea y, para ello, cuenta con pianistas de primer nivel y de visión peculiar. Así fue en el Teatro de la Laboral con el pianista ruso Alexander Kobrin que hizo todo un alarde de buena técnica, de sensibilidad y de conocimiento sobre el compositor.
La interpretación siguió el orden cronológico de las composiciones y, aunque pueda parecer cosa menor abordar tres sonatas del mismo autor no lo es en el caso de Chopin. La No. 1 corresponde al Opus 4, es decir, su cuarta obra, compuesta cuando solo tenía dieciocho años y, por lo tanto, presenta cierto grado de inmadurez en relación a sus posteriores obras. No por ello es una composición fácil de ejecución, en Chopin no hay nada fácil, de hecho -propio de la juventud de un genio-, cuenta con pasajes escalísticos y saltos de octava endiablados donde se atragantan muchos pianistas. Alexander la interpretó con la misma facilidad que podría tocar una nana.

Nueve años después compone la Sonata No. 2, correspondiente al Opus 35 y en ese intervalo de tiempo Chopin ya había hecho aportaciones importantes y esenciales a las composiciones de piano, por lo tanto, esta obra presenta una evolución significativa en cuanto a madurez y originalidad.  A pesar de la poca calidad sonora que ofrece el Teatro de la Laboral para los conciertos de piano, la ejecución de Kobrin fue magistral en los cuatro movimientos de la Sonata, destacando el tercer movimiento, la famosa Marcha Fúnebre, que fue incluída como parte de la Sonata con posterioridad y por ello se conoce esta obra como “Sonata Fúnebre”. También es muy destacable el endiablado Finale que se sostiene en un perpetuum mobile cargado de tresillos muy difíciles de ejecutar.


Para finalizar la No. 3, (Op. 58), una de las obras más magistrales de Chopin donde la técnica está al servicio de la composición (a diferencia de la No. 1) y donde muestra un gran poder emocional y un compendio de logros técnicos y artísticos adquiridos a lo largo de muchos años. Si el Allegro maestoso y el Scherzo fueron ejecutados con solvencia fue en el tercer movimiento, Largo, donde Alexander desplegó toda su capacidad de emocionar, para luego dejar al auditorio con la boca abierta con su interpretación del endemoniado Finale.  Sublime. El auditorio se fundió en un largo aplauso obligando al pianista a saludar varias veces. Por su parte hubo una propina, tocando una pieza de Bach que el público agradeció de nuevo con cara de satisfacción por haber podido escuchar a un pianista de tan alto nivel interpretativo.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España