Con el teatro lleno hasta la última butaca, Carlos Nuñez quiso conmemorar los 30 años
de “A Irmandade das Estrelas”, el disco que marcó un antes y un después en su carrera
y que lo consagró como un referente universal del sonido celta, ese sonido que no
necesita reinventarse porque remite a la raíz y a la memoria colectiva del norte.
Arropado por sus excelentes músicos y visiblemente cómodo, Núñez se lo tomó con
calma, presentando y contextualizando cada tema y más que un recital, ofreció un
recorrido emocional y cultural por su trayectoria. Además, supo implicar también a la
ciudad, subrayando que se trataba del concierto más importante del año y contando de
nuevo con la colaboración de la Banda de Gaitas Villa de Gijón y de su sección más
joven, la bandina Magüeta, confirmando que el futuro de este estilo musical está
asegurado gracias a las nuevas generaciones.
Junto a las canciones del disco, hubo homenajes a figuras clave, como Paddy Moloney,
cofundador de The Chieftains y uno de sus mentores, y al asturiano Lisardo Lombardia,
presente en el escenario, por su decisiva labor para que Asturias formara parte del
Festival Intercéltico de Lorient. Por extensión, Nuñez también recordó al colectivo de
las Pandereteiras, que descubrió en ese festival.
Más allá de la buena ejecución de cada tema fue destacable la labor de Laura, la técnico
de sonido, que consiguió que todo sonara en su sitio. La ecualización y los volúmenes
impecables, sin un solo acople, una tarea especialmente compleja en un concierto con
tantas gaitas y percusiones, instrumentos que tienden a colarse fácilmente por los
micrófonos abiertos.
En definitiva, Carlos Núñez logró convertir la noche en una auténtica fiesta de
hermandad, en la que público y artistas alcanzaron una conexión intercéltica basada en
su manera de entender la música como una celebración abierta a la participación de
todos los que la viven con la misma pasión.
Crítica publicada en La Nueva España.
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