jueves, 26 de diciembre de 2019

Estopa abarrota la orilla del río Piles


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Estopa: Festival Metrópoli Winter Edition. Palacio de Deportes Adolfo Suárez. Sábado, 21 de diciembre. 

Veinte años llevan los hermanos Muñoz encima de los escenarios partiendo la pana, y a lo largo de su decena de discos se han ganado a pulso el título de  reyes de la rumba catalana, con permiso de Peret que en paz esté. Mucho mérito tienen los de Estopa, de hecho pueden presumir de haber creado himnos que forman parte del acervo de varias generaciones. Así se demostró en Gijón, con un público ansioso porque empezara el concierto, abarrotando el recinto del Palacio de Deportes para recibir a los de Cornellá.  

“Fuego” es el álbum nuevo que presentaron con motivo del vigésimo aniversario. Nada nuevo nos cuentan David y José, es un poco más de lo mismo. Pero tampoco les hace falta, porque ellos, desde “La Raja de tu falda” han encontrado la manera de conectar con su público contando cosas cotidianas, con las que todos nos podemos sentir identificados. No son un producto prefabricado de los que se apuntan al reggaetón o al ritmo que esté de moda, son coherentes con su forma de entender las canciones y funciona bien.

Un acorde y una sola palabra era suficiente para que el público reconociera las canciones y cantara todos los versos de principio a fin.  Así pasó con “Fuí a la orilla del Río”, “Vino Tinto”, “Pastillas de freno”, “Ojitos Rojos”, “Tu Calorro” o “Como Camarón”, entre otras. ¿Quién no conoce estas canciones? Lo curioso es que también sucedía con los nuevos temas de su disco “Fuego”, que lleva pocos meses en el mercado y ya tiene éxitos como  “Atrapado” o la simpática “Pobre Siri”, cuya letra no tiene desperdicio. 


La puesta en escena también ha estado a la altura, con proyecciones de vídeo mezclando imágenes grabadas con imágenes en directo, creando un escenario muy bonito y cargado de colorido. Además, los de Estopa se acompañan de una banda de músicos que tuvieron oportunidades para demostrar su calidad como instrumentistas. Parte de ellos ya figuran en los créditos de la grabación del disco “Fuego”, como el teclista Nacho Lesco, que ofreció destacados arreglos en “Ya no me acuerdo”, entre otras. El percusionista cubano Luisito Dulzaides aportó riqueza rítmica al firme pulso de Anye Bao, un batería que hace historia en el rock español por haber colaborado con grandes como Luz Casal, Raimundo Amador, Ketama, Héroes del Silencio, Rosario Flores y un sinfín de artistas. Las guitarras flamencas de Juan Maya más que escucharse se adivinaban, porque el trabajado espectáculo de ritmo y sonido que ofreció Estopa quedó ensombrecido por la pésima calidad acústica del recinto. Dicho sea de paso, me reitero una vez más en expresar que que a Gijón le hace falta un recinto adecuado para albergar conciertos multitudinarios. Y parece que este tema no le preocupa a nadie. 


En definitiva, la tribu astur estuvo con los de Estopa de principio a fin. Ellos hicieron su trabajo muy bien y el público respondió con muestras de cariño y gratitud. Comentaba una chica a la salida: “meses esperando por este concierto y ya se acabó todo”. Pues sí, el concierto se acabó y el público lo recordará por haber disfrutado mucho. ¡Qué más se puede pedir!
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

domingo, 22 de diciembre de 2019

Cepeda y Ana Guerra: triunfitos de rebajas


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Cepeda y Ana Guerra. Festival Metrópoli Winter Edition. Sala Albéniz, viernes 20 de diciembre.

Las rebajas de Operación Triunfo se adelantan a la cuesta de enero y la oferta es 2X1, es decir, dos cantantes por el precio de uno. Con nombre de banco y tarjeta de crédito (Imaginbank), Cepeda y Ana Guerra se han sumergido en una gira en la que es difícil buscar puntos en común en sus shows, salvo que los dos han pasado por una de las últimas ediciones de OT y  los dos fueron más aplaudidos por el público que por el jurado del concurso. Aún así ninguno de los dos tiene suficiente tirón para acaparar multitudes, requisito indispensable de la productora Gestmusic. Para buscar una excusa lanzaron un par de baladas perecederas cantadas a dúo y montaron la gira con intención de llenar grandes recintos, pero la promoción se ha ido desinflando poco a poco y en Gijón se han tenido que conformar con llenar la Sala Albéniz y a precio de saldo. 

Empezó Cepeda, con su repertorio lleno de canciones que tocan la fibra sólo a las adolescentes que acaban de descubrir eso de las hormonas. Arreglos musicales y letras más que usadas y vacías de contenido, se repitieron durante toda la actuación. El único tema que valió la pena fue la versión de “No hay manera” de Los Ronaldos, el resto no merece mención. Por lo menos podría haberse rodeado de buenos músicos y ofrecer arreglos interesantes. Sinceramente, desconozco si son buenos músicos o no, simplemente no demostraron nada porque estaban al servicio exclusivo de la voz. Eso sí, eran guapos y me da que pensar si también era un requisito indispensable para formar parte del séquito. 

Cepeda es un cantante del montón con una puesta en escena muy previsible y no aporta nada de originalidad. Probablemente en un par de años ya ni nos acordaremos de su nombre (o apellido), como le ha pasado a tantos ex-concursantes del casi único programa musical que hay en la parrilla televisiva. 

Terminó con su éxito “Mi Reino” y hubo que esperar un rato para el cambio de instrumentos y  de músicos que acompañarían a la cantante canaria. Si hacen una gira conjunta ¿no sería más factible compartir músicos e instrumentos? En fin, cosas del corta y pega. 

Ana Guerra, sin embargo, es una cantante con mucho talento y con un estilo musical de onda latina que hoy por hoy no tiene competencia en España. Le falta madurez para dirigirse al público y a veces se le va la afinación, pero su voz es potente y arriesga con los giros y fraseos. Además, su puesta en escena es mucho más brillante que la de Cepeda: los músicos son buenos y los cuatro bailarines son excepcionales. Lástima que no pudieran desplegar todo su potencial por las dimensiones del escenario. 

Combinó un repertorio de temas propios con éxitos muy conocidos como “La Bikina” que marcó un antes y un después en su paso por OT y se metió al público en el bolsillo. No se si con el tiempo podrá llegar a afirmar eso que canta en su famoso reggaetón “mira qué bien me va sola”, desde luego tiene buenos ingredientes. Le falta tiempo y capacidad para desligarse de estas giras pastiches que nada aportan, salvo hacer caja. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

viernes, 20 de diciembre de 2019

Film Symphony Orchestra: un pastiche de bandas sonoras

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Film Symphony Orchestra: La mejor música de cine. Teatro de la Laboral, domingo, 15 de diciembre. 

Muchos éxitos está consiguiendo el director e ideólogo de la Film Symphony Orchestra Constantino Martínez-Orts.  Su presencia en el teatro de la Laboral en marzo del presente año interpretando bandas sonoras de John Williams, causó sensación y como consecuencia repitió escenario volviendo a agotar todas las entradas en estas fechas próximas a la Navidad. Pero esta vez faltó coherencia: su fórmula de ofrecer los temas más populares a modo de píldoras de diferentes películas funciona muy bien entre el público mayoritario, sin embargo, el resultado es una mezcolanza  que no está a la altura de la recopilación de bandas sonoras de Williams.

La suite que aborda los principales temas de “El Secreto de la Pirámide” fue una idea magnífica para abrir el concierto después de la Fanfarria de Korngold. Recordamos al joven Sherlock Holmes y a su ayudante el Dr. Watson, cómo huían de sus propios fantasmas al ser envenenados por disparos con una flauta certera. Había coherencia entre los distintos leitmotiv y la orquesta acertaba con la interpretación. Y también funcionaron bastante bien los temas de “El Discurso del Rey”, de Alexander Desplat, aunque la elección fue de lo más asequible dentro de la banda sonora. Hubiera estado fenomenal que se atrevieran con el segundo movimiento de la “Séptima” de Beethoven,  pieza clave de la película mientras el Rey Jorge (interpretado magistralmente por Colin Firth) ofrecía su discurso intentando superar la tartamudez. Quizás era un plato demasiado fuerte para digerir o quizás, superaba el tiempo que la orquesta dedicaba a cada película.

Hay cierta analogía entre “Inteligencia Artificial” de John Williams, “Jurassic World” de Michael Giacchino o “Willow” de James Horner junto con algunas grandes obras de Alan Silvestri. Sin embargo, del sinfonismo decimonónico alemán de las aventuras de “Han Solo” pasamos al exotismo oriental de la película “Aladín”, con ciertos problemas en la sincronización dicho sea de paso; y cambio de tercio para escuchar “El éxtasis del oro” de la película “El bueno, el feo y el malo” con soprano incluida. Ya en la segunda parte pasamos de la gloriosa y épica “Norte y Sur” al intimismo de “Amélie” o el ritmo frenético de “Piratas del Caribe”. En fin, todo un pastiche de emociones.

Me encantó su interpretación de la suite “Interstellar” del grandísimo Hans Zimmer, pero es un agravio tocar una obra de esa magnitud condensada en cinco minutos y pasar seguidamente a “Los Vengadores” de Alan Silvestri. Y no porque una sea menos importante que la otra o porque tenga menos calidad, sino porque no hay tiempo para procesar, para desarrollar las ideas y para saborear. Son dos mundos totalmente diferentes musicalmente hablando. 

Cada banda sonora por sí misma es una gran obra de arte y como gran aficionada al género aplaudo que exista una orquesta de estas características, pero me produce rechazo el formato: tocar cosas ligeras y cortas,  de consumo fácil, que estén en la mente de todos los aficionados, buscando la emoción visceral y el aplauso inmediato yo no lo compro. Finalizado el concierto me quedé con la sensación de haberme pegado un atracón en un restaurante tipo buffet con una gran variedad de platos queriendo probarlos todos, aunque sea de Estrellas Michelín. La digestión no es fácil. En muchas ocasiones menos es más. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Milanés y la tortilla

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Pablo Milanés,  gira “Esencia”. Teatro de la Laboral, sábado, 14 de diciembre

Un pincho de tortilla es suficiente para que un espectáculo se quede a medio gas. La tortilla y un largo viaje en coche desde Sevilla a Gijón dejaron a Pablo Milanés con mal cuerpo y su esperado concierto en el teatro de la Laboral quedó aburrido y monótono. 

Uno de los tres fundadores de la nueva trova cubana - junto con Silvio Rodríguez y Noel Nicola-, presentaba en Gijón su gira “Esencia”, que lleva año y medio rodando por los principales teatros: una gira que repasa las canciones más emblemáticas del artista, junto con otras que han pasado más desapercibidas y algunas composiciones nuevas.  La pianista Ivonne Téllez y la chelista Caridad Varona, junto con la guitarra de Milanés fueron los únicos instrumentos que sonaron durante el recital.

Las dos primeras canciones “Matinal” y “Plegaria” dieron comienzo a una sonoridad con pocas variaciones a lo largo de todo el concierto. Los únicos cambios resaltables fueron  “De qué callada manera” y “En saco roto”, en los que el acompañamiento rozó los ritmos cubanos rompiendo un poco la línea musical, además de “Los males del silencio” interpretada a modo de danza barroca y renacentista. El resto del repertorio caía completamente en la monotonía debido principalmente a los acompañamiento del piano, en los que no se jugaba con los silencios ni había fraseos originales. Alguna aportación original hubo por parte de la chelista que alternaba melodías líricas en contestación a la voz con pizzicatos  para dibujar síncopas a modo de contrabajo y así imprimir un poco de ritmo. 

La voz sonó limpia y clara, como es habitual en Milanés, ya que su esencia es el mensaje de sus letras comprometidas y reivindicativas. Sus versos no tienen desperdicio  y sus melodías cuando compone sobre textos de otros también son de gran calidad, como “Alga quisiera ser” con letra del poeta asturiano Ángel González, o una de sus canciones más antiguas y queridas “Ya ves y yo sigo pensando en tí”.
El concierto fluyó de manera coloquial, en ocasiones improvisando el orden del repertorio para acomodarlo a su tesitura sin esfuerzo, claro que es fácil buscar las canciones que mejor le vienen entre tantísimo repertorio como ha compuesto a lo largo de su vida. Aún así no podían faltar parte de sus himnos como “Para vivir”, la famosa “Yolanda” o “El breve espacio en que no estás” con la que dio fin al recital de poco más de hora y media. 

Decíamos que faltó variedad en el acompañamiento musical, pero también faltó diálogo con el público por parte de Milanés, tal y como nos tiene acostumbrados: sus aventuras y reflexiones entre canción y canción no estuvieron presentes por culpa de la tortilla. En definitiva, no fue una buena noche, aún así los gijoneses hemos tenido la oportunidad de disfrutar de sus conciertos varias veces y esperamos que vuelva pronto y en plena forma. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

The Campbell Brothers: Gospel con mucho SteelO

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The Campbell Brothers. Festival de Gospel de Gijón. Teatro Jovellanos, viernes, 13 de diciembre. 

Es poco frecuente escuchar formaciones con steel guitar, pero tener dos de diferentes tipos en una misma banda de tan sólo seis componentes es muy raro, y si a esto le sumamos el altísimo nivel de cada uno de los componentes sólo hay una que lo cumpla y son “The Campbell Brothers”. Con ellos el Teatro Jovellanos inauguró su tradicional Festival de Gospel, del que ya hemos perdido la cuenta de la edición, convirtiéndose en uno de los festivales de más arraigo de la ciudad.  

La formación neoyorquina presentó “Sacred Steel”, con el que llena los teatros cada noche en esta gira por España. Liderada por Chuck Campbell en el steel guitar, al que comparan con Jimi Hendrix en su instrumento (con razón) y rodeado de grandísimos músicos, empezaron a ritmo de rom pom pom pom en una versión muy particular del famoso “Little Drummer Boy”, en el que pudimos apreciar la altísima calidad del batería (Levi Benett). Que un batería haga un sólo en el primer tema del concierto, salvo Phill Collins y alguno más es totalmente atípico. 

Sonó a todo ritmo “I´ve Got a Feeling Everything’s Gonna be Allright” y fue el momento de lucimiento de Darick Campbell con el Lap steel -la variedad más antigua del steel guitar sin pedales-, que también destacó en la versión instrumental de Sam Cooke “A change is gonna come”. El bajo firme de Darick Benett mantenía la base armónica para que se sucedieran solos y fraseos en los steel y en la guitarra de Phil Campbell, que alternaba solos con el apoyo armónico. Una formación muy sólida con mucho empaste a la que se sumaba la potente voz de Denise Brown, en su tesitura de contralto. 

La única debilidad, quizás, es la base armónica que se quedaba coja cuando el guitarrista hacía los solos: el steel guitar imitaba el sonido de órgano con los acordes y no siempre estaban en el sitio por cuestiones técnicas del instrumento, por lo demás perfecto. 

A resaltar los tempos bien calculados de las canciones para que el espectáculo fluyera y no decayera. El público se mostró encantado con palmas a ritmo de blues, de gospel o del R&B más enérgico, aplaudiendo cada intervención y deseando que no se acabara.  La versión del “I’m going Home on the Morning Train” con el sonido del tren en el steel guitar cambiando de velocidades fue espectacular. 

Y el concierto llegó a su fin pero faltaba el bis habitual.Tocar el “Oh happy day” en los festivales de gospel es como tocar el “Asturias patria querida” en las fiestas de prao,  y la versión de los “Campbell Brothers” no es de las mejores que han sonado en el Jovellanos, ni por los coros ni por los arreglos, pero era necesario. Por lo demás, una de las formaciones más interesantes que han pasado por el Jovellanos en la larga trayectoria de los festivales de Gospel de Gijón.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Viaje de Invierno (Winterreise): un viaje triste y bello


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José Manuel Montero (tenor) y Aurelio Viribay (piano). Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, miércoles, 11 de diciembre.

La Sociedad Filarmónica de Gijón ofreció uno de los conciertos más esperados de la temporada, el “Viaje de Invierno” (Winterreise) de Franz Schubert. La butaca rozando el lleno pudo seguir paso a paso cada verso mediante un programa de mano impreso para la ocasión a todo lujo y traducido del alemán, gracias a la implicación del Club Rotario de Gijón y la colaboración de diversas entidades, entre ellas La Nueva España. La recaudación íntegra de la taquilla se ofreció a beneficio de la Asociación de Esclerosis Lateral Amiotrófica del Principado de Asturias. 

“Viaje de invierno” es una obra sublime y difícil, por cuestiones técnicas y por la necesidad de sumergirse en el mundo de las emociones para que sea creíble a los oídos de tantos aficionados. No olvidemos que esta obra es una de las más populares del género lied. Schubert tenía tan sólo veintiséis años y estaba muy enfermo de sífilis cuando abordó esta composición sobre doce poemas de Wilhelm Müller, con una gran carga dramática al haber perdido a su madre y sus hermanos cuando era niño. Tanto sufrimiento por ambas partes da lugar a un ciclo de veinticuatro canciones desgarradoras a la par que bellas.  El tenor José Manuel Montero, acompañado por el pianista Aurelio Viribay, mostró una amplia gama de posibilidades al abordar un ciclo de canciones con tanta profundidad lírica.

No fue la mejor noche para el tenor. Ya advirtió al principio del concierto que llevaba varios días aquejado de varias patologías que afectan directamente a la voz, viéndose obligado a abandonar el escenario varias veces entre lied y lied. La merma de facultades se notó. Por momentos el exceso de nasalidad y la dificultad para los cambios de registro estuvieron presentes. A pesar de todo, en lugar de optar por anular el concierto demostró ser un tenor con muchos recursos técnicos y salvó la actuación de manera notable.

Sobresaliente fue la interpretación del pianista Aurelio Viribay, cobrando gran protagonismo en numerosos lieder, destacando la sensibilidad y la fluidez armónica. Recordemos que la función del piano a lo largo de toda la obra no es un simple papel de acompañante. Muy destacable su labor en “Sueño primaveral”, con gran contraste entre la belleza bucólica y la tristeza fría y oscura, hasta llegar a la absoluta “Soledad” del lied número doce, justo a la mitad del viaje. El movimiento oscilante del piano reflejaba perfectamente el vuelo de “El Cuervo” sobre la cabeza del viajero, mientras Montero desgarraba la voz en la “Mañana Tormentosa”, hasta llegar al último lied “El hombre de la zanfoña”. Una muestra de empaste entre voz y piano de lo más audaz, logrando sumergir al espectador en un viaje de invierno muy triste y muy bello.

Una pequeña parte del público manifestaba sus ansias por aplaudir, incluso antes de dejar reposar el acorde final de cada lied, resultando un tanto molesto. Está muy bien aplaudir, pero todo tiene su momento. El concierto terminó con una gran ovación y el reconocimiento al esfuerzo y el trabajo bien hecho por parte de dos grandes profesionales.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

viernes, 22 de noviembre de 2019

Chassol: Jazz de vanguardia

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Chassol. Festival  JazzGijón. Teatro Jovellanos, viernes 8 de noviembre  

El teatro Jovellanos acierta al programar en el Festival de Jazz una propuesta avanzada y diferente de la mano del pianista Christophe Chassol.  Teniendo en cuenta que el Festival de Jazz en los últimos años se ha extendido por diferentes puntos de la ciudad, con programaciones en distintos centros culturales situados en barrios periféricos, donde podemos escuchar jazz más tradicional y donde se repiten una y otra vez los sempiternos estándares de jazz extraídos del Real Book, es labor del Jovellanos ir un paso más allá y apostar por las nuevas creaciones y las propuestas más vanguardistas; aunque rocen los límites de la clasificación dentro del género jazzístico y aunque el público no responda, como es el caso de este concierto que se quedó en media butaca. 

Chassol presentó  “LUDI”, una obra inspirada en la novela  “El juego de los abalorios” del premio Nobel de Literatura Hermann Hesse, en la que combina proyecciones fílmicas, música grabada y música en directo. La obra de Chassol se estructura en cinco partes y una introducción, en la cual queda explícita la conexión con la obra de Hesse con la proyección del texto, bien sobre pentagramas o directamente del libro, y en la que Chassol captura cada sílaba de los versos con notas musicales al estilo Hermeto Pascoal.  Impactante fue la sincronización de imagen y sonido de la primera parte “Un Jeu de Peries de Verre”, en la que disfrutamos de una mezcolanza de sonoridades emitidas por niños jugando en parques, improvisaciones en directo del batería Mathieu Edouard junto con los teclados de Chassol y un trío de voces y una flauta travesera que formaban parte de la proyección. 

La segunda parte “Arcades & Jeux de Mains”, en la que los videojuegos clásicos eran los protagonistas, estuvo excesivamente larga y menos inspirada al crear ambientes oníricos sin definición. Algunos espectadores se aburrieron y optaron por abandonar el teatro perdiéndose lo mejor de la obra de Chassol a mi juicio: la recreación de “Concerto pour Flute & Basket Ball”. Esta parte ofreció una amalgama rítmica compleja y rica en texturas en perfecta sincronización con los movimientos del balón, destacando la labor del batería y las improvisaciones de la flauta travesera. Todo un espectáculo que dejó ensombrecidas las dos últimas partes, que también presentaron aspectos novedosos e interesantes musicalmente hablando, aunque no tanto como la recreación del baloncesto. 

Como propina los dos músicos presentes en el escenario demostraron sus habilidades técnicas y creativas en directo, causando el agrado del público que reclamó algo más. En el bis se ofreció la proyección de un trabajo anterior titulado “Odissi”, en el que pudimos ver danzas de mujeres indias. Resulta singular ver la deconstrucción de las danzas al incorporar música totalmente diferente y darle un sentido totalmente nuevo. Sin duda, una novedad muy atractiva. 

Chassol entiende el jazz de una manera singular y es capaz de sumergir al espectador en ambientes sonoros que invitan a la reflexión sobre los límites de la música. Todo un acierto para este Festival de Jazz que se consagra como referente del género. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

lunes, 28 de octubre de 2019

Cooper: Adiós al abanderado del mod


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Cooper. Sala Albéniz, sábado 26 de octubre.

Con el Festival Euroyeyé -el más importante del mundo centrado en la cultura mod-, en plena incertidumbre respecto a las próximas celebraciones y la despedida de Álex Cooper de los escenarios,  la cultura mod se queda a las puertas de la orfandad en España. Gijón era una cita obligada en esta gira despedida de uno de los principales abanderados del movimiento mod después de más de tres décadas de carrera musical. La sala Albéniz fue el lugar escogido para reunir  a una buena representación de esta tribu urbana, que aprovechó la ocasión para sacar del armario las parkas y otras muestras de elegancia sartorial cargadas de pequeños detalles, para complementar las caras sin sombras con peinados a lo garçon o french crop.

El público no estaba allí para escuchar exquisiteces musicales, de hecho hubo unos cuantos errores de ejecución y no sonó especialmente bien, salvo excepciones. Daba igual, lo que pretendían  los asistentes era pasárselo bien recordando grandes temas de “Los Flechazos” y de “Cooper” en solitario. Objetivo cumplido, porque sonaron canciones chulas y porque durante todo el concierto se transmitió muy  buen rollo desde el escenario. Acompañado por teclado, bajo, batería y guitarra (este último a medio gas por una lesión en la muñeca), puso al Albéniz a votar con canciones como “En el Club”, el gran éxito de su paso por “Los Flechazos”. Saxo y trompeta completaron el escenario en algunos temas, aportando un sonido más contundente y brillante como en “Islandia” o “En el asiento de atrás”. Con arreglos a tres voces para ensalzar los estribillos lo mejor que pudimos escuchar fueron los coros, sin duda.

Las muestras de cariño y las ovaciones estuvieron presentes durante toda la velada y Álex Cooper fue generoso con los bises (nada menos que seis). “Me conformo”, una canción de los 60’ del grupo “Los Mitos” que Cooper dedicó a todos los amigos mod de Asturias, puso la nota final del concierto y todo apunta a que no habrá arrepentimiento. O quizás sí, ya se sabe que los artistas sufren la adicción a los escenarios mientras viven. Sin embargo, Álex Cooper siempre ha sido coherente con sus principios, con sus ideas y con el respeto que siente por una cultura calada en la working class. A partir de ahora cabe preguntarse qué será de la escena  mod. Puede que se apague poco a poco o que se reinvente de nuevo, aunque se suele decir que su modo de vida no tiene fecha de caducidad, por lo tanto, su música tampoco. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Me quedo con Jekyll y con Hyde

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“Jekyll and Hyde”, el musical. Teatro de la Laboral, viernes 25 de octubre.

Solamente por escuchar el poderío vocal del protagonista merece la pena ver el musical  “Jekyll and Hyde”, en su nueva representación en el teatro de la Laboral. La adaptación de la fascinante novela creada por Robert Louis Stevenson “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, ha dado y sigue dando para mucho: películas de cine y televisión, adaptaciones teatrales y, por supuesto, diferentes versiones de musicales, con protagonistas de la talla de Raphael, que llenaba los teatros día tras día durante tres años de vigencia a principios del nuevo milenio. El mexicano Abel Fernando no tiene tanto gancho mediático como Raphael para llenar salas, de hecho había poco público en la sala. Sin embargo, su voz es espectacular, capaz de adaptarse a las exigencias de voz limpia, clara y potente que representa al Dr. Jekyll y voz ronca, casi gutural y desgarradora que representa al maléfico Mr. Hyde. Magnífico en ambos registros. El resto ya requiere sus matices. 

La puesta en escena está bastante lograda. Diferentes decorados con gran protagonismo de la niebla y unas luces austeras, sitúan al espectador en las escenas claves de la trama que se desarrolla en la época victoriana londinense. Algunas coreografías y cambios de vestuario contribuyen a que la historia sea creíble. 

En cuanto a los arreglos musicales se ha tirado de clichés efectistas que siempre funcionan bien. Se pueden apreciar los distintos leitmotivs para cada personaje, armonías muy consonantes con melodías pegadizas para representar al bueno de Jekyll, mientras que con el maligno Hyde se utilizan arpegios repetitivos y cíclicos habituales en este tipo de personajes (La Profecía, por ejemplo), con la aportación de un sonido de clavicordio. Las escenas del prostíbulo también muy estereotipadas, con ritmos cabareteros y sonidos de acordeón. Es decir, musicalmente hablando es prefabricado y no hay nada de originalidad, pero lo que hay funciona bien. 
Los coros estuvieron brillantes en todos sus números, con un gran empaste vocal e instrumental. Menos acertada estuvo la voz de Emma (novia del Dr. Jekyll), con ligeros errores de afinación en varias intervenciones, aunque muy acertada en el timbre y en las modulaciones vocales. Por el contrario, Lucy (amante de Mr. Hyde) destacó tanto en interpretación como en voz. 

Al igual que en la zarzuela, cantar para un espectáculo como este requiere tener una gran técnica vocal, principalmente por los continuos cambios de la voz hablada a la voz cantada. Por este motivo muchos cantantes de ópera rechazan la zarzuela y los musicales, porque conlleva un deterioro de las cuerdas vocales. Este musical, además, requiere un plus porque el protagonista tiene que representar dos personajes antagónicos. El papel le viene como anillo al dedo al barítono Abel Fernando. De hecho, fue impactante la escena final que representa la lucha entre Jekyll y Hyde, con los cambios medidos milimétricamente. Un gran trabajo en ambos registros en el que hay empate técnico, por lo tanto no se si me quedo con Jekyll o prefiero a Hyde. Sin duda, el papel del barítono es lo mejor del espectáculo y aunque sólo sea por escuchar su voz merece la pena ver, una vez más, este extraño caso convertido en musical.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

lunes, 21 de octubre de 2019

Amaia: Oportunidad perdida

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Amaia. Gira “Pero no pasa nada”. Teatro de la Laboral, viernes 18 de octubre. 

El disco debut de la eurovisiva ganadora de la última edición de Operación Triunfo está formado por un paquete de canciones que no sobrepasan la barrera de la mediocridad o como diría un asturiano de arraigo “cancionines de perrona”. El título del disco “Pero no pasa nada”,  podría interpretarse como una muestra de humildad, haciendo eco de la personalidad que Amaia ha mostrado en toda su trayectoria televisiva. Pero, en realidad sí que pasan muchas cosas. Pasa que esta chica ha tenido una serie de oportunidades con las que la mayoría de los artistas de su nivel no se atreverían ni a soñar. Y es que está muy bien querer tener el control de toda su carrera musical, evitando la manipulación del entramado de la productora Gestmusic, pero es importante ser consciente de las limitaciones propias y saber delegar en otros profesionales. Sobre todo, como he dicho antes, porque ha tenido una gran oportunidad. 

Su puesta en directo en el teatro de la Laboral agrupó a muchos fans y curiosos, logrando llenar tres cuartos de butaca. Empezó sola con el piano rodeada de un gran despliegue floral, entonando “No me interesa”. Luego se sumaron los cuatro músicos que forman su banda y una a una sonaron todas las canciones del disco. La voz,  por momentos mal ecualizada, sonaba chillona en algunos temas que requerían fuerza en tesituras altas. En cuanto al acompañamiento, los arreglos instrumentales que arropaban a las melodías eran de una simpleza que rozaban el aburrimiento.  

Muy osada su interpretación en directo de una de las piezas de la suite para piano “Iberia”, del compositor Isaac Albéniz. Aunque “El Puerto” sea una de las obras más cortas y sencillas de esta suite todo lo de Albéniz es difícil y requiere un gran dominio. Y no sólo es cuestión de dedos, se necesita madurez para que fluya. Ella misma confesaba que la había estudiado este año para examinarse en el conservatorio y también reconocía que algunas partes necesitaban más ensayo. Para una prueba de conservatorio está muy bien, pero para tocarla en directo en un teatro como el de la Laboral son necesarias muchas más horas de estudio. No basta sólo con una confesión de humildad. 

No todo es negativo, Amaia es una gran cantante con una potente voz y una perfecta afinación. Además, tiene cualidades más que suficientes para interpretar sus propias canciones con el piano, sin necesidad de tocar por Albéniz.  El problema es que las canciones no son buenas, no hay buenos arreglos ni melodías interesantes. Tampoco hay una buena producción, pero lo peor son las letras: parecen escritas por estudiantes de secundaria en el reverso de sus libretas cuando están aburridos en clase de matemáticas. 


En definitiva, esta chica ha tardado en sacar un disco el triple de tiempo que cualquiera de sus compañeros y, sin embargo, ha perdido una oportunidad de oro. Posiblemente tendrá más ocasiones. Si surgen,  lo mejor que puede hacer es arroparse de buenos arreglistas y buenos letristas, es decir, hacer caso a los profesionales. Si no lo hace caerá en el olvido, como tantos otros de OT. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Rosa Torres Pardo mejor que Lang Lang

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Rosa Torres Pardo. XX Edición del Festival Internacional de Piano de Gijón. Teatro de la Laboral, jueves, 22 de agosto. 

Me consta que hay muchos aficionados a la música pianística que pagarían cientos de euros por asistir a un concierto de Lang Lang, sin embargo han estado reacios a pagar unos pocos euros por escuchar a una eminencia del piano como Rosa Torres Pardo, a juzgar por las múltiples butacas vacías del Teatro de la Laboral. Allá ellos y su supina ignorancia o esnobismo. Sin desmerecer al chino que va sobrado de dedos, de inteligencia, de técnica, de ideas y de todo lo concerniente al piano, pero yo me quedo con Torres Pardo, y más si interpreta a Debussy y Granados, como es el caso de su visita a Gijón para el vigésimo cumpleaños del Festival Internacional de Piano.

Varias veces ha visitado estas tierras y sus conciertos siempre son más que gratificantes, porque es una pianista brillante y segura. Así lo demostró abordando la “Suite Bergamasque” de Debussy, inspirada en las Fiestas Galantes del poeta francés Paul Verlaine. Los contrastes del “Preludio” dieron paso al singular “Menuet”, que Torres Pardo interpretó con soltura y delicadeza. Con la interpretación del famoso “Claro de Luna”, originalmente titulado “Promenade Sentimentale”, y los arpegios picados del “Passepied” dejó claro que la pianista domina totalmente al compositor francés, cuya obra está sólo a la altura de los grandes. 

De Debussy aún faltaba “Estampes”, estrenada por el pianista catalán Ricardo Viñes en 1904, que consta de tres piezas cortas e incluye la maravillosa “La Soirée dans Grenade”, de la que Manuel de Falla comentaba: "No hay ni siquiera una nota de esta música prestada del folklore español, y sin embargo, toda la composición en sus más mínimos detalles, expresa admirablemente España". Con la magnífica interpretación podíamos sentir el ritmo de las castañuelas y el zapateado de los pies. ”Jardins sous la pluie” es la última de las tres piezas de “Estampes” y la más difícil técnicamente, pero para Torres Pardo parecía un juego de niños. 
Pausa necesaria para desconectar del universo debussiano y sumergirse en Granados que, aunque contemporáneo del francés nada tiene que ver. A la pianista no le cuesta conectar con Granados, se podría decir que ya lo lleva en su ADN porque son muchas las horas que ha dedicado a este compositor muerto en un naufragio junto a su esposa, al ser bombardeado por un torpedo alemán durante la Primera Guerra Mundial,

Tres piezas de la historia de amor, de celos y al final la muerte, presente en “Goyescas” fueron la elección de Torres Pardo para finalizar su recital. Esta obra, inspirada en el pintor aragonés y convertida más tarde en ópera, fue interpretada por la pianista con gran solvencia y unidad estilística, mostrando todo el universo rico y complejo que Granados escribió.  Y es que Torres Pardo domina el repertorio español como pocos. En mi opinión, la pianista madrileña interpretando a Granados está a la altura de la gran Alicia de Larrocha, desaparecida hace una década.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España.

Nikita Mndoyants: El pianista ruso sube el listón

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Nikita Mndoyants. XX Festival Internacional de Piano de Gijón. Teatro Jovellanos, martes, 20 de agosto. 

Elegante y precisa fue la interpretación de Nikita Mndoyants, en su concierto del teatro Jovellanos. Sonatas de Beethoven y Brahms protagonizaron una de las jornadas más esperadas del Festival Internacional de Piano, que mantiene su gran prestigio con invitados de lujo como el pianista ruso.

Comenzó con la “Sonata para piano n.º 17 Op. 31 No. 2”, más conocida como “La tempestad” de Beethoven. Si el primer movimiento fue discreto pudimos comprobar en el “Adagio” la gran capacidad de Mndoyants para captar el drama de la obra, creada en uno de los momentos más duros de la vida del compositor al confirmarse su sordera.  Fue escrita al mismo tiempo que la Sinfonía nº 3 (La Heróica) y comparte con ésta ciertas reminiscencias de carácter apasionado. El pianista ruso concluyó con mucha solvencia el tercer y último movimiento “Allegretto”, para brillar técnicamente con la siguiente obra del programa, la  “Sonata Op. 31, No. 3” conocida como “La Caza”, también del de Bonn. Los dedos ya estaban en forma para interpretar magistralmente esta obra de interpretación difícil a la par que menos frecuente y el cuarto movimiento “Presto con fuoco” fluyó con absoluta destreza al galope, a ritmo de tarantella.

Tras la pausa, escuchamos “Intermezzo”, una breve composición propia de carácter impresionista que recorría todo el rango del piano con largos pedales manteniendo el “leitmotiv” de forma recurrente. 

La tercera Sonata compuestas por Brahms fue el broche final del recital de piano. Una larga y compleja obra estructurada en cinco movimientos que representa una obra maestra de la literatura pianística, a pesar de que Brahms contaba con sólo veinte años  de edad. Mndoyants supo plasmar el equilibrio entre el fondo y la forma, que tanto le preocupaba al compositor. De hecho, Brahms no volvió a componer más sonatas para piano, quizás porque buscaba más libertad en las estructuras y se sentía más cómodo con otras formas compositivas. El pianista ruso demostró un gran conocimiento de la obra, destacando sobremanera en el Scherzo y arrollando en el “Finale”. 

La larga ovación  propició tres propinas, y después de un arreglo de Bach y una Bagatela de Beethoven nos fuimos del teatro entonando la repetitiva melodía del rondeau “Les Sauvages”  de Jean Phillip Rameau, con la que Mndoyants concluyó su recital, dejando el listón un poco más alto (si cabe), en este Festival Internacional de Piano que ya se consagra como uno de los más importantes del territorio español. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 20 de agosto de 2019

Los Berrones: ¡que sigan berrando!

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Los Berrones. Semana Grande, Plaza del Ayuntamiento. lunes 12 de agosto.

La plaza del Ayuntamiento de Gijón se quedó pequeña para albergar a tanto público dispuesto a celebrar el trigésimo aniversario de Los Berrones, la banda asturiana que ha sabido  captar la cultura rural (o mejor dicho, parte de ella) más que ninguna otra formación. De hecho, gracias a ellos sabemos donde está Tolivia (incluso aparece en wikipedia), el pueblo que los vio nacer y que sólo lo conocían sus 232 habitantes.  

En clave de humor, el periodista Pachi Poncela aportaba la oratoria antes de cada canción al estilo de Marcos Mundstock (Les Luthiers), pero  en versión asturiana y de pueblo, salvando las distancias. Nos recordó cual es el auténtico olor de los asturianos, que somos grandes artistas de la blasfemia, que lo medíamos todo con “santinas”, antes de que se inventara el sistema métrico y que seguimos trabayando pa’l inglés, pa’l indio o “pa’l primero que llegue con perres en bolsu”.  Magníficas las presentaciones cargadas de ironía, con un discurso crítico en el que cayó desde el árbol genealógico de la familia Rato hasta la realeza más rancia. 
El repertorio transcurrió con un repaso por lo más conocido del repertorio y varios temas de su nuevo disco ¿Ónde vas con eses traces?, que no tiene desperdicio.  Ramón Blanco y Olegario Méndez, originales de Los Berrones, se rodearon de grandes músicos de la escena asturiana que supieron imprimir la fuerza y la cadencia necesaria para que toda la plaza votara a ritmo de “Agárrate al mangu”, “Pueblos pequeños” o el punk-rock “Parásitos”, del último álbum. “La del estudiante” fue la primera que puso a toda la plaza a viva voz, con  “Tocata y fuga” de Bach precediendo al Gori-gori. A ritmo de rock, hasta los foráneos se enteraron de lo que significa “A cabruñar”, o el casi sinónimo “Calcar na tená”, con un lucido solo de guitarra, dicho sea de paso. “Menudo Talibán”, sonando al mismo ritmo que “Vaya gochu que yes”, del último álbum, ya consiguió calar entre el público con tan poco tiempo de rodaje (2018), al menos el estribillo. 

Casi al final llegó “Chacho”; acompañados por una banda de gaitas que aportaba una sonoridad muy asturiana, se vivió un momento estelar y emotivo antes de la famosa “Nun yes tu”. Toda la plaza cantando puño en alto. Antes de la traca final nos quedamos con las ganas de que Mon Blanco se arrancara a cantar “Child in Time” de Deep Purple, iniciada por José Ramón Feito al órgano, pero el cantante ya bastante tiene con defender honrosamente su repertorio, pues cantar, lo que se dice cantar nunca lo hizo del todo bien, ni tampoco lo pretendió. 

La habilidad de Mon, junto con Olegario, consiste en tomar nota de conversaciones de chigre o sentimientos patrios, y estrujar las letras  para formar versos hasta darle sentido en formato canción. Y en eso son unos artistas, porque los asturianos seremos todo eso que contaba Pachi pero, además, somos expertos en rechazar todo lo nuestro y aplaudir lo que viene de lejos. Por lo tanto, si aceptamos a alguien que sea de casa es porque algo de auténtico tiene. Treinta años jugando en casa, son muchos años y no se si habría que declararlos Patrimonio Nacional, como decía el presentador, pero sí estamos dispuestos a seguir escuchándolos berrar por muchos años.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España  

martes, 13 de agosto de 2019

Amancio Prada: una voz y una guitarra, pura poesía

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Amancio Prada. Jardín Botánico. Domingo, 11 de agosto 

Después de escuchar un recital de Amancio Prada  sientes unas ganas incontenibles de llegar a casa corriendo y desempolvar algunos libros de poesía que han quedado semiocultos en alguna estantería, leer y releer para poder extraer toda esa magia que ha sabido plasmar en forma de canciones el poeta y cantautor nacido en el Bierzo. Pero no basta solo con leer poesía una y otra vez, porque el arte de Amancio Prada no consiste en poner música a poemas, él extrae la música que hay dentro de cada palabra y cada verso. Por eso es un artista singular. 
Poesías de grandes como Juan Ramón Jiménez , Rosalía de Castro, Fernando Beltrán, Juan Carlos Mestre o Chicho Sánchez Ferlosio, junto con versos propios, sonaron en la voz de Amancio Prada sin más revestimiento que su guitarra, en un entorno mágico como es el Jardín Botánico y para un público selecto que se mostró encantado durante toda la velada, a pesar del frío nocturno. 

Como novedad, presentó algunas canciones reunidas en su último disco  junto a Juan Carlos Mestre. De “Cavalo Morto” pudimos escuchar “Compañerita” y comprobar que mantiene la voz tan clara y tan limpia como cuando era un jovencito. Y es que Amancio Prada es de esa minoría de artistas que lucha por mantener vivo el rico acervo poético con el que contamos. Cantada con mucha emoción sonó “Jaula en el pecho”, primer poema del libro “Canciones y Soliloquios” de Agustín García Calvo. Nos sumergimos en los paisajes que vieron crecer a la gran Rosalía de Castro escuchando las “Campanas de Bastabales” y pudimos comprobar la gran admiración que profesa al poeta y cantautor Chicho Sánchez Ferlosio, o la pasión que siente por la poesía de San Juan de la Cruz. 

Entre canción y canción había lugar para numerosas anécdotas, algunas divertidas, otras tristes y muchas históricas apelando a la emoción, pero, al fin y al cabo, cuenta sus vivencias a lo largo de su dilatada carrera. Si bien es cierto que para la presentación de cada canción siempre cuenta las mismas anécdotas, palabra por palabra, las hace tan de verdad que el público siente que está escuchando algo en primicia. Quizás porque las tiene interiorizadas y porque disfruta del ambiente que él mismo es capaz de crear, el caso es que funcionan muy bien. 

Es de agradecer que entre las miles de canciones que hay en su repertorio escoge temas apropiados para empatizar con el público asturiano. Así sonó “Oviedo crece” (“con perdón”, se excusó Amancio ha sabiendas de la rivalidad entre Oviedo y Gijón), una bella canción basada en un poema de su amigo Fernando Beltrán. También nos cantó y contó cómo descubrió en chile “Si la nieve resbala” del compositor Julio Domínguez y gran parte del auditorio le acompañó con el coro de principio a fin. 

Lorca sirvió para despedir una magnífica velada en la que hubo momento para risas, para nostalgia y sobre todo para apreciar la importante labor que hace un artista tan singular, que con su voz y una guitarra es capaz de detener el tiempo y alejarnos por un momento del ruido en el que estamos continuamente sumergidos. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España