Cuarteto Iberia. Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, miércoles, 28 de
enero de 2026.
Los socios de la Filarmónica esperaban con interés un concierto dedicado al cuarteto de
cuerda, considerado la forma más depurada de la música de cámara, y el Cuarteto Iberia
cumplió sobradamente esas expectativas con un programa ambicioso que recorrió cinco
siglos de historia musical, desde el Renacimiento hasta finales del siglo XX.
El concierto se inició con la ensalada “La Negrina” de Mateo Flecha “El Viejo”, figura
clave del Renacimiento español. Esta forma polifónica, caracterizada por la mezcla de
estilos y elementos diversos, fue interpretada por el Cuarteto Iberia de manera original y
extrovertida. Los intérpretes rompieron con la visión solemne que suele asociarse a la
música antigua, subrayando su carácter lúdico mediante la incorporación de percusiones
y canto, tanto solista como coral, con textos humorísticos que sorprendieron y
divirtieron al público. Esta propuesta escénica recordó que muchas de estas obras
estaban concebidas para el entretenimiento cortesano y no para la gravedad que hoy se
les atribuye.
El cambio de siglo llegó de la mano de Mozart. Los Iberia se colocaron,
metafóricamente, las imaginarias pelucas blancas para abordar “La caza”. Dedicada a
Haydn y estructurada en cuatro movimientos, la obra combina un aparente desenfado
con una compleja elaboración armónica y formal. El Cuarteto Iberia supo captar ese
equilibrio, con mayor peso técnico en el primer violín, resuelto dignamente por Marta
Peño, destacando especialmente el Allegro assai final.
La segunda parte estuvo dedicada al Cuarteto op. 132 de Beethoven, una de las cumbres
del género. Compuesta en plena sordera y tras un periodo de grave enfermedad, la obra
transmite una profunda carga emocional. La interpretación evidenció un trabajo
minucioso y una comprensión profunda del lenguaje beethoveniano, destacando el
amplio scherzo de grandes dimensiones que evoca a la musette y el conmovedor
movimiento central. El resultado superó al de Mozart y fue acogido con prolongados
aplausos, correspondidos con una pieza minimalista de Philip Glass que devolvió los
estados de ánimo colectivos a una serena y deseada calma.
Crítica publicada en La Nueva España
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