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viernes, 20 de diciembre de 2019

Viaje de Invierno (Winterreise): un viaje triste y bello





José Manuel Montero (tenor) y Aurelio Viribay (piano). Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, miércoles, 11 de diciembre.

La Sociedad Filarmónica de Gijón ofreció uno de los conciertos más esperados de la temporada, el “Viaje de Invierno” (Winterreise) de Franz Schubert. La butaca rozando el lleno pudo seguir paso a paso cada verso mediante un programa de mano impreso para la ocasión a todo lujo y traducido del alemán, gracias a la implicación del Club Rotario de Gijón y la colaboración de diversas entidades, entre ellas La Nueva España. La recaudación íntegra de la taquilla se ofreció a beneficio de la Asociación de Esclerosis Lateral Amiotrófica del Principado de Asturias. 

“Viaje de invierno” es una obra sublime y difícil, por cuestiones técnicas y por la necesidad de sumergirse en el mundo de las emociones para que sea creíble a los oídos de tantos aficionados. No olvidemos que esta obra es una de las más populares del género lied. Schubert tenía tan sólo veintiséis años y estaba muy enfermo de sífilis cuando abordó esta composición sobre doce poemas de Wilhelm Müller, con una gran carga dramática al haber perdido a su madre y sus hermanos cuando era niño. Tanto sufrimiento por ambas partes da lugar a un ciclo de veinticuatro canciones desgarradoras a la par que bellas.  El tenor José Manuel Montero, acompañado por el pianista Aurelio Viribay, mostró una amplia gama de posibilidades al abordar un ciclo de canciones con tanta profundidad lírica.

No fue la mejor noche para el tenor. Ya advirtió al principio del concierto que llevaba varios días aquejado de varias patologías que afectan directamente a la voz, viéndose obligado a abandonar el escenario varias veces entre lied y lied. La merma de facultades se notó. Por momentos el exceso de nasalidad y la dificultad para los cambios de registro estuvieron presentes. A pesar de todo, en lugar de optar por anular el concierto demostró ser un tenor con muchos recursos técnicos y salvó la actuación de manera notable.

Sobresaliente fue la interpretación del pianista Aurelio Viribay, cobrando gran protagonismo en numerosos lieder, destacando la sensibilidad y la fluidez armónica. Recordemos que la función del piano a lo largo de toda la obra no es un simple papel de acompañante. Muy destacable su labor en “Sueño primaveral”, con gran contraste entre la belleza bucólica y la tristeza fría y oscura, hasta llegar a la absoluta “Soledad” del lied número doce, justo a la mitad del viaje. El movimiento oscilante del piano reflejaba perfectamente el vuelo de “El Cuervo” sobre la cabeza del viajero, mientras Montero desgarraba la voz en la “Mañana Tormentosa”, hasta llegar al último lied “El hombre de la zanfoña”. Una muestra de empaste entre voz y piano de lo más audaz, logrando sumergir al espectador en un viaje de invierno muy triste y muy bello.

Una pequeña parte del público manifestaba sus ansias por aplaudir, incluso antes de dejar reposar el acorde final de cada lied, resultando un tanto molesto. Está muy bien aplaudir, pero todo tiene su momento. El concierto terminó con una gran ovación y el reconocimiento al esfuerzo y el trabajo bien hecho por parte de dos grandes profesionales.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

lunes, 17 de diciembre de 2018

Beatriz Díaz y Alejandro Roy: Lo mejor de la lírica asturiana






Beatriz Díaz (soprano) y Alejandro Roy (tenor): “Gala Lírica Asturiana”, organizado por la Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, 12 de diciembre /2018.

Es sabido que en Asturias hay mucho talento artístico, pero de vez en cuando es necesario darle visibilidad, y de esta manera hacer “profetas en su tierra”. Es el caso del tenor Alejandro Roy y de la soprano Beatriz Díaz, recientemente nombrada “Asturiana del Mes” por LA NUEVA ESPAÑA. El Teatro Jovellanos, en colaboración con la Sociedad Filarmónica de Gijón, ha apostado por una gala en la que se unen las dos grandes figuras de la lírica y muestran su talento con una selección de arias y dúos procedentes de las mejores óperas italianas, en su mayoría veristas.

Quedó claro que Puccini es uno de los favoritos de ambos cantantes, pero también hubo alguna muestra de Verdi, Leoncavallo, Amilcare Ponchielli  y los menos habituales Francesco Cilea y Alfredo Catalani. Una gala muy complicada porque cada cantante está obligado a dar el “triple salto mortal” en cada una de sus intervenciones, no hay números de relleno y optan por enfrentarse a las partituras más exigentes. Además no hay ni orquesta ni coro sobre el que apoyarse, las voces se sostienen sólo con el acompañamiento del pianista Juan Antonio Álvarez Parejo, por lo tanto, cualquier mínimo error se aprecia. Abordar este repertorio y de esta manera indica el gran nivel que tienen los dos cantantes.

Abrieron con el difícil dúo de amor, “Gia nella notte densa”, de la ópera “Otello” (Verdi), basado en la obra de Shakespeare: todo un reto y una muestra de gran compenetración en la pareja. Brillante fue el dúo “Mario, Mario” de “Tosca”, cantado con mucha sensibilidad, en el que fluyó la química entre ambos. También, muy destacable el dúo que representa el encuentro entre “Cio-Cio San” y su marido el teniente “Pinkerton” en “Madama Butterfly” (Puccini). Más discreta fue la intervención del dúo final “O soave fanciulla”, de la ópera “La Bohème” (Puccini), muy correcta pero sin llegar a pellizcar.

Breve y brillante fue el aria “Addio fiorito asil” de la ópera “Madama Butterfly” cantada por Alejandro Roy, al igual que “Ch’ella mi creda”, también de Puccini, que precisa de mucha intensidad y sensibilidad. Sus intervenciones más destacadas fueron: “Vesti la giubba” (Leoncavallo) y la propina  “E lucevan le stelle” de “Tosca”, partituras exigentes que requieren mucha madurez vocal.

En toda su plenitud está la voz de Beatriz Díaz al escoger un repertorio como el de la gala. Aunque la ópera verista  Adriana Lecouvreur (Cilea) no es muy representada, la belleza del aria “Io son l’umile ancella” hace que muchas grandes cantantes la incluyan en su repertorio solista.  Beatriz Díaz levantó las primeras ovaciones por la belleza tímbrica y el gran dominio de la técnica. Muy cómoda se sentía Díaz en el papel de “Cio-Cio San” cantando “Un bel dì vedremo”, (Puccini). Intensos aplausos desató después de “Ebben, ne andrò lontana” (Catalani), una pieza poco conocida que requiere un gran control de dinámicas. Finalizó con la propina “O mio babbino caro”, que termina con un pianissimo delicioso, mostrando así que está a la altura de las más grandes sopranos.

Sin duda, los dos asturianos mostraron todo un alarde de buena técnica vocal, potencia y sensibilidad, en una gala poco frecuente y muy necesaria para poder apreciar la calidad de los nuestros.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España