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domingo, 16 de julio de 2023

 


Gira “Sin Riendas 2023”, Festival Gijón Life. Parque de los Hermanos Castro, Gijón, 15 de julio. 


Kutxi Romero es el Sabina del rock español. Su voz es tan patética como la del cantautor de Úbeda. No afina, no vocaliza, ni siquiera es guapo y su ronquera se intensifica aún más en cada nueva gira al frente de “Marea”, sin embargo, escuchar sus canciones en directo es un placer. Sus letras son redondas y sus composiciones están muy bien hechas. No son macarradas improvisadas. 


El concierto de “Marea”,una de las bandas de rock más reconocidas del país, era uno de los más esperados de la temporada. La gira “Sin riendas”, para presentar parte de “Los potros del tiempo”, junto con viejas canciones que ya son historia del rock, prometía y no defraudó. Después de la breve actuación de “Bocanada” como teloneros, miles de asistentes se arremolinaron frente al escenario para cantar viejos temas como “Mierda y cuchara”, “Esa puta soledad”, “El perro verde” o “La luna me sabe a poco” y también algunos nuevos que ya se los saben, como “Otra cicatriz” o “Buena muerte”, esta última single del nuevo trabajo. 


Veintiséis temas sonaron de principio a fin con un  sonido limpio y potente, sin ninguna pega. El técnico de sonido se lució. Claro que “Marea” no es solo Kutxi Romero con su desparpajo y sus grandes composiciones, también el bajista Edu Beaumont “Piñas”, el batería Alén Ayerdi y los guitarras César Ramallo y David Díaz “Kolibrí”: si uno es bueno el otro es igual o mejor. Y así disfrutamos de un concierto generoso de más de dos horas y se convirtió en uno de los mejores del año. 


Crítica publicada en La Nueva España

sábado, 16 de julio de 2022

Con Robe hay esperanza para el rock

 

Foto: Juan Plaza LNE

ROBE: Gira “Ahora es cuando”, Festival Gijón Life. Viernes, 15 de julio de 2022.  


Arranca la tercera edición del “Gijón Life” con la gira “Ahora es cuando” de Robe Iniesta, uno de los artistas más personales e inigualables del rock español. El ex líder de “Extremoduro” apareció en el escenario rodeado de una pedazo de banda que es para quitarse el sombrero y nos deleitó con un concierto largo que osciló entre la magia y la nostalgia de las grandes épocas del rock. Ni siquiera nos importó que empezara media hora más tarde ni que se tomase un largo descanso a mitad del show. 


En la primera parte escuchamos temas clásicos de “Extremoduro” y algo de sus dos álbumes en solitario, comenzando con “Del tiempo perdido”, en el que pudimos apreciar su timbre de voz horrible y gastado, a medio camino entre Sabina y Coque Malla y cuando se ponía cañero parecía el mismo Luis Zahera llamando a “Malamadre” en “Celda 211”. Peccata minuta, porque Robe no está donde está por sus cualidades vocales y, además, para compensar estas carencias ahí estaba Lorenzo González en los coros. Brutal en todas sus intervenciones destacando en “Un suspiro acompasado”, así como  en el apabullante final de “La canción más triste”. 


Y después de “El tango suicida”, una de las canciones más singulares de “Extremoduro” cerró la primera parte con la “Dulce introducción al caos”, pieza del álbum conceptual “La ley innata” en la que la “Flying V” del guitarrista Woody Amores volaba vertiginosamente hasta el destroyer final.


En la segunda parte escuchamos “Mayéutica” el último álbum conceptual recién publicado que ya ha calado entre los fans y representa toda una sinfonía hábil en ideas, matices y derroche de sonoridades. Ya desde su “Interludio” se desató la locura entre el público coreando a grito de “bailar como una puta loca”, con un gran solo de Hammond de Álvaro Rodríguez. ¡Qué gran músico! 

Y después de la “Coda Feliz” dejó para los bises los grandes éxitos: “Jesucristo García”, “Puta” y “Ama, ama y ensancha el alma”, culminando así un show que es para vivirlo, porque no hay suficiente espacio en este periódico para expresar la sensación con la que se fue el público del recinto. Y es que Robe es uno de los grandes con mayúsculas, sus canciones tienen tanto trasfondo, hay música, hay filosofía y están tan bien construidas que nos devuelve la esperanza a los amantes del rock. 


Crítica publicada en La Nueva España  



sábado, 9 de abril de 2022

La energía que levanta Fito

 



Fito & Fitipaldis, “Cada vez Cadáver Tour”. Palacio de deportes Adolfo Suárez, Gijón, viernes 8 de abril de 2022. 


Con quince días de retraso, por causa de la covid, llegó a Gijón una de las citas más esperadas de la temporada y probablemente de todo el año: el concierto de Fito & Fitipaldis y la presentación en directo de “Cada vez cadáver”, su nuevo disco que llega siete años después de “Huyendo conmigo de mí”. Está claro que eso de la composición Fito se lo toma con calma pero la espera mereció la pena, porque escribió diez canciones bien pensadas y llenas de matices a cual mejor. Vale que muy novedosas no son, de hecho, cuando arrancan algunas de ellas nos parece que ya las hemos escuchado antes, pero ahondando vemos que hay muchos detalles para apreciar y disfrutar. 


Un acierto de la gira es traer como banda acompañante a “Morgan”, el grupo madrileño que nos visitó hace apenas un mes por la presentación de su disco “The River and The Stone” y nos dejó con ganas de repetir. Su actuación fue breve pero fabulosa, una vez más. Y después de los imprescindibles cambios en el escenario salió Fito y su séquito habitual para darlo todo empezando por “A quemarropa”, una de las nuevas que ya se saben los más de cinco mil asistentes que acudieron a la cita. Y una tras otra sonaron las diez nuevas y los éxitos consagrados sin un solo desliz que matizar hasta finalizar con “Acabo de llegar” con la que despide sus conciertos. 

Veinticuatro temas en total donde Carlos Raya, que también es el productor del disco, hizo de las suyas con las seis cuerdas: tremendo guitarrista que, incluso tras sufrir una caída del escenario cuando tocaba “Antes de que cuente diez”, mientras interpretaba uno de sus magníficos solos, continuó como si no hubiera pasado nada y, además, se creció. La contundencia de la batería de Coki Giménez, que hipnotiza por su energía cuando sale por las pantallas gigantes, ayudaba a engrandecer los rocanroles y a empastar los bombos con las figuras del bajo de Alejandro Climent. También las melodías al saxo de Javier Alzola, las cuales no destacan por virguerías pero sí por sonido. 

 

Una de las canciones mejores del nuevo repertorio es “Quiero gritar” que, si bien en el disco pasa desapercibida, en directo es la bomba y más en esta ocasión que fue interpretada también por los componentes de “Morgan”, sobresaliendo la voz de Nina con esa garra que tiene a lo Janis Joplin.  


Fito se mostró desbordado de energía y feliz de poder dar el concierto, hasta el punto de quebrarse su voz de la emoción cuando despedía agradeciendo al público por haber estado pendiente de él. Deberían de inventar una forma de recoger y almacenar toda esa energía y ese calor que fluye entre público y artistas y transformarla para el consumo, ahora que está tan carísima la luz. Solo con la intensa gira de Fito & Fitipaldis se generarían muchos miles de megavatios y sería el invento del siglo. 


Crítica publicada en La Nueva España

domingo, 27 de febrero de 2022

Morgan: una banda para repetir

 

Morgan: “The River Tour”. Teatro de la Laboral, sábado, 26 de febrero de 2022. 


Después de la sequía vivida en los dos últimos años da gusto asistir a un concierto en el que te quedas enganchada desde la segunda canción y ya no pierdes detalle hasta los cuatro bises finales. Así fue con la banda madrileña “Morgan” en el Teatro de la Laboral, un concierto impecable con seis músicos en el escenario  que comparten el mismo protagonismo entre unos y otros y que están al servicio de las canciones. Y como líder Carolina de Juan (más conocida como Nina), que no es una frontwoman de las que recorren el escenario de un lado a otro con coreografías, piruetas de micrófono o alarde de sus mejores galas. Para nada, todo lo contrario. Situada en uno de los extremos del escenario, parapetada detrás del piano y sin focos que dirijan las miradas hacia ella, seguramente le encantaría pasar desapercibida y si pudiera evitar tener que dialogar con el público y cantar detrás de un biombo lo haría encantada, pero con la voz que tiene el anonimato es imposible. Canta con fuerza, con sentimiento, afinadísima y con un timbre cargado de armónicos y de arenilla que la hacen singular. 


La breve “Hopeless Prayer”, de aires folk con arreglos vocales cuidados, fue buen tema para abrir un concierto, aunque tiene potencial para seguir desarrollándose e incluir una parte más cañera. Con la blusera “The River”,  que Nina cantó con mucha garra, les cayó la primera merecida ovación del público. Y sin tiempo para pausas sonó “Blue Eyes”, del álbum “Air” (2018), tema que se pone interesante en la segunda mitad con una crecida potente. Los solos fluían y se repartían entre teclados con sonido Hammond  y guitarras cañeras, demostrando que había muy buenos músicos encima del escenario. Del último disco sonaron todas excepto las dos más flojas: “Un Recuerdo y su Rey” (demasiado lenta y con poca gracia) y “Late”, esta última con un buen ritmo de batería que no va a juego con la melodía. 


Veinte temas sonaron con enfoques diferentes, sonidos y timbres cuidados para que las canciones tuvieran un resultado original, amén de una voz que no pasa desapercibida en el panorama de la música actual. Tomen nota los programadores y ya que en Gijón hay tendencia a traer año tras año a los mismos artistas (con lo cansinos que son algunos, sin entrar en detalles), apunten el nombre de “Morgan” y ténganlo en cuenta para futuras giras. Porque hay mucho trabajo y mucha calidad detrás de esta banda. Por mi parte repito. 


Crítica publicada en La Nueva España

domingo, 29 de agosto de 2021

Pancho Varona: A la sombra de Sabina

 


Pancho Varona, “Ruta 52”. Terraza de La Laboral, viernes 27 de agosto,2021. 


Pancho Varona canta horriblemente mal, incluso peor que Sabina, que ya es decir. Su timbre es pobre y no afina frase ni queriendo. Además, como guitarrista nunca ha despuntado de manera significativa, ni por sus solos ni por tener un sonido único y su nombre ha estado siempre a la sombra de otros de primera línea, principalmente Sabina. Sin embargo, ahora que su frontman está en horas bajas se puede permitir el lujo de hacer una gira en solitario, llamarla “Ruta 52” para aprovechar el tirón mediático de la inmortalizada “Rute 66” y llenar todas las butacas.


“Más de 100 mentiras”, publicada en el álbum “Dos pájaros de un tiro”, abrió el concierto y una docena de canciones archiconocidas fueron las que sonaron en la Terraza de la Laboral, cantadas por Varona guitarra en mano. El resto del tiempo “Panchito, Panchito” (así es como le llama Sabina), se dedica a contar las historias que preceden a cada canción advirtiendo que “cuanto más cuente y menos cante mejor para todos”. Y es totalmente cierto. Pero es que, además, ni siquiera esas historias que preceden a cada canción son originales porque cada una de ellas las ha contado muchas veces en diferentes entrevistas que ha concedido a lo largo de su larga trayectoria y algunos detalles han variado. Cosas del tiempo.  


Nos contó la anécdota de “Peor para el sol” con Christina Rosenvinge y siguió con “Ahora que”, una canción “casi perfecta para un amor casi perfecto”, nos recordaba Varona después de aturdir nuestros oídos al no conseguir hacer una frase completamente afinada hasta bien pasado el primer estribillo. Otro tanto podríamos decir de “Hotel, dulce hotel” y “Ruido”, ese precioso tema cuya letra original es de Pedro Guerra y Sabina le cambió algunos versos hasta convertirla en una obra de arte. Lo paradójico es que la canción que peor cantó fue “La canción más hermosa del mundo”. Nos explicó que la letra es tan larga que les costó hacer la música a Antonio García de Diego y a él, y decidieron comenzar con versos de notas muy graves hasta terminar con versos muy agudos, pensando en que nunca la tendrían que cantar. Y aquí encajaría perfectamente un emoticono de Instagram o WhatsApp, de esos que aparecen con la boca y los ojos bien abiertos, porque resultó un dolor de oídos en la voz de Varona.


Claro que el mérito es que en todo su repertorio Varona es protagonista de la parte musical y por eso se puede permitir contar un montón de anécdotas. Pero también quiso cantar una canción de “La Mandrágora” en la que no intervino ni en la letra ni en la música, y la canta porque es la que más le gusta y significa un resorte para su vida. Se trata de la emblemática “Pongamos que hablo de Madrid”. Aún faltaban los grandes éxitos de los conciertos de Sabina: “Y sin embargo”, “La del pirata cojo” y “Princesa”, de las que, aparte de las anécdotas que ya habíamos oído no había por donde cogerlas (en cuanto a afinación, me refiero). Pese a todo, los aplausos fueron bien contundentes. 


En fin, llegado a este punto parece que ha quedado claro que, en mi opinión, la calidad musical de un concierto de Pancho Varona deja mucho que desear. Sin embargo, absolutamente todos los presentes salimos de allí con gran satisfacción y con la sensación de haber asistido a un evento ¿único?, ¿mágico?, ¿nostálgico?... Me viene a la cabeza aquella anécdota tan difundida por los medios de comunicación que se contaba de Lola Flores: “Ni canta ni baila, pero no se la pierdan”. 


Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

miércoles, 19 de mayo de 2021

M Clan en estado puro

 

M Clan, “Dúo Acústico”. Teatro de la Laboral, sábado, 15 de mayo de 2021. 

Los murcianos M Clan regresaron una vez más a Gijón, aunque esta vez en versión reducida. Un “Mini clan” formado por Carlos Tarque y Ricardo Ruipérez, los originales de la banda, ofrecieron un concierto íntimo con el que poco a poco empezamos a ver luz. Y un buen síntoma de ello es poder asistir a conciertos de artistas que no son locales, como ha sido la tónica de los últimos meses. Y no porque tenga nada en contra de los de aquí, todo lo contrario. Como hemos podido constatar, tenemos artistas muy buenos de diferentes ámbitos, pero se echaba de menos carteles con más peso.  

“Filosofía Barata” abrió el concierto y se notaba cierto vacío sonoro; se echaba de menos los solos de Prisco o la contundencia de la batería, por ejemplo. Y por mi cabeza rondaba la idea de aburrimiento y sonido cansino: solo voz y guitarra tipo serrucho para rellenar, no pintaba bien. Sin embargo, seguidamente sonó “Souvenir” y la butaca llena cantando el estribillo con entusiasmo suplía las carencias de timbres contrastantes. Había entusiasmo por parte del público y profesionalidad por parte de los artistas que se manifestaron “felices y encantados de estar aquí otro año más”. Además, Tarque se desplegó con el cajón, la armónica, la pandereta o la guitarra, para aportar variedad.

En canciones como “Para no ver el final” es donde Tarque exhibe sus dotes vocales con un final de lo más soulero, aunque algunas notas se le escapen de afinación. Es uno de los mejores cantantes de rock que hay en español y en conciertos de este tipo, donde el sonido está desnudo de artificios, se percibe aún más su talento si está en buenas condiciones, que no siempre. Pero este viernes en el teatro de la Laboral fue un día de los buenos. Y volvió a mostrar su timbre rasgado en “California” y en “Las calles están ardiendo”, todo un alarde de potencia vocal.

El concierto fue un éxito porque no había ningún riesgo. Ellos son buenos, el público tenía ganas (para muchos era el primer concierto al que acudían tras muchos meses de pandemia), y la elección del repertorio no tenía desperdicio. Sonaron los temas más emblemáticos de la banda, desde el primer superventas versión de Steve Miller Band “Llamando a la Tierra” (cocinado por Alejo Stivel desde la producción), hasta la cansina “Carolina” de la que no pueden prescindir. Otro clásico que no faltó fue “Miedo” que Tarque dedicó a los sanitarios merecidamente, por estar en pie de guerra. Para mí, una de las mejores composiciones del prolífico Carlos Raya, con colaboración de Tarque.

Y para cerrar “Concierto Salvaje” que desde que vio la luz en el álbum “Delta” (2016), tenía todas las cartas para convertirse en un clásico imprescindible en cualquier gira. Y así fue, agradeciendo que no cierren con “Carolina”, que luego se te queda el soniquete en la cabeza de regreso a casa. En definitiva, se echó de menos a la banda en pleno y también hubiera estado bien alguna novedad o alguna composición nueva, pero al menos, vuelven las buenas canciones de rock en estado puro.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

 


domingo, 18 de abril de 2021

Sidecars. Mucha hambre de rock

 Sidecars: Gira “Ruido de Fondo”. Teatro de la Laboral, viernes, 16 de abril, 2021. 

(Fotografía de Marcos León, publicada en La Nueva España)


Dice el refrán que “a falta de pan buenas son tortas”, o en la versión asturiana “...buena ye boroña”.

Y eso ha pasado en Gijón: había tanta hambre de rock y de escuchar a una banda al completo, con buenos decibelios, potentes distorsiones y músicos trotando por el escenario, que los madrileños “Sidecars” sonaban como si fueran los mismísimos Rolling Stones en sus buenos tiempos. Yo lo percibí así y el aforo casi al completo del teatro de la Laboral también. Pero la banda en cuestión no es ningún icono del rock, solo es un grupo resultón que no se sale del estereotipo de bandas surgidas en los últimos años y que no aporta nada nuevo.  


La excusa era la presentación de “Ruido de fondo” y después de algún fastidioso aplazamiento “Sidecars” consiguió arrancar con un “Golpe de suerte” que sonó potente. La voz de Juancho -inevitable las comparativas con su hermano Leiva, misma tesitura y mismo estilo-, capitanea a una banda formada por sus colegas Gerbass (bajo) y Ruly (batería), junto con otros tres músicos que comparten gira para presentar su sexto álbum. Hay que decir que tiene mérito ofrecer una banda tan numerosa en estos tiempos porque con los aforos tan reducidos las cifras no cuadran igual, pero ahí están los seis músicos más todo el despliegue de técnicos y personal que conlleva una banda como esta.  


Tras cantar uno de sus anteriores éxitos, “La Tormenta”, el público estaba entregado y dispuesto a escuchar el directo de las nuevas canciones, entre ellas “Looping Star” o “Galaxia” que se intercalaban con himnos clásicos como “Cuestión de Gravedad” o “Fuego cruzado”. También hubo ritmos más cercanos al funk y algún rock and roll al más puro estilo de Ariel Roth. La balada “Dinamita” ponía algún color diferente al aportar sonidos extraídos del steel guitar y del hammond. Y por primera vez en la gira, contaron con la presencia de Angie Sánchez para cantar mano a mano “Quién sabe”, tal y como se grabó en el disco. 


Después de la potente “Garabatos”, con sonido denso, buenas distorsiones  y abruptos cortes que le daban vida al tema, siguieron con algunas más blandengues a base de edulcoradas introducciones de piano, como “Los Amantes”. 


El principio prometía y  parecía que, por fin, íbamos a escuchar un buen solo de guitarra en “Fan de Tí”,  pero ni en la introducción ni a mitad del tema pasó de los cuatro compases (otro tópico de este tipo de grupos). Una pena porque apuntaba maneras. Otro solo de guitarra salió de la Telecaster de Juancho en “Contra las cuerdas”, y esta vez sí fue largo, pero no pasó de ser más que postureo recorriendo escenario y laterales, sin llegar a decir nada. Aún así, como decía, había tantas ganas de escuchar rock que hasta los bendings más estereotipados “parecía” que sonaban como los de Brian May, y hasta el intercambio con el público de las típicas llamadas-respuestas recordaban al mismísimo Freddy Mercury en el Live Aid de 1985. En fin, todo un propósito.


Al fin y al cabo “Sidecars” es lo que es: una banda típica y tópica que sigue un patrón muy marcado y no se sale del guion ni un ápice. Pero funciona. Y esta vez mejor que nunca porque en un año de tanta sequía cualquier cliché más que masticado se siente como una absoluta novedad. El resultado es que el público se lo pasó estupendamente. Además, con experiencias como esta nos queda más que claro que la cultura es segura y si alguno de los presentes se contagió de Covid-19 seguro que en el teatro de la Laboral no fue. 


Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España



domingo, 19 de julio de 2020

Un sosegado Loquillo vuelve al ruedo





Loquillo y Gabriel Sopeña. Gira “La vida por delante”. Festival Metrópoli, plaza de Toros de El Bibio. Gijón, 11 de julio.

Por fin vuelve la música en directo y sin pantallas de ordenador entre público y artistas. Han sido unos meses largos y duros y se agradece la vuelta, aunque sea con mucha reducción de aforos y estrictas medidas de distanciamiento. A pesar de la reducción sobraron muchos asientos porque Loquillo con su versión más poética junto a Gabriel Sopeña, no logró atraer al público y llenar la Plaza de Toros.

El tema lento “Balmoral“, homónimo del álbum que le valió una nominación a los Grammys latinos,  fue el arranque de un concierto de casi dos horas que defraudó a los que buscaban puro Rock and Roll simple y directo (no hubo Trogloditas, ni Cadillac, ni Rompeolas, ni Rey del Glam) y gustó a los que prefieren  a un Loquillo más poético y sosegado, con letras más elaboradas y más variedad musical. “Transgresiones” de Mario Benedetti o uno de sus clásicos de George Brassens “La Mala Reputación”, junto con “Political Incorrectness” de Luis Alberto de Cuenca, con los presentes coreando el estribillo “Se buena, dime cosas incorrectas desde el punto de vista político”, fueron momentos de euforia y entendimiento entre los dos bandos del público y artistas. 

Segundo concierto de la gira y después de tantos meses parados la falta de rodaje se notó. “Cuando pienso en los viejos amigos” o “Cruzando el paraíso” no sonaron redondos.  “La vida es de los que arriesgan” exclamaba Loquillo que estuvo parco en palabras y sin provocaciones subidas de tono como es habitual en sus conciertos.

Cambiaron un poco la letra del tema de Kris Kristoferson “Yo y Bobby McGee”, con permiso a regañadientes del autor, y sonó un buen solo de guitarra de la mano de Josu García. Por momentos cedió el protagonismo al compositor, músico, filósofo y profesor Gabriel Sopeña, que estuvo solvente durante todo el concierto cantando, haciendo coros, tocando la guitarra, la armónica o el piano. Un artista muy prolífico que completaba la banda junto con Josu García, Alfonso Alcalá al contrabajo y Laurent Castagnet a la batería. También el guitarra tuvo su momento cantando “Cass, la chica más guapa de la ciudad”, una guapa canción con melodía muy al estilo Sabina que quedó deslucida por los coros un tanto desafinados.

En definitiva, fue un concierto cargado de nostalgia que no es para enmarcar por la falta de rodaje, pero se agradece el intento. El mérito de Loquillo no está en cantar ni en vender nada, su mayor logro es haber sabido escoger buenas canciones y rodearse de buenos amigos y de gente de gran talento, como Gabriel Sopeña.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 13 de agosto de 2019

Manel Fuentes: Mala copia de Springsteen



Manel Fuentes & the Spring’s Team, Semana Grande. Escenario de Poniente, viernes 9 de agosto. 

“Nunca un concierto puede ser igual que el anterior”, es una de las máximas de Manel Fuentes y su banda Spring’s Team, y lo cumplieron con creces. Probablemente el de Gijón, como inicio de la Semana Grande, haya sido uno de los peores de su larga trayectoria imitando a Bruce Springsteen. Comentábamos en estas páginas en agosto del año pasado que el escenario de la carpa del Botánico le quedaba pequeño, sin embargo, el escenario de Poniente le quedó demasiado grande. Si a los problemas de sonido que hubo durante la primera parte del concierto, le sumamos la evidente falta de ensayo de la formación y la falta de fuerza en la voz de Manel Fuentes, el resultado fue lamentable y el concierto se convirtió en un sucedáneo mal copiado de Bruce Springsteen.

Independientemente de la mala ecualización que hubo durante toda la actuación,  la guitarra no sonó durante los primeros temas. Teniendo en cuenta el protagonismo del instrumento en las canciones del Boss, una banda de un caché nada modesto bien podía permitirse tener otra guitarra de repuesto. Pues se ve que no había, de hecho el guitarrista acabó cogiendo la Telecaster de Manel a partir del “No Surrender”. Para entonces ya habían sonado media docena de canciones con ruidos de fondo, desajustes en los volúmenes del saxo y el teclado y una batería y bajo que se adivinaban más que se oían. Como si no hubieran tenido tiempo suficiente para la prueba de sonido. Tocaron fondo con “Born to Run”: desafinado, modulaciones y progresiones de acordes mal ejecutadas, falto de medida...en fin, un desastre. 
A partir de ese momento muchos espectadores se fueron y los que quedaron rebajaron sus expectativas para entregarse a los himnos creados por Springsteen y pasárselo bien. Nos acostumbramos al mal sonido y todo fue mejorando. Manel no dejaba de recorrer el escenario de un lado a otro con la sonrisa permanente, los gestos de Springsteen calcados y esforzándose por agradar y mover al público. Él sabe que cae bien y que en Asturias es bien recibido, por ello en cada actuación cuenta alguna anécdota vivida con los asturianos. En esta ocasión volvió a repetir la del álbum de cromos firmada por todos los jugadores del Barça gracias a Quini, su ídolo antes que Bruce.

Decentes sonaron “Drive all Night” o “Wrecking Ball”, atrapando al público con los coros. Soltó toda la artillería pesada en los últimos temas, con “Born to the U.S.A.” o “Glory Days” y el público reclamaba alguna propina. Habitual en esta banda, se extendieron en los bises sin escatimar tiempo hasta lograr que los asistentes se olvidaran de la fatídica primera parte. 

En definitiva, un concierto que defraudó a muchos fans de Springsteen, sin duda, pero también dejó contentos a muchos espectadores que estaban en el recinto para ver a Manel Fuentes, el carismático presentador que sabe colarse en las pantallas del televisor cada semana y enamorar a la audiencia. Como decía una fan de Manel “No lo hizo muy bien, pero ye tan ricu”. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

jueves, 18 de abril de 2019

Revólver arranca en Gijón

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Revólver. Teatro de la Laboral, viernes 29 de marzo.


La banda “Revólver” vuelve con toda su artillería a Gijón para iniciar la gira de su álbum “Básico IV”,
que saldrá a la venta a finales de abril. El lugar escogido según Carlos Goñi es porque “empezar
la gira aquí hace que me sienta más cómodo”. Quinta vez que arranca en Gijón y todo un privilegio
para los fans que nunca fallan, de hecho abarrotaron el teatro sabiendo que el concierto iba para
largo, porque Carlos Goñi tiene cuerda para rato y los conciertos de “Revólver” son así.


Después de una larga parrafada de bienvenida por parte de Goñi sonó  “Boulevard de los idiotas”
y el clásico “Lisa y Fran” sólo con guitarra y voz. Estuvieron correctas porque son buenas
canciones, pero con todo el grupo suenan mejor y se notó la presión de los músicos cuando llegó
“Más tequila” o  “Frío de Madrid”, adornada con las sutilezas del clarinete sobre el piano,
empastado perfectamente con la guitarra y la base rítmica.


“Básico IV” está formado por las canciones más emblemáticas de la larga trayectoria de
“Revólver”, que comienza con “Básico I” -álbum que significó el primer “unplugged” de la
música española-  y que en 2018 celebró el vigésimo quinto aniversario desde su nacimiento.
Además de las más aclamadas en los conciertos aciertan rescatando algún tema menos
frecuente, como “21 gramos”, recuperada del disco del 2008 y tocada con aires nuevos.
También se rescató “Eso de saber”, después de diecisiete años sin volver a tocarla, un tema
que no suena tanto a “Revólver” pero que tiene su aquello.  


Este nuevo disco también trae dos canciones nuevas, que en el concierto fueron intercaladas
entre el repertorio más exitoso. La primera “No escupas al suelo”,  creada por Goñi un día que
se fue a un pueblo de Euskadi “a descargar un poco la mochila”. Un tema intrascendente sin
nada nuevo que aportar. La segunda, más original  y llamada a ser un nuevo himno, es esa
de estilo sabinero cuyo estribillo dice: “Olvidé nuestra canción/ la que nunca se escribió/
cuando en el próximo baile/ mientras barren el salón/ cuando  ya no quede nadie/
que nos amargue la tarde/ queriendo ser tú y yo/ cuando en el próximo baile/
ahora que los dos volvemos/ a dejar de ser los dos”.
Esta canción está muy bien construida con una armonía enriquecida, una  guapa melodía
y una fantástica letra. El único defecto es que está demasiado baja de tonalidad y la voz se
oye forzada en graves. Un tono y medio más alto estaría perfecta.

El resto del repertorio fue a base de grandes temas como la mítica “El Dorado” o
“Faro de Lisboa” que sonó más fresco, “Dentro de tí”, donde el saxo se crecía con buen
sonido y sugerentes fraseos, al igual que en “Black-Jack”. Muy guapo el empaste entre
acordeón y piano en la canción “Odio”, que fue la tónica en casi todo el repertorio. Echamos
de menos la voz de Luz Casal cuando gritaba aquello de “que el amor es un misterio y que
importa sólo a dos”, en la famosa canción “Besaré el suelo”, cuyo compositor es Carlos Goñi.
Y es que el líder de “Revólver” se mantiene en la primera línea del pop español porque, además
de ser buen músico, es capaz de crear grandes canciones para él y para otros artistas.
Un privilegio tenerlo aquí.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 9 de octubre de 2018

Mike Farris: poco público para escuchar una gran voz

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Mike Farris & The Fortunate Few. Teatro de la Laboral, domingo 7 de octubre.

La calidad vocal del cantante Mike Farris no es equiparable a la cantidad de entradas vendidas para su concierto en el teatro de la Laboral: congregó a escasa media butaca de fans. Sin embargo, hay que decir que los pocos cientos de asistentes disfrutaron de uno de los  conciertos más interesantes que rodaron este año por Gijón. Mike Farris posee una voz prodigiosa y no escatimó ni un solo giro.

Comenzó puntual y tocó uno a uno los temas que conforman  su nuevo disco “Silver and Stone”, junto con su nueva banda “The Fortunate Few”, compuesta por Jordan Hymon (batería), Justin Ferwerda (bajo) y Bart Walker (guitarra). Con este trabajo, Farris regresa al rock-blues con toques soul de sus orígenes, más cercano a  “Screamin’ Cheetah Wheelies”, el grupo con el que se consagró como vocalista, alejándose bastante de la línea del gospel religioso y melódico de los anteriores discos que le llevaron a conseguir un Grammy en el 2015. Concretamente  su anterior trabajo, 'Shine for All the People', fue premiado como mejor álbum de raíces gospel. Quizás sus fans andaban despistados o quizás no les convenció el cambio de estilo, sin embargo, para mi gusto la banda gana con el cambio.
Temas largos y elaborados como “Are you lonely for me baby?”, con solos de guitarra cuidados y un fraseo vocal impecable pusieron al público en pie, respondiendo con los coros. Podríamos destacar la precisión instrumental de “Snap your fingers” o el tema dedicado a su esposa  “Let me love you baby”, tocado con gran sentimiento. También sonaron temas de sus discos anteriores con arreglos más cañeros y muy bien tocados.
 Las letras de Farris son, quizás, lo menos cuidado. Su inmersión el mundo de las drogas (que le llevó a la desesperación) y su posterior recuperación a base de experiencias en el mundo de la religión, da como producto unos versos que bien podría haberlos escrito un adolescente cualquiera: demasiado obvios . Pero como canta en inglés es fácil desconectar de sus letras y centrarse sólo en la música.


Sin duda, es un acontecimiento escuchar a este cantante en directo cuyo timbre en algunos registros recuerda mucho al ex de Deep Purple, Glenn Hughes. Los giros vocales, la amplia tesitura, la potencia, una afinación impecable y, sobre todo, buen gusto convierten a Mike Farris en uno de los mejores cantantes del género. Un buen concierto y un buen disco.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

jueves, 23 de agosto de 2018

Manel Fuentes & The Spring's Team: Y sin embargo fue un éxito




Manel Fuentes & The Spring’s Team. Jardín Botánico, Gijón. Jueves, 16 de agosto.

“¡Gijoooón! ¡La noche va a ser laaaarga!” Varias veces´exhaló este grito de guerra Manel Fuentes en su concierto homenaje al “Boss”. Y larga fue. Casi tres horas sonando las mejores canciones, o, por lo menos, las más emblemáticas de Bruce Springsteen. El lugar del concierto fue la carpa del Jardín Botánico de Gijón, posiblemente, uno de los peores recintos que me puedo imaginar para este concierto.  
Desde que se subió al escenario todos pudimos comprobar que el reto de “Men’s Health” para convertir a Manel Fuentes en portada del mes de septiembre está dando sus frutos: su cambio físico es más que evidente. Pero no estoy aquí para escribir sobre sus músculos sino sobre su actuación. Aretha Franklin abrió y cerró el concierto: para la entrada pincharon “I say a little Prayer” y para despedirse tocaron una  versión instrumental de “Think”. Una muestra de respeto que les honra.

La actuación transcurrió in crescendo y la banda cumplió una de sus máximas: nunca un concierto puede ser igual al anterior. Y no lo fue, aunque sonaron casi todas las canciones que tocan en cada uno de sus conciertos. Desde el cuarto tema, “Everybody Has a Hungry Heart” el público elevó los brazos agitando sus manos -ritual habitual de los conciertos de Bruce Springsteen- y casi permanecieron en alto hasta el final. Temas emblemáticos como “Born in the U.S.A.”, “Sherry Darling” o “Ain’t Good Enought For You”, entre otros,  convirtieron el momento en una comunión total entre artista y público. La banda “Spring’s Team” estuvo magnífica, destacando las guitarras en “Prove It All Night”, y en ”Wrecking Ball”, al igual que el saxo con intervenciones de una calidad sublime, ejemplo en “Glory Days”. El gran peso de los teclados en este repertorio, las melodías que desgranaba la violinista, el pulso del batería, el groove del bajista, los apoyos en coros… todo muy bien ejecutado y, además, manifestando buen rollo entre ellos.

En cuanto a Manel, sus desafines y limitaciones vocales los suple con creces con su encanto, sus dotes de comunicación y su pasión por lo que hace. No apeó la sonrisa en toda la noche y no descuidó ni un detalle en sus diálogos con el público y en la forma de enlazar los temas. Su manera de hablar de Gijón, de Asturias o de su ídolo Quini nos hizo sentirnos especiales. Por esto y por su manifiesta devoción hacia Bruce Springsteen, Manel Fuentes consiguió convertir a los fans del Boss en sus propios fans.

En definitiva, ¿Fue un buen concierto? La respuesta es no. Pero por cuestiones totalmente ajenas a la banda. El recinto no era el adecuado: la carpa del botánico oprimía el sonido, faltaba potencia, ni las voces ni los instrumentos se oían con definición, no se conseguía una buena ecualización, el público cantaba con la pasión propia de estos conciertos y el resultado final era un caos acústico.  Que vuelvan Manel Fuentes y los Spring’s Team a Gijón y que vuelvan pronto, pero a cualquier otro recinto más apropiado donde el sonido se pueda expandir con libertad. Y sin embargo, el concierto fue un gran éxito.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

The Blues Brothers: No tan granujas

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“The Original Blues Brothers Band”. Escenario de Poniente, Semana Grande. Lunes 13 de agosto.

La expectaciòn era máxima. Los Blues Brothers, los originales, era una de las actuaciones más esperadas en la Semana Grande de Gijón. Miles de personas acudieron al escenario de Poniente para ver lo que queda de aquella banda creada por John Belushi y Dan Aykroyd y nacida  como un número cómico del programa “Saturday Night Live”. ¿Decepcionaron? En parte sí, pero sólo en parte.

De aquella superbanda formada  a partir del 78’ solo quedan dos componentes: Lou Marini (saxofonista) y Steve Crooper (guitarra). Cuarenta años después por cuestiones de agenda solo llegó “Blue Lou” Marini a Gijón, rodeado de siete buenos músicos dispuestos a tocar los  grandes éxitos de “Granujas a todo ritmo” y “Blues Brothers 2000”. Tras una introducción instrumental bastante floja, en cuanto a empaste y precisión, salieron los “hermanos” para cantar “Going back to Miami”, destacando el solo de saxo de Marini. En “She caught the Katy” se alternan los solos de trombón y armónica con efectividad.  En “Missing with the kid” escuchamos un buen solo de guitarra, al igual que en “Shot gun blues”. La famosa “Sweet home Chicago” atrapó las palmas del público y de nuevo volvió a brillar el saxo de Marini. Y así hasta el final del concierto: cada instrumentista demostraba sus cualidades técnicas y artísticas cuando le correspondía de manera eficiente, pero el empaste de la banda seguía brillando por su ausencia. Y no es una cuestión de edad, es más bien un problema de ensayo. Hacen falta muchas horas tocando juntos para que todo suene engranado y esto no ocurrió. La imagen que dieron es de la típica banda que en su momento hizo un nombre importante y ahora se juntan para hacer algunos bolos arropados por la nostalgia de sus fans.  

Esa nostalgia se vio reconfortada por la presencia del actor Murphy Dunne que tuvo un papel significativo en las dos  películas. Tocó el teclado y cantó “Dime cuándo tú vendrás” en español y la icónica “Gimme some loving” y se llevó una gran ovación. Sin embargo, el momento estelar se vivió con el discurso de Lou Marini, mitad en español y mitad en inglés, recordando grandes momentos vividos por la banda y presentando a los músicos acompañantes. Escuchar a un artista que ha tocado con grandes como Frank Zappa,  Aerosmith o Steely Dann, entre otros y ha formado parte de ”Blood, Sweat & Tears”, siempre es un placer.

En cuanto a los “brothers” hay que reconocer que tienen mejores voces que los originales, sin embargo, salvo en ocasiones muy contadas no se vio esa complicidad y comicidad que mostraban sus “hermanos mayores”.
La mítica “Everybody need somebody” puso punto final a un concierto en el que el público bailó, cantó,  aplaudió a raudales y se lo pasó en grande. Pasarlo bien y escuchar una buena calidad musical son dos cosas diferentes y totalmente compatibles.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 14 de agosto de 2018

Warcry juega en casa


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Warcry. Semana Grande, escenario de Poniente. sábado, 11 de agosto

Llegaron al escenario de Poniente felices por tocar para los suyos y dispuestos a darlo todo, aunque el momento no era el más favorable para algunos. Víctor García, vocalista y actualmente único miembro fundador de la banda Warcry, venía con la voz más arenosa de lo habitual. Aún así no escatimó ni una sola frase y se dejó la voz literalmente en un concierto que llama la atención por ser de un estilo muy poco frecuente en las programaciones de la Semana Grande.


Arrancaron con “Nuevo Mundo” y “Contra el viento”, dos clásicos del álbum  “¿Dónde está la luz?”, perteneciente a la etapa en la que empezaban a llamar la atención como banda. Las musas danzaron al ritmo de dos temas del último disco “Donde el silencio se rompió” (2017), en el que se aprecia más nivel creativo y sonoro. La exhibición del guitarrista Pablo García -si hay parentesco familiar con Víctor no me consta-, llegó con “Muerte o Victoria”, colgando la guitarra por detrás de la cabeza para hacer un solo virtuoso. ¡Cuánto gusta esto a sus fans! Y no es que no se luciera hasta el momento, de hecho cada intervención suya es para pararse y conectar la neurona. Es más, creo que si Warcry está donde está es por contar con un guitarra de ese nivel, amén del cantante que lo da todo.

Desde su origen ha habido mucha evolución sonora, aunque pocos cambios en la calidad y   en las temáticas de sus letras: suelen estar vacías de contenido. ¿Es lo habitual en el heavy metal? Pues sí, pero no tendría porqué ser así: Sabina y el metal son perfectamente compatibles. Iniciativas de cambio ha habido, intentando  tocar aspectos sociales más actuales como la violencia de género.  La canción  “Cobarde” es muestra de ello y, aunque la letra es demasiado superficial y contada desde un punto de vista muy paternalista, bienvenida sea; que una banda metalera trate este tema es poco frecuente y muy significativo. Y es que en el mundo del metal siempre ha habido carencia de estrógenos.

Pero Warcry jugaba en casa y a los suyos les tiene que ofrecer algo más que bengalas, llamaradas, curradas proyecciones en la pantalla y otras parafernalias que ya son habituales en sus conciertos. La sorpresa estaba en la colaboración de la Coral Polifónica Gijonesa y el Coro Joven de Gijón que aportaron sus voces a la  inmortal  “Keops” y a “Nana”, repitiendo la experiencia de la gala de los Premios Amas del 2015, pero esta vez no en versión acústica sino en plena apoteosis con toda la banda. Santi Novoa, teclista de Warcry y también director del coro, adaptó perfectamente las voces a las particularidades de las canciones y, aunque el coro se quedó bajo de volumen respecto a la contundencia de la banda, las canciones ganaron.


Víctor García se compadecía de los peces del acuario al finalizar un concierto de dos horas y media con un volumen imponente. Un concierto en el que los de Warcry supieron contentar a los miles de fans presentes y, probablemente, ganarse a algunos nuevos que simplemente pasaban por allí.  
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España


Luz Casal se crece en Poniente






Luz Casal. Escenario de Poniente, Semana Grande. Viernes, 10 de agosto.


Fue una noche especial para Luz Casal. Tocar en Gijón y en un escenario como el de Poniente impone hasta los más grandes. La cantante recordaba sus primeros pinitos  en la Agrupación Artística Gijonesa, cuando aún no era nadie y lo importante que era para ella volver a sus orígenes.  Por ello lo dio todo y se entregó en cuerpo y alma.

En la primera parte del concierto el escenario le quedaba grande y los miles y miles de espectadores que acudieron aplaudían con timidez, esperando algo más. Posiblemente canciones como “Días Prestados”, “Lucas” o “Miénteme al oído”,  del último disco “Que corra el aire” funcionan mejor en teatros más pequeños y con más intimidad. Luz es una mujer cercana,  que sabe tocar fibras porque tiene muchas vivencias detrás y funciona mejor en las distancias cortas. Pero una mujer como ella, sin una gran voz -sigue desafinando bastante- o sin un gran físico, no llega a donde está porque si, llega porque es una gran luchadora y sabe crecerse ante las circunstancias.

Con un discurso sobre sus humildes orígenes avivó la emotividad de los espectadores y comenzaron a corear la archiconocida  “Entre mis recuerdos”. Ese escenario que al principio le quedaba grande se iba encogiendo con temas como  “No me importa nada”  o “Besaré el suelo”, con final apoteósico. Empezaba a ganarse al público y conseguía que nuestra mirada permaneciera atenta  a sus movimientos a través de las gigantes pantallas laterales. El espíritu rockero se apoderó de ella con “Plantado en mi cabeza” o “Pedazo de cielo” y se volvió “Loca” con su fantástico e imperecedero  riff de guitarra, llegando a culminar el momento cañero con “Rufino”, teniendo que achicar la voz porque aún faltaba concierto.

El arreglo precioso de piano en “Lo eres todo” dio paso al momento almodovariano, con la magnífica guitarra de “Piensa en mí” y “Un año de amor” que cantó con mucha emoción. También  hubo homenaje a Mari Trini con “Amores” y terminó su concierto por todo lo alto con “Te dejé marchar”.

El mayor mérito que tiene Luz Casal es que siempre ha sabido escoger muy buenas canciones, de hecho, creo que las mejores canciones del repertorio de rock femenino que ha habido en España las ha defendido ella. Con los años ha sabido  sacar partido a su peculiar voz -poca tesitura, poca fuerza en algunos registros y problemas de afinación en directo- y ha creado un sello de identidad atractivo e inconfundible. Por eso, aunque sus nuevas canciones funcionen mejor en los escenarios más pequeños sus grandes éxitos siempre serán bien recibidos en escenarios como los de Poniente.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España