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domingo, 28 de noviembre de 2021

La osadía de James Rhodes

 


James Rhodes, Gijón Sound Festival. Teatro de la Laboral, viernes 26 de noviembre de 2021.

Hay muchos motivos para aplaudir al pianista británico, recientemente nacionalizado español, James Rhodes. El motivo más importante por el que se merece todo el respeto del mundo es su valor para salir del infierno en el que ha vivido y haber contado al detalle sus intimidades en el libro autobiográfico “Instrumental”, convirtiéndose así en un referente para tanta gente que ha sufrido abusos sexuales a lo largo de su infancia. Un diez. Otro motivo que aplaudo es que rompa la rigidez de las “normas” estéticas y los protocolos que se han ido estableciendo en los recitales de música clásica a lo largo del último siglo, más concretamente a partir de la llegada de Hitler al poder. Me gusta que se vista con sudadera y vaqueros o que haya libertad para aplaudir entre movimiento y movimiento de la misma obra. Por qué no, si te ha gustado. Aplaudo que, bien sea por el morbo que suscita su historia o por otros motivos, haya conseguido acercar la música clásica a un público ajeno a los auditorios. También me parece genial que se comunique con el público en los recitales, que explique cosas de las obras que interpreta e incluso que diga tacos como “Beethoven es el puto amo” o “no hay sitio más bonito en todo el puto mundo que Asturias”, porque en las dos afirmaciones tiene razón y porque así se habla en la calle. Ahora bien, a nivel interpretativo tiene muchísimas limitaciones técnicas y es muy osado al escoger un repertorio tan ambicioso.

Comenzó tocando una versión libre del “Preludio en Mi bemol” de J.S. Bach, con una interpretación pausada y más cercana al minimalismo que encaja con su nivel técnico, pero nada que ver con el concepto de Bach. Y después de exhibir sus dotes de buen comunicador, abordó la “Sonata para piano nº 27” de Beethoven para rendirle homenaje en el 250 aniversario de su nacimiento, que se cumplió el año pasado. La dura infancia del genio de Bonn, con un padre borracho y maltratador, guarda cierto paralelismo con la infancia de Rhodes y la música fue el refugio de ambos, pero hasta ahí las similitudes. Beethoven, entre otras muchas cosas, fue un compositor que se caracteriza por su minuciosidad a la hora de detallar matices sobre cómo tenían que sonar sus obras. Y Rhodes no cumplía ni una. Además de los zarpazos que se le escapaban no había líneas claras en las melodías, los acordes atronaban con torpeza y las dinámicas estaban fuera de lugar.

Llegó el turno de Brahms, primero con la “Rapsodia en Sol menor, Op. 79” y después con el “Intermezzo en Mi bemol”. Y no sé cuál de las dos tocó peor. La mano izquierda de la Rapsodia iba lenta y torpe y los pasajes más oscuros y rápidos sonaban confusos, con un abuso de pedal de sustain que lo ensuciaba todo. El “Intermezzo” languidecía y aburría a las piedras.

Para finalizar, de nuevo Beethoven y la gran “Sonata en Do mayor Op. 53”, conocida como “Waldstein”, la cual destrozó totalmente. Atropellada como caballo desbocado y sin vida, parecía un bailarín afectado por el síndrome de Tourette.  En fin, fue horrible y ni siquiera se salvaron sus dos bises.

Tampoco se trata de pedir que toque las sonatas de Beethoven como lo haría Barenboim o Valentina Lisitsa, más bien es una cuestión de humildad y coherencia con las posibilidades de cada uno, y si no se puede hacer un triple salto mortal hay que conformarse con rodar con fluidez y hacer alguna pirueta de vez en cuando. En definitiva, si aparcara tanta osadía y escogiera un repertorio más acorde con sus capacidades le haría un gran favor al público.

Crítica publicada en La Nueva España 

Depedro: más música para los peques

 



Depedro, Gijón Sound Festival. Teatro de la Laboral, domingo, 21 de noviembre de 2021.

Decía Jairo Zavala en una entrevista de Radio 3 que las canciones para niños van más allá de una taza y una tetera. Y es justamente una de las reivindicaciones que más he oído a progenitores de infantes que ya han dejado el chupete hace tiempo. Si una amiga te pregunta por algún grupo o cantante que haga música para su hijo de nueve años, por ejemplo, ¿a quién le recomendarías? Creo que salvo “Petit Pop” poco más hay. Se salta de las canciones para bebés a la música para adultos, y así toda esa franja de edad intermedia se ve abocada a consumir reggaetones, rap y otros estilos con letras inadecuadas y a veces de mal gusto.   Por ello, el penúltimo trabajo de Depedro, “Érase una vez” (2019), aunque quedó un poco paralizado a causa de la pandemia, llegó y fue muy bien recibido. Y gustó tanto a los niños y niñas como a sus papás y mamás, porque son letras cotidianas y fáciles de digerir, sin tonterías. Además, musicalmente son sencillas y están bien tocadas, aunque no todas las del disco encajan con un público infantil, para mi gusto.

De la mano del “Gijón Sound Festival”, la banda de cuatro músicos que forman Depedro, con Jairo Zavala de frontman, se subió al escenario de la Laboral y puso a la butaca completa a silbar a ritmo de “Despierta”. Aquello parecía una pajarería, pero fue divertido y se creó complicidad entre público y escenario. “Dragón Alado” invitaba a bailar a ritmo de cumbia sabrosona, con la proyección de imágenes de vídeo creadas por Héctor de la Puente que se convertían en completas historias: gran artista y gran acierto. Otros temas como “Chilla que tiemble” o “Comanches” fueron un completo éxito, al igual que el tema que le da título al álbum.

Un poco más flojas sonaron “Vámonos al mar”, o “El Trato”, esta última cantada en inglés. El bonito tema “Te sigo soñando”, que grabó mano a mano con Luz Casal, fue la despedida antes de los bises. Y con todo el público en alto remató con la canción de Chavela Vargas “La Llorona” que, aunque bien cantada, está demasiado usada. Se me ocurren muchas otras canciones para un fin de fiesta sin caer en lo que hace la mayoría, pero es su elección. 

Depedro ha sacado un nuevo disco al mercado titulado “Máquina de Piedad”, sin embargo, no sigue la misma línea que “Érase una vez”, más bien está en la onda de sus anteriores trabajos, por lo tanto, parece que esto ha sido pasajero. Pues es una lástima, porque esta franja de edad necesita su propia música con letras y ritmos adecuados para sus vivencias.

Crítica publicada en La Nueva España 

Maika Makovski. Más visual que musical

 


Maika Makovski. Gijón Sound Festival. Sala Albéniz, sábado, 20 de noviembre de 2021.

Tras este periodo extraño de cancelaciones y aplazamientos que nos ha tocado, por fin llega la novena edición del “Gijón Sound Festival” y esta vez coincidiendo con el Festival Internacional de Cine de Gijón; después de tanta escasez se agradece la oferta.  La presentación del octavo y nuevo disco de Maika Makovski titulado “MK MK”, encajaba perfectamente con la esencia de lo que es el “Gijón Sound Festival”, o por lo menos, lo que yo entiendo que es su esencia, ya que en los últimos años me despistan algunos de los artistas escogidos. 

El esperado concierto arrancaba en la Sala Albéniz con una grabación (¿infantil?,¿ebria?), deliberadamente desafinada del poema sinfónico “Así habló Zaratustra”, como banda sonora para subir al escenario a Makovski y sus cuatro acompañantes: y esa música ambiental puede que tuviera su gracia, pero fue molesto para los oídos. Al instante suena “Scared of Dirt”, la primera canción con la que presentó su nuevo disco: dinámica, contundente y pegadiza, provocando la reacción de un público numeroso -dadas las circunstancias-, que quería agitar sus cabezas y moverse por la pista de baile, aunque tímidamente, por si acaso.

“Purpose”, cuyo inicio en directo parecía la mismísima “My Sharona”, evidenciaba una puesta en escena con una cantante que cambiaba de instrumento en cada una de sus canciones. Y eso siempre gusta. La actitud y la estética estaba cuidada al milímetro por todos los presentes encima del escenario, encajando perfectamente con esa pseudofilosofía punk llevada al rock que la cantante ofrece en sus conciertos. Predominio de los colores azul, blanco y rojo quizás, ¿para recordar que este disco ha sido grabado en U.S.A? No hubo presentaciones, ni explicaciones, ni mensajes, ni discursos aleccionadores entre canciones y los temas sonaban uno tras otro sin apenas interacción con el público, excepto para preguntar si estaban a gusto. Tampoco había solos de instrumentos, ni siquiera buenos músicos, aunque, eso sí, la apariencia era de todo lo contrario. Lo que había era mucho ritmo y mucha energía, de hecho, ninguna de sus canciones sitúa al metrónomo por debajo de 80 latidos por minuto.

De este nuevo disco de Makovski se salvan los cuatro videoclips que ha lanzado como promoción, por su calidad visual y poco más. Quizás, “I Live in a Boat”, cuyo ritmo un tanto ortopédico es muy efectivo y engancha. “Reaching out to you” suena machacona y monótona, con efectos grandilocuentes en cuanto a coros. En fin, que nada nuevo en el acervo de Maika Makovski, pero el público se mostraba encantado y vociferaban pidiendo “cabeza de cartel”, aunque una banda con canciones poco coreables es difícil que lo sea. Para finalizar sonó el sencillo “Love you Till I Die”, que tiene cierto encanto, y para el bis dejaron “Tonight”, esa canción de corte popular que cantaron todos arremolinados alrededor del piano.

 Sin duda, Maika Makovski ha conseguido alcanzar un nivel de popularidad -gracias a programas de televisión como “La Hora Musa”- y prestigio entre un sector del público afín a la música más alternativa, que se puede permitir hacer lo que quiera sin tener que dar explicaciones. Haga lo que haga va a quedar bien y sus seguidores le van a aplaudir.  Pero, musicalmente es muy mejorable.

Crítica publicada en La Nueva España 

jueves, 18 de abril de 2019

Rufus Wainwright: Más allá del pop

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Rufus Wainwright: Gijón Sound Festival. Teatro de la Laboral, domingo 7 de abril.

El Gijón Sound Festival clausura la presente edición con el cantante canadiense Rufus Wainwright, una de las figuras más carismáticas y sobresalientes del pop alejado del  mainstream, si es que podemos englobar dentro del género pop toda la música que hace Wainwright. Con unos cuantos álbumes que consolidan su larga trayectoria -entre los que figuran dos óperas y varias bandas sonoras-, celebra el vigésimo aniversario de su primer trabajo (1998) y arranca la gira en Gijón, presentando un concierto dividido en dos partes: la primera basada principalmente en temas de su primer disco y la segunda con canciones de “Poses” (2001), su segundo trabajo y responsable de su éxito.

Ataviado con impecable traje de rayas y un sombrero propio de los cuentos de Charles Dickens cantó “April Fools”, tal como hacía en sus primeros conciertos. Con una canción fue más que suficiente para comprobar que mantiene la voz en plena forma: su buena técnica vocal y la calidad de su  timbre es más notable en directo que en sus grabaciones. La vena folk está presente en sus melodías y en parte de sus arreglos,-es hijo del famoso cantante de folk Loudon Wainwright III y de la cantante canadiense Kate McGarrigle, de las legendarias hermanas McGarrigle-. La buena formación musical que ha tenido a lo largo de su vida es evidente y lo transmite en sus composiciones, como en “Foolish love” con arreglos propios del music-hall.

Aunque la primera parte del concierto languidecía por momentos, con demasiados temas lentos, siempre había algún t arreglo sorprendente que te sacaba del ensimismamiento, como “Blue” dedicado a Joni Mitchell por su reciente 75º Aniversario en el que Wainwright estuvo presente.

Después del breve descanso salió a escena con una colorida capa para interpretar el disco  “Poses”. Gran disco y curiosos arreglos en directo, con temas como “Greek Song”, cuya melodía está extraída de una ópera de Mascagni. Acompañado por buenos músicos durante toda la actuación sonaron brillantes interpretaciones, como en “Cigarettes and chocolate milk”, con pinceladas sonoras extravagantes y de gran calidad. Para cerrar el concierto una estupenda versión de Lennon y McCartney, “Nothing’s gonna change my world”, que puso al público en pie.

Rufus Wainwright tiene la capacidad de decorar una canción con armonías complejas, modulaciones y timbres sorpresivos más propios de otros géneros  y hacer que encajen en una melodía pop sin que suene a pastiche. Algunos de sus temas son óperas contemporáneas de tres o cuatro minutos de duración. Y es que con las composiciones de Wainwright el género pop amplía sus fronteras, por eso es tan diferente y por ello es tan respetado.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

El Gijón Sound y Rozalén



Rozalén: Festival Gijón Sound, 2019. Teatro de la Laboral,
sábado 6 de abril, 2019.


“Identidad, cooperación, sostenibilidad,[...] son los VALORES
por los que apostamos desde Gijón Sound”, con esta frase se
define el Festival más emblemático de la ciudad en esta
edición del 2019. Y todo esto suena muy bien sobre papel
pero viendo el cartel yo me pierdo en el primer adjetivo:
“identidad”. A estas alturas creo que ni el gran musicólogo
y experto en la materia Eduardo Viñuela,  podría definir la
identidad del Gijón Sound. La noche del viernes en la sala
Acapulco pudimos ver a “Jacco Gardner´s Somnium”, que,
sin entrar a valorar la mediocridad de su propuesta, su
sonido es más propio de otro emblemático festival de Gijón,
el L.E.V. Después, en el mismo recinto “The Mani-Las”: un
trío femenino de punk-rock” que encajaría mejor en el
“Tsunami” si se lo tomaran en serio e hicieran algo más que
un pase de cuarenta minutos con versiones resultonas,
porque materia prima hay y de la buena. El sábado Rozalén
en la Laboral, fácil de entrar en cualquier festival excepto en
los anteriores, y de noche en el Ayuntamiento “Morgan”y
“La Casa Azul”. Estos dos últimos  encajan perfectamente en
mi concepto del Gijón Sound. Creo que pretender abarcar
tanto, en aras de la “diversificación” y de la “inclusión” hace
que las identidades se diluyan y me recuerda a las propuestas
de algunos partidos políticos en esta campaña electoral.
Cientos de fans se quedaron sin entradas para el concierto de
Rozalén, sin embargo, las primeras filas detrás del foso de la
Laboral estaban vacías. El motivo, la venta de abonos para el
festival, es decir, muchos de los abonados estaban
interesados en otros conciertos o simplemente no querían ver
a Rozalén y dejaron sus asientos sin ocupar. Muy lícito,
pero raro. Yo me pregunto, ¿esto de los abonos no sería más
práctico para conciertos que se disfrutan de pie? Amén de que
los horarios no están bien estudiados y varios conciertos se
solapan: los que asistieron al de Rozalén no llegaron a tiempo
para ver a Morgan, por ejemplo. Creo que sería conveniente
darle alguna vuelta a este asunto y evitar estos infortunios.


Pero mi cometido es hablar del estupendo concierto que
ofreció la gran artista manchega Rozalén. Prácticamente el
mismo que ofreció en febrero del 2018, el mismo repertorio
extraído de sus tres discos pero en otro orden. Si
exceptuamos la ausencia de Marisa Valle Roso como artista
invitada, también vimos la misma puesta en escena que en
el concierto anterior: los mismos discursos, los mismos
músicos, la fabulosa  traducción de las letras en lenguaje de
signos por parte de Beatriz Romero, el mismo decorado, etc.
Sin embargo, esta vez sonó mejor, si cabe. Con más
presión, más empaste y todo mucho más trabajado, fruto del
tiempo de rodaje. Aunque Rozalén no haya aportado ningún
tema nuevo la evidente complicidad entre los componentes
de la banda y la calidad artística provocaba que los temas
fluyeran uno tras otro, con pequeñas diferencias en los
arreglos y una gran riqueza de matices.
Un gustazo de concierto de casi dos horas y media.
Por lo tanto, siempre es agradable asistir a un concierto de
Rozalén, aunque no encaje en un festival como el Gijón Sound.


Crlítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

jueves, 4 de mayo de 2017

Colectivo Asturiano de Jazz en el Gijón Sound Festival



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Un especial “día de la marmota”

Concierto del Colectivo Asturiano de Jazz (CAJ) en la Plaza Mayor. Gijón Sound Festival.  Domingo, 2 de marzo

Cuando se asiste con frecuencia a las sesiones de jazz, en las que la formación no corresponde a un nombre o a una identidad particular, se puede llegar a tener la sensación de estar viviendo ese famoso  “día de la marmota”, cuya existencia conocemos todos a raíz de la película “Atrapado en el tiempo”, (espectacular el papel de Bill Murray, dicho sea de paso). ¿Y por qué digo esto? Porque, en estos casos los músicos de jazz se juntan un par de días antes (a veces ni eso), deciden  rápidamente un repertorio archiconocido por todos los integrantes y se dedican a improvisar varias ruedas sobre temas estándar extraídos del Real Book, que es el manual indispensable para cualquier jazzista. Es decir, es siempre lo mismo con pequeñas variaciones.

Pues bien, para la despedida de la tercera edición del Gijón Sound Festival se optó por un concierto dedicado al jazz en la Plaza Mayor. Y para ello contó con una representación del Colectivo Asturiano de Jazz (CAJ), formado para la ocasión por Jorge Viejo (saxo y voz), Xaime Arias (piano), Manu Molina (batería), David Casillas (contrabajo) y Carlos Pizarro (guitarra). El quinteto ofreció un repertorio estandarizado (de los del Real Book), pero escogido con cierta elegancia en diferentes aires dentro del jazz: bossas, swing, funk, latin…

El saxofonista Jorge Viejo lideró está formación especial y desde los primeros temas, concretamente con  “It could happen to you” del trompetista Chet Baker, dejó claro que, además de dominar el saxo tenor tenía una sólida formación vocal. También se lució con bossas, como la preciosa “ Brigas nunca mais”, original de Tom Jobim en versión de Djavan. Quizás, sus improvisaciones vocales tipo scat, desarrollado al máximo  por la gran Ella Fitzgerald, quedaron técnicamente correctas pero un tanto frías. Un poco de riesgo no hubiera estado mal, de todos modos Jorge Viejo tiene un bonito timbre y desde luego sabe cantar.

A pesar de que la acústica de la carpa no favorecía la sonoridad y no permitía captar todos los matices que estaban presentes, todos los músicos tuvieron sus momentos correctos y algunos brillantes, como  Carlos Pizarro con su improvisación en “Just Friends”. La técnica impecable de toda la formación fue superada por el pianista  Xaime Arias al imprimirle un plus de pasión. Y no es que al resto de la banda le falte (pasión, quiero decir), es que Xaime desborda. Su particular forma de frasear, sus experimentaciones rítmicas con apoyaturas en las notas y en los pulsos más inesperados, sus largas construcciones  que abren hacia el agudo y regresan al punto de partida alejadas de la mecánica, amén del virtuosismo,  dan coherencia, carácter y naturalidad a cada melodía. Tiene una forma de improvisar  y de dialogar con el resto de la banda que le hace singular.  Sin duda uno de los mejores pianistas que tenemos en España.

Y por todas estas razones, y otras que me callo por falta de espacio, puede que fuera otro “día de la marmota” en el jazz pero, desde luego, un día especial que merece la pena revivir.

 Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España el 5 de abril, 2017.

Alberto & García y Depedro en el Gijón Sound Festival



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 ¡Qué pena de sonido!
Dos grandes actuaciones que no logran brillar por la emborronada acústica de la carpa del Ayuntamiento.  

Alberto & García y Depedro en el Gijón Sound Festival.  Sábado 2 de abril. Recinto Plaza del Ayuntamiento. 

Plantar una carpa en medio de la Plaza del Ayuntamiento de Gijón  para ver conciertos de pago es una mala idea. Diversos conciertos, organizados por el Gijón Sound Festival, tuvieron lugar en la susodicha carpa durante el fin de semana, algunos gratuitos y otros de pago.  Para los de previo paso por taquilla se cerraban los laterales de la carpa para que nadie pudiera colarse.  Para los gratuitos se quitaban los toldos laterales, permitiendo el acceso a todo transeúnte para escuchar una buena colección de grandes artistas, que, al fin y al cabo, es el cometido del GSF.  La diferencia –además del dinero- es que en los gratuitos, al quitar los toldos laterales el sonido se expandía libremente, desapareciendo gran parte de la bola de frecuencias que se formaba dentro de la carpa. El resultado es que los de pago tuvieron un sonido lamentable, peor que los gratuitos, -que tampoco es para tirar voladores-. 

Una lástima, porque estaba expectante desde que se había anunciado la actuación de Alberto & García: una banda asturiana que camina con paso firme y gana solidez con cada nuevo proyecto.   Así lo demuestran con “Voladores”, un disco publicado en el 2016 que contiene magníficos temas que tuvimos el gusto de escuchar en directo, junto con otros temas de su anterior álbum “Ley de gravedad”.  Voy a tener que esperar a una tercera ocasión (y será la vencida, espero) para disfrutar de esta banda en un recinto con mejor acústica.  

Tras la aplaudida actuación de Alberto & García subió al escenario el cantante  y guitarrista Jairo Zavala, arropado por grandes músicos que aportan un timbre particular y forman Depedro. Tengo que decir que el recinto se llenó bastante, absorbiendo los rebotes de la acústica y, por tanto,  mejoró el sonido respecto al concierto anterior. 

 Depedro es, sin duda, uno de los mejores grupos que suenan en el panorama musical español. Su nuevo disco “El Pasajero”,  en el mercado desde septiembre de 2016, contiene temas que consolidan la banda, ganando adeptos allá por donde pasan. La noche prometía desde el primer tema “Como el viento”,  y fue in crescendo hasta el  bis “Comanche”: temazo aderezado con rítmicas de estilo funk que invitaban a desatarse en un éxtasis final (musical, por supuesto).  Por el medio todo estuvo bien calculado.   “Tu mediodía” fue un gran momento para lucirse  David Carrasco, con su saxo barítono, que se ganó el respeto del público por sus solos y por su gran versatilidad con otros instrumentos como el teclado, el vibráfono o la melódica. El público se entregó para corear “Hombre bueno” o “La Llorona” tema que hizo famoso Chavela Vargas y que sigue conquistando a varias generaciones. Varias canciones a destacar, pero me quedo con “Panamericana” y sobre todo con “DF”, porque con la magia del directo nos acercamos a las fronteras mexicanas con energía desbordante y ganas de derribar muros, elevados por personajes estridentes de cara anaranjada. Y es que Depedro son muy buenos en directo y Jairo Zavala, fundador de Depedro, además de cantar sabe contar historias que nos preocupan a todos, pero lo hace con elegancia y sutileza a la par que punzantes. 

En definitiva, con la elección de Alberto & García y Depedro la organización del Gijón Sound Festival acierta y se consolida, en su tercera edición, como uno de los festivales más importantes, vigentes en España. Aunque no hayan acertado en el recinto se merecen todo mi respeto por la dificultad que conlleva organizar todo esto y el resultado tan positivo que consiguen. Larga vida al GSF.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España publicada el 4 de abril, 2017. 

viernes, 8 de mayo de 2015

Paco Loco y los Jayhawks en el Gijón Sound Festival.

The Jayhawks + The Ships. Gijón Sound Festival. Sala Albéniz.  Sábado 18 de Abril.

Los norteamericanos The Jayhawks llegan al Gijón Sound Festival precedidos por la banda The Ships,  formada por el respetadísimo Paco Loco, junto con Juan Ewan y Dani Llamas, con disco recién estrenado y totalmente entregados al aforo completo de la sala Albéniz.  Tras su brillante actuación el buen rollo estaba servido, en parte  porque cualquier hazaña en la que se involucre  Paco será bienvenida en Gijón, pero, además porque conectaron perfectamente y dejaron al público con ganas de pasárselo muy bien el resto de la noche.
Tras los cambios de instrumental oportunos con la mayor brevedad posible llega la actuación de los Jayhawks, abriendo con “I’m gonna make you love me”,  tema que recuerda a los Credence Clearwater  Revival. The Jayhawks es de esas bandas  que se pueden permitir el lujo de vivir de rentas sin sacar nada nuevo o anunciando eternamente que están en ello, aunque lleven cuatro años con el mismo discurso, pues el líder de la banda Gary Louris está dotado de ese particular duende que le hace crear melodías que se convierten rápidamente en himnos.
Muchos cambios ha habido en esta banda de rock alternativo country, pero es en esta última formación donde más se acercan al pop. Gary Louris con sus guitarras “Gibson SG” y “Flying V” lleva el peso de los solos y las composiciones melódicas, pero también contribuyen a esa creación la teclista Karen Grotberg, que se encarga de los sonidos de piano y de Hammond, además de los coros, el bajista Marc Perlman, el más antiguo de la formación junto con el propio Gary, Tim O’Reagan a la batería y cantante principal en algún tema y el segundo guitarra Kraig Johnson que no me dijo en particular salvo que aporta grosor al sonido.
Durante hora y media el público cantó y tarareó los temas más emblemáticos rescatados de sus discos anteriores, temas como   “Ain’t no End”, “Big Star”, las coreadísimas “Save it for a Rainy Day” y “Bad Time”,  el hit “Blue”, “All the Right Reasons” “Angelyne”, etc. El momento cumbre del concierto se logró  con la participación en el escenario de Paco Loco, al que Gary reclamó su presencia contando con la complicidad del público para que subiera. Con su particular forma de solear conquistó a todos los presentes que no dejaron de corear “Paco, Paco….”.  Ya en el último bis se reclamó de nuevo su presencia para acompañar con la guitarra el tema “Tailspin”. Un gran éxito.


A base de buen rollo por parte de todos la noche fue especial, no importaba que la guitarra de Kraig Johnson se pasó medio concierto semitonada, tampoco importaban los desafines puntuales de la voz y de los coros (muy evidentes en “I’d Run Away” y en otras), los gambazos de las guitarras, los solos blandengues o los desajustes rítmicos que provocaron que en dos temas tuvieran que volver a empezar.  Las composiciones están ahí para disfrutar y el público iba  a eso.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España