Ópera “Nabucco” de Giuseppe Verdi. Teatro Jovellanos, viernes 11 de marzo, 2016.
Orquesta Oviedo Filarmonía y Coro de la Ópera de Oviedo.
Dirección musical: Gianluca Marcianò
Dirección de escena: Emilio Sagi
Diseño de escenografía: Luis Antonio Suárez Diseño de vestuario: Peppispóo S.L. Diseño de iluminación: Eduardo Bravo Dirección del coro: Elena Mitrevska
Es tan escasa la programación de óperas en Gijón que el público aficionado
responde con ansiedad a las citas. Lleno total para ver “Nabucco”, la
tragedia lírica en cuatro actos que encumbró al maestro Verdi en 1842 y
que perdura hasta el momento como una de las óperas más representadas.
Para esta ocasión el director de escena Emilio Sagi optó por una
concepción atemporal, puesto que la trama -basada en luchas de poder,
ambiciones, intrigas, envidias, etc.- es vigente en todo momento. Sagi había
dicho en diversos medios que su planteamiento para esta ópera era “un canto a
la libertad del que haremos una lectura moderna con estética muy bonita”.
Sin duda la estética en el escenario fue bonita y elegante. Con
austeridad, sin demasiados elementos decorativos logró situar al público en las
diferentes escenas a base de luces, sombras, espejos y cortinajes con colores
vivos entre grises, rojos y dorados (habituales en sus producciones). La
iluminación sobresaliente. Lo peor de la puesta en escena fue el
vestuario. El del coro más o menos podía librar pero el de los protagonistas no
conseguí encajarlo con la decoración y menos con el texto.
En cuanto a lo vocal, el desafiante papel de Nabucco requiere un fuelle
bien dotado y una tesitura un poco más aguda de lo habitual sin perder los
graves característicos de un barítono y Damiano Salerno salvó el papel de forma
aceptable. Con gran protagonismo en el acto IV supo extraer toda la
sensibilidad que requería la solemne y recogida aria “Dio di Giuda” despejando
así mis dudas sobre su calidad vocal, ya que en ocasiones su potencial fue
tapado por la orquesta y el coro. Lo mismo le pasó al tenor Enrique Ferrer en
el papel de Ismael: bonita voz pero falto de potencia, quedando
totalmente absorbido en los tríos con la soprano y la mezzo y con el coro. Más
empuje, aunque de forma irregular, consiguió el bajo Ernesto
Morillo destacando de forma notable en la cabaletta del primer acto. Pero lo
más sobresaliente, en cuanto a lo vocal se refiere, fueron sin duda las
voces femeninas y el coro. Fenena, la hija de Nabucco tiene poco protagonismo
vocal durante toda la ópera y hubo que esperar al acto IV, donde Verdi le
regala el aria “Oh, dischiuso è il firmamento”, para ver a María Luisa Corbacho
desplegar un potencial que anunciaba desde el primer momento que salió a
escena. La mezzosoprano está dotada de una gran voz capaz de afrontar papeles
más exigentes. La voz más destacada fue la de la soprano Maribel Ortega
encarnando a Abigaille, para la que Verdi concibió una partitura endiablada,
por su amplio registro, su intensidad dramática y por la infinidad de matices
que requiere salvar una soprano de coloratura. Maribel estuvo excepcional
en el papel de principio a fin, y más excepcional, si cabe, en el aria “Ben io
t’invenni...Anch’io dischiuso un giorno” del segundo acto. Sin duda la mejor
voz de la ópera.
Meritorio es el trabajo de Elena Mitrevska en la
dirección del coro, cuyo protagonismo en esta ópera es indiscutible. Desde el
principio al fin, pasando por el popular “Va pensiero” -que varios asistentes
pasaron ganas de entonar- el coro estuvo espectacular en homogeneidad, en
afinación, en potencia cuando la partitura lo requería, en expresividad y en
empaste con la orquesta logrando un perfecto equilibrio de volúmenes y dinámica.
Tan solo en algunos pasajes rápidos el coro se quedaba un poco por detrás de la
orquesta, quizás porque Gianluca Marcianò optó por llevar la batuta con un
tempo un poco más rápido de lo habitual. Salvo este matiz la dirección de
Gianluca fue magnífica y la interpretación de la Orquesta Oviedo
Filarmonía magistral. El espectáculo se llevó una merecida ovación y eso que el
público operístico gijonés no es muy dado a muestras de mucho calor.
Crítica de Mar Norlander para La Nueva España, publicada el 13-03-2016
En 1960 se estrena la película 091, Policía al habla, inspirada en hechos reales y dirigida por José
María Forqué. La música corre a cargo del compositor Augusto Algueró y cuenta
con la participación del saxofonista Pedro Iturralde. Basta escuchar las partes
de saxofón incluidas en la banda sonora para apreciar que hay un gran músico
detrás del instrumento, aunque en los créditos del film no aparece su nombre.
Según
Padrol el catalán Augusto Algueró es el responsable de la evolución de la
canción española, convirtiéndola “de folklórica en moderna” (Padrol 2009:390).
Hijo y nieto de músicos (su abuelo fue el pianista de Raquel Meller y su padre
fue pionero de los editores musicales españoles), tiene una solvente
trayectoria como arreglista, director de orquesta, pianista y compositor.
Estuvo muy influenciado por el jazz y la música norteamericana, y sus inicios
en la música de películas se sitúan en el “Teatro Cómico” del Paralelo de
Barcelona, situado enfrente de los Estudios Iquino de Cine. A finales de los 50
se convirtió en una de las figuras claves de la música moderna española, con
canciones popularizadas por Marisol, Rocío Dúrcal o Los Cinco Latinos, entre
otros. Compuso numerosas bandas sonoras de diferentes estilos, para una gran
variedad de films, sin embargo, el único premio que se le ha concedido hasta la
fecha es la Medalla de Oro del Cine Español, concedida con motivo del
Centenario del Cine (Padrol 2009: 394).
El
argumento de la película "091, Policía al habla" trata de la vida de un policía que atiende las
llamadas de emergencia nocturnas en su coche patrulla. Su hija de 7 años es
víctima de un atropello a la salida del colegio y el conductor se da a la fuga.
Cuando consiguen localizar el coche del siniestro, el policía (interpretado por
Adolfo Marsillach) quiere encargarse personalmente de detener al conductor.
Mientras, el cuerpo de policía tiene que resolver diferentes sucesos que se
desarrollan a través de distintas historias paralelas: la mala relación del
protagonista con su mujer a raíz de la muerte de su hija, un grave accidente de
coche con dos muertos por los efectos del alcohol, una mujer que se pone de
parto, un niño que necesita urgentemente una bombona de oxígeno para respirar y
un robo a gran escala, son algunos de los sucesos a los que se enfrenta la
patrulla de policías en el transcurso de una noche. Dos cacos de poca monta,
interpretados por Tony Leblanc y Manolo Gómez Bur, aportan la comicidad
necesaria a una película basada en la tragedia, para aligerar la tensión. Este
tipo de contrastes es una herencia de la zarzuela, del sainete y en general del
teatro español.
La
finalidad de la película, además del entretenimiento, es mostrar al cuerpo de
policía en labores heroicas y al mismo tiempo humanas, con un marcado carácter
apologético. Es destacable el desarrollo y la estructura del film, así como los
apuntes costumbristas de la época (Aguilar 2013:93). En este aspecto es
necesario destacar el papel de la esposa del policía, prototipo femenino de la
mujer servicial, generosa y todo un conjunto de virtudes necesarias para asumir
lo que debe y puede hacer en la vida una mujer de la época: ser esposa, madre y
ama de casa. Con la pérdida de la niña la relación se desmorona, pero aun así
ella está dispuesta a resolver la situación siempre que su marido la necesite.
Otra pincelada costumbrista que está presente en el film es el que da lugar a
la frase “estar de Rodríguez”, mientras las esposas se van de vacaciones a la
playa con los niños.
La
película se enmarca en un contexto histórico en el que cobra gran importancia
la crónica criminal, en parte debido al auge del semanario El Caso,
fundado en 1952 (Benet 2012: 306). El reparto es excepcional, contando con
algunos de los actores más importantes de la época: entre ellos Adolfo
Marsillach, Tony Leblanc, Susana Campos, José Luis López Vázquez, Manolo Gómez
Bur, María Luisa Merlo, Francisco Cornet, Julia Gutiérrez Caba, Gracita
Morales, Antonio Casas, Asunción Balaguer, Irene Gutiérrez Caba, Agustín
González o Antonio Ferrandis.
La
secuencia inicial es especialmente interesante para ver la relación que se
produce entre música e imágenes ya que sin música no tendría el mismo sentido.
Esta escena nos muestra diferentes planos de niñas vociferando a la salida del colegio, en un hábito muy común, alternándose
con planos de un coche que circula de manera sospechosa y el ruido del frenazo
al dar la curva con excesiva velocidad. La integración música-efectos de sala
crea un continuum sonoro que nos sitúa emocionalmente dentro de la secuencia.
La salida del colegio se orquesta con un ritmo constante de percusión, con un
acorde obstinato construido con un tritono (Fig. 1) y va tomando
cada vez más presencia, incrementándose la instrumentación y acelerando el
pulso rítmico. Es la música la que nos comunica la gravedad de los hechos que
van a acontecer.
Inmediatamente la
niña es atropellada y hay una explosión de metales con un glissando descendente
sobre tres notas (Fig. 2), cuatro pulsos más de percusión en un registro
más grave y de nuevo metales con intervalos disonantes anunciando la tragedia (Fig.
3). De hecho, el plano cenital junto con el acorde en los metales en glissando
descendente nos comunica que la niña ha muerto.
La
música, por tanto tiene una función narrativa puesto que sin música sólo
sabemos que una niña ha sido atropellada. La película continúa sin música
mientras se informan de quién es la víctima, tan sólo se alternan diálogos con
sonido ambiente, ruidos de coches y máquinas de escribir.
La
banda sonora que acompaña a los créditos iniciales tiene una orquestación
claramente inspirada en la película “Vértigo” dirigida por Alfred Hitchcock,
con música de Bernard Hermann. El estreno de Vértigo es de 1958, dos años antes
de la película de Forqué, y Hermann se había convertido en una referencia para numerosos compositores de
bandas sonoras. La música de Augusto Algueró presenta un aire de fusión entre
el jazz y ritmos caribeños. Un motivo circular en obstinato con corcheas
sobre compás ternario, surge cuando le comunican al policía a través de la
emisora que es su hija la que ha muerto y da lugar al inicio de los créditos
(Fig. 4). La banda sonora de Vértigo también se
construye con un motivo circular en obstinato que forma una espiral con
tresillos de negra sobre compás binario (Fig. 5). En las dos películas los
motivos circulares sirven de fondo para desarrollar la sección de metales,
siempre de agudo a grave, con cromatismos que tienen su máximo clímax en
registro grave, tan característico del estilo de Herrmann. Otros elementos
característicos de este autor son: el uso de motivos muy pequeños que somete a
una constante repetición con un elaborado tratamiento sinfónico y el privilegio
del registro grave en la orquestación a cargo de los instrumentos de viento en
detrimento del lirismo de las cuerdas. Estas características se aprecian en la
banda sonora de Augusto Algueró pero adaptándolas a la música de jazz.
En el siguiente vídeo podemos ver el inicio de la película Vértigo de Alfred Hitchcock con banda sonora de Bernard Hermann.
Como
comentamos anteriormente 2 personajes aportan el tono cómico a la obra. Se
trata de dos ladronzuelos que roban un pequeño coche (muy moderno para la
época) y unos melones para intentar impresionar a unas chicas (que no aparecen
en el film). Estos dos personajes cómicos suelen aparecer después de escenas de
máxima tensión y dramatismo y generalmente todas las fechorías que llevan a
cabo les salen mal. Para narrar su presencia, el compositor crea un motivo
musical sobre la escala pentatónica de Mi (Fig. 6), sobre una base
armónica de tónica y dominante. Para cerrar la melodía, a modo de pregunta y
respuesta utiliza un turn around, característico de la música de blues y
la mayoría de las veces está interpretada por marimba y guitarra de caja.
El mismo motivo podemos escucharlo cuando los cacos intentan
vender un maletín de relojes que se han encontrado en el coche robado, sin
saber que tienen un alto precio. Cuando les van a pagar el
importe de la venta de 2 de los relojes se asustan y deciden devolverlo al
lugar de origen (el coche robado), ya que son ladrones “honrados”. Para narrar
esta escena, el compositor utiliza el mismo motivo, pero la melodía está
interpretada por una flauta sobre un ritmo de swing llevado a cabo con
percusiones.
https://www.youtube.com/watch?v=JMTtBSKQxoQ
Poco después de haber devuelto el coche al mismo lugar donde lo
habían sustraído, son detenidos, pero en ese momento el policía (Adolfo
Marsillach) quiere llegar al aeropuerto cuanto antes para evitar que su esposa
se marche a Barcelona. Por ello deciden dejar a los ladrones libres y en ese
momento vuelve a sonar el motivo, con saxofón a ritmo de swing orquestado e
improvisaciones de clarinete.
Los
motivos comentados hasta ahora son los más significativos y tienen lugar a lo
largo de todo el film para ambientar diferentes escenas, principalmente de
carga dramática (Fig, 1, 2 y 3). Además, la banda sonora contiene otras músicas
que ayudan a narrar las distintas situaciones a las que se ven sometidos los
diferentes personajes. También encontramos música diegética para situarnos en
lugares de ocio (una bolera, un pub, un tablao flamenco…). La máxima tensión se
produce al final de la película en el aeropuerto de Barajas ya que, por un
lado, el policía protagonista quiere evitar que su mujer se vaya y, por otro
lado, han sido movilizadas numerosas patrullas para detener a una banda
organizada de ladrones, que intentan huir con el botín a Lisboa. Se producen
escenas de persecución y disparos con máxima tensión, típicas de cine
policiaco. Para ambientar esta escena (que dura casi 5 minutos), Augusto
Algueró recurre a todo el arsenal de motivos y melodías que ha utilizado
durante toda la película: los tres acordes de metales cuando los ladrones son
descubiertos; motivo de espiral con marimba, percusión y metales, junto con las
sirenas de policías al iniciarse la persecución; una improvisación de estilo
be-bop sobre base del motivo de espiral; la música de los créditos iniciales
junto con los golpes en obstinato de la primera escena aderezado con sirenas de policías y múltiples
disparos. El policía protagonista cae herido y suena una variación de los 3
acordes de metales (Fig. 2). Su esposa acude en su ayuda, mientras, la escena
de la persecución continúa desarrollándose in crescendo, hacia el agudo,
hasta el momento en que disparan al ladrón.
La música nos
informa de que la persecución ha terminado al morir el ladrón, con una sinuosa
melodía de saxofón. Unos instantes sin música, tan sólo con el sonido ambiente
de los ruidos de motores y la ambulancia que se lleva al policía herido junto
con su esposa. Para los breves créditos finales se utiliza el motivo de
los cacos desarrollado con gran orquestación, a modo de big-bang con ritmo de
swing. En definitiva, una interesante película que nos acerca a algunos aspectos de los usos y costumbres de la sociedad española en los 60', con una banda sonora a la altura de cualquier película de cine negro hollywoodiense. Bibliografía:
AGUILAR, Carlos. Cine y jazz. Ediciones Cátedra,
Madrid, 2013.
ALCALDE
DE ISLA, Jesús. “Pautas para el estudio de la música cinematográfica”. Área
Abierta, Nº 16, Marzo 2007
BENET,
Vicente J. El cine español: Una historia cultural. Paidos, Barcelona,
2012. PADROL
Joan, “La música del cine español de los años 50: Augusto Algueró, Xavier
Montsalvatge e Isidro B. Maiztegui” en OLARTE, Matilde. Reflexiones en torno
a la música y la imagen desde la musicología española. Plaza Universitaria
Ediciones, Salamanca, 2009. P. 389-402. SANCHEZ BARBA, Francesc. Brumas del Franquismo: el auge
del cine negro español (1950-1965). Edicions Universitat Barcelona, 2007.
Stacie Collins presenta
su disco “Roll The Dice”. Sala Acapulco del Casino de Asturias. Jueves, 24 de
septiembre.
La cantante americana Stacie Collins pasó por Gijón para ofrecer en
primicia su quinto disco “Roll The Dice”, a la venta en un par de semanas. Poco
más de un centenar de asistentes se reunieron para disfrutar del trabajo de una
banda capitaneada por una mujer que se deja la piel en el escenario cada noche.
Sobre los temas del nuevo disco poco hay que decir, son canciones nuevas
pero sin novedades. La línea es la de siempre: más rápido o más lento se trata
de rock and roll y blues fusionado con country, con estructuras clásicas y
letras que hablan de cuestiones cotidianas. Pero los seguidores de Stacie Collins
no están ávidos de novedades ni buscan sorpresas, saben lo que se van a
encontrar en cada sala y saben que van a disfrutar de lo lindo. Y así fue.
La carrera de Stacie se ha ido forjando día a día durante miles de horas
por escenarios de medio mundo. Tiene buena voz, buena afinación y transmite
seguridad. Conoce perfectamente sus capacidades vocales y las utiliza sin
artificios ni falsedades. Con la armónica cumple sobradamente, esgrimiendo
solos en pentatónicas y alargando los bendings para resolver en el momento
adecuado. Muy efectiva. Pero lo más destacable de esta cantante es su derroche
de energía. Toca, canta, baila, hace coros, recorre el escenario de fondo a
fondo con media barra de micro (a lo Freddy Mercury), no pone reparos en
mezclarse entre el público o contonearse encima de la barra del bar en algún
momento y, siempre con una gran sonrisa. Es simpática y cercana y le gusta ver
las caras de su público, por ello pidió más intensidad en la luz de la sala. Y
con tanta luz no perdimos detalle de sus movimientos, su sonrisa permanente y
su complicidad con el resto de la banda formada por Al collins (bajista y
marido de la cantante), Jon Sudbury (guitarra) y Ryan McCormick (batería).
Poco a poco fueron calentando motores alternando temas nuevos con éxitos de
sus anteriores trabajos hasta llegar a “Baby sister”, el tema que desató las
ganas de bailar de los presentes. A partir de ese momento la complicidad con el
público, la lujuria y los decibelios fueron in crescendo.
No faltaron temas muy conocidos, entre otros“Shakin’All over” de Johnny
Kidd & The Pirates, una versión acelerada de “Baby please don’t go” y otra
muy particular de “Walking by myself” (Gary Moore), cantada por el guitarrista
y tocando un solo que, si bien no supera el original (difícil, por otra parte)
no le anda a la zaga. Stacie sabe rodearse de buenos músicos.
Después de hora y media de concierto el público quería más (“otres diez”,
exclamaban algunos). Estratégicamente la cantante había reservado para el bis
el más exitoso tema de su carrera, “Hey Mister”, todo un himno. Para finalizar
y dejar la adrenalina a tope y las pilas bien cargadas versionaron “Long way to
the top” de AC/DC, coreada a grito pelado por el público. Solo faltaron fuegos
artificiales.
Acudir a un concierto de estas características
siempre es un placer porque Stacie Collins y su banda reflejan perfectamente el
concepto de grupo como tal. Se llevan bien, se lo pasan bien, les gusta lo que
hacen y lo comparten con los demás. En definitiva, toda una lección de buen
trabajo y buen saber hacer.
Crítica de Mar Norlander para el periódico La Nueva España
El “más difícil todavía” fue constante a lo largo de todo el espectáculo
ofrecido por el Circo de los Sentidos. Su propuesta, “Madre África”, nos
trasladó al continente mediante una amalgama de sonidos, ritmos y
sensaciones multicolores que cubrió el Teatro Jovellanos durante la tarde del
domingo. Para empezar seis artistas dan la bienvenida con un canto espiritual
bailando alrededor de seis talking drums gigantes, mientras los percusionistas
tocan djembés y tambores africanos. Una banda llamada “Inafrika Band” formada
por siete músicos mezcla ritmos africanos con armonías occidentales y ambienta
el transcurrir de diversos números circenses, comenzando con una virtuosa del
hula-hop y un equilibrista sobre una escalera demasiado delgada y
demasiado alta. Pero hay mucho más: dos chicas tumbadas en unas sillas que
hacen bailar barriletes de madera al ritmo de la banda y del canto de
otras tres chicas, un contorsionista con articulaciones de goma capaz de girar
todo el cuerpo (¡de infarto!), malabarismos con múltiples pelotas a ritmo del
“Wanna be startin’ somethin’” de Michael Jackson, equilibrios cada vez más
altos en una tabla apoyada sobre artilugios imposibles de sostenerse, piruetas,
saltos, etc.
También hay varios números en los que el protagonismo se lo lleva la música
y el baile. Muy colorista quedó la danza salvaje de patadas extremas y
movimiento de culo tipo “dança do creu” que se marcó el cuerpo de baile
mientras otros cantaban y proferían gritos bereberes, logrando la complicidad
con el público que no dejaba de dar palmas a ritmo de los percusionistas.
Muy bonito quedó el número en el que una chica toca una kalimba gigante colgada
del cuello con forma de cesta mientras canta una especie de nana. Más intriga
causó el número en el que una especie de saco recorre el escenario con
movimientos muy rápidos mientras otros bailan, talmente parecía que había algún
sistema motorizado debajo del saco, pero el misterio no se desveló hasta
el final. Y, por supuesto, no había motor.
Después de los equilibrios de un adulto y un niño con huesos de
silicona llegó el final con todos los artistas encima del escenario, ataviados
en multicolor, cantando y bailando la parte más africana del “Waka waka”
y haciendo una pequeña exhibición de sus habilidades. “Celebration”
de Earth, Wind and Fire y “Gonna Be All Right” de Bob Marley ambientaron el
jolgorio final en el que los artistas bajaron a bailar entre las butacas e
invitaron a subirse al escenario a algunos espectadores.
Pero los números presentados en sí no son nada
nuevos, salvo algunas danzas todos los hemos visto en múltiples ocasiones. Lo
que tiene de particular este circo es el sentido de comunidad. Todos son
protagonistas y cuando no lo son hacen las funciones de ayudantes, todos
participan en la danza y en el canto porque todos conciben el espectáculo como
una unidad en la que cada uno tiene que dar lo mejor de sí mismo, transmitiendo
alegría, simpatía y ganas. Porque en eso consiste el circo.
Diego El Cigala. Concierto en el Teatro La Laboral de Gijón.
Sábado 30 de mayo, 2015.
Pasadas las ocho y media el cantaor se arrancó con “Las doce acaban de
dar”, un martinete popularizado por Camarón de la Isla que Diego El Cigala
dulcificó con su voz a capella. Digo que lo dulcificó porque en los melismas le
faltaba un pellizquito de agudos y desgarre natural, pero le añadió sentimiento
y profundidad a un precioso timbre cargado de armónicos. Siguió con el
cante de minas “Se me apagó el Candil”, acompañado a la guitarra por Diego del
Morao, el hijo del consagrado Moraito Chico. Es increíble cómo toca este
guitarrista y qué lujazo escuchar a los dos Diegos mano a mano haciendo
lo que mejor saben hacer. Puro arte. Las dos figuras estaban acompañadas por
los palmeros Juan Grande y Ane Carrasco y por el compás de Sabu Porrina en el
cajón. El cuadro flamenco se lució en pleno a ritmo de alegrías con su
“tirititran tan tan”, que encendieron a un teatro casi lleno y con ganas de
cantar, aunque se contuvieron. La noche pintaba flamenca como si de un tablao
se tratara.
El Cigala vino para presentar “Vuelve el flamenco”, un álbum dedicado a
Paco de Lucía y grabado en el Palau de la Música en directo. Pocos
temas de su disco escuchamos en esta velada de hora y media, el cantaor optó
por escoger un repertorio más amplio rescatando temas de discos
anteriores (tocados al más puro estilo flamenco) y temas muy populares de
grandes del cante como Camarón o Enrique Morente.
Una versión especial de la soleá “Fuí piedra” sonó muy grande con la
introducción complejísima y espectacular del guitarrista Diego del Morao, pero
la euforia de los presentes la desató su interpretación personal del conocido
tango “Nostalgias”, extraído de su disco “Cigala y Tango”. Precioso tema y
preciosa versión.
Después de que el cuadro flamenco se desatara en un vertiginoso tema
instrumental (talmente parecía que había tres guitarristas) volvió El Cigala al
escenario para cantar el fandango “La fuente del querer”, tema que sí está en
su último disco. También rescató las canciones “Compromiso” y “Corazón
loco” de su trabajo “Dos lágrimas” que cantó con mucho sentimiento, y terminó
por bulerías con fragmentos de Camarón y aquel verso que dice “era
tan grande mi dolor (...) por Dios llamarme a otro doctor”. Es una pena que El
Cigala tenga esa costumbre de levantarse y alejarse del micrófono antes de
concluir la última frase. Sólo le escuchan las primeras filas.
El público reclamó insistentemente más flamenco y Diego el Cigala volvió a
salir junto con sus músicos para darnos pequeñísimas propinas. Un par de versos cantados y tocados sin
micrófonos fue todo. Los que estábamos de la mitad hacia atrás no le oímos.
Quizá, su voz no estuvo del
todo afilá, quizá, la cejilla de Diego del Morao se bajó algún traste para
comodidad del cantaor, quizá, alguna pena o nostalgia le corroía por dentro,
quizá, estaba más serio de lo normal, quizá, las críticas hayan sido demasiado
duras con Diego en las últimas semanas. Sin duda alguna, El Cigala es uno de
los más grandes cantaores que hemos tenido y, sin duda alguna, aunque no fue su
mejor noche, por los aplausos recibidos el cantaor sabe que siempre será
respetado y bienvenido a Asturias. Crítica de Mar Norlander para el periódico La Nueva España
Concierto de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA).
Teatro Jovellanos, jueves 28 de mayo.
Lylia Zilberstein, piano
Rossen Milanov, director
Ejecución brillante y perfecta. Así interpreta la pianista rusa Lylia Zilberstein
el Concierto para piano nº 3 en Do mayor op. 26, de su compatriota Sergei Prokofiev. Los tres movimientos de que consta la obra
fueron transcurriendo con una seguridad
y una delicadeza exquisita, sumergiendo al público en sonoridades clásicas y
románticas salpicadas de disonancias propias de principios del siglo XX.
Un gusto escuchar a Lylia tocar y un placer poder ver el movimiento de sus
manos bailando por encima de las teclas
como si fueran una prolongación de sus dedos. Su forma de sentir y de
interpretar este concierto mucho me recuerda a Martha Argerich y su grabación
para el sello “Deutsche Gramophon”, principalmente en las dinámicas, la
agógica, la expresividad y su elección de las líneas a destacar. No es de
extrañar, pues las dos grandes pianistas han compartido muchas veces escenario
interpretando fantásticos dúos.
La composición de Prokofiev mantiene una relación entre el piano y la
orquesta muy equilibrada a lo largo de los tres movimientos, de tal manera que
la función de acompañamiento tiene gran peso orquestal, a diferencia de otros
conciertos. A la altura del talento de la pianista se mantuvo en todo momento
la OSPA, bajo la dirección de Rossen Milanov, produciendo un continuo diálogo
con el piano desde el andante del primer movimiento hasta la brillante y
explosiva coda con que finaliza el tercer movimiento, cerrando en un tutti
fortíssimo. Destacable es la ejecución
de toda la obra por parte de todos los componentes de cada sección. Todo estaba
en su medida y su sitio preciso, siendo
lo más brillante la cuarta variación del segundo movimiento, por su
complejidad rítmica y melódica. Lo único que no estuvo a la altura de la música
fue el escaso entusiasmo del público. Aplaudieron,
sí, pero sin hacerse daño en las muñecas, no vaya a ser.
Tras la pausa oportuna para la retirada del piano llegó “Una vida de
héroe”, el último poema sinfónico de carácter autobiográfico escrito por
Richard Strauss, estructurado en seis partes sin interrupción. Comienza en Mi b
como la “Eroica” de Beethoven, pues
Strauss aglutina en este poema mucho de
su pasado vital y musical, donde lucha contra los obstáculos (entre ellos la
crítica) para salir triunfante. El “héroe” se presentó firme a cargo de las
maderas y la cuerda grave, dando paso a “los adversarios del héroe”. Una parte técnicamente más compleja que la
OSPA solventó sin problemas. Llegó el
turno para el lucimiento del concertino Alexander Vasiliev, que supo captar y
transmitir la sensibilidad requerida por el compositor para representar el
papel femenino de “la compañera del héroe”.
Estamos a finales del siglo XIX así que no hay otra posible visión del
carácter femenino. Una ejecución de gran calidad por parte del violín en
diálogo amoroso con la orquesta para dar paso al desarrollo en “el campo de
batalla”. Un leitmotiv tras otro, dieron vida al poema
sinfónico cargado de pasajes de lirismo propio del romanticismo entremezclados
con derroches de vitalidad y disonancias que engrandecen la armonía y auguran
la ruptura de la tonalidad. También
encontramos citas de sus obras más conocidas.
Fue en el acorde final de la cita del poema “Así habló Zaratustra” donde
la orquesta tuvo un pequeño desliz en algún instrumento. El resto de la obra impecable, como siempre
por parte de la OSPA.
Crítica de Mar Norlander para el periódico La Nueva España.
Concierto de Camela en la sala Acapulco
del Casino de Asturias. Sábado, 24 de mayo, 2015.
Decía mi profesor de musicología José
Antonio Gómez (uno de los mejores musicólogos de España y parte del
extranjero), que en música hay que escuchar de todo y con los oídos bien
abiertos, desde Bach o Beethoven hasta Camela. Así que siguiendo su consejo me
despojé de todo prejuicio y fui a la sala Acapulco para escuchar la
presentación del disco “Más de lo que piensas”. No se puede negar que Camela se
ha convertido en un fenómeno social musical en las últimas décadas. ¿Qué grupo
hay en España capaz de reunir a varias generaciones juntas cantando y bailando
felices todas las canciones de principio a fin? Muy pocos. Puedo contarlos con
los dedos de una mano. Camela son ignorados por la prensa y vapuleados
por la crítica, sin embargo todos conocemos algún estribillo o estrofa suya y a
cualquier sala o escenario que van arrasan. Así fue en Gijón.
Abrieron el concierto con el tema que da
título al disco y siguieron con éxitos como “Escúchame”, “Nadie como tú” o
“Nunca debí enamorarme” y, después de un largo popurrí con éxitos pasados
en los que el público cantó palabra por palabra, bailó, brindó y
evidenció que se lo estaba pasando muy bien, llegó una reivindicación de la
cantante Ángeles Muñoz. En su humildad nos recordó que llevan 15 discos
grabados y han vendido más de siete millones de copias en tiempos de crisis, pero nunca les han nominado para los “Premios
Amigo” o para otros premios importantes de la música, pues los premios “se
los reparten entre los amigos”.
Puede que tenga razón, así que con objetividad
hago una comparación de las características más importantes de su sonido con
algunos premiados: 1) Encontraron una fórmula melódica que les hace
inconfundibles; lo mismo puedo decir de Jarabe de Palo, Café Quijano,
Santana o Estopa. 2) Todas las canciones hablan de que si me quisiste que si me
dejaste, que si te enamoraste que si me enamoré, que si sueño contigo que si
nunca te olvido...y no hay más; ¿De qué hablan las letras de La Oreja de Van
Gogh? De lo mismo. 3) La puesta en escena del cantante Dioni se basa en giros y
patadas al aire; también lo hace Bisbal, pero el Dioni fue primero. 4) En
directo desafinan; también Miguel Bosé, Alaska o Chayanne. 5) Todas las
canciones suenan igual; las de “Ella baila sola” también. 6) Entre tema y tema
tardan mucho y no hay discurso coherente; lo mismo digo de “Andy y Lucas”. En
cuanto al trabajo del técnico de sonido no recuerdo a ningún premiado para
compararlo (aunque si rebusco seguro que encuentro), pero creo que este señor
padece sordera parcial, pues suena nefasto. Podría seguir con las comparaciones pero no
hay sitio para más.
En definitiva, creo que el grupo Camela es
merecedora de nominaciones y premios musicales tanto o más que otros artistas
ya consagrados, pues la emoción y la pasión con la que viven sus seguidores los
conciertos en directo se merece un respeto.
Crítica de Mar Norlander para el periódico La Nueva España
Ballet flamenco de Sara Baras y su espectáculo “Voces”.
Teatro Jovellanos, viernes 22 de mayo, 2015.
La muerte de Paco de Lucía es el germen de “Voces”, un
espectáculo creado por Sara Baras que aúna música, danza, iluminación y
vestuario del más alto nivel para rendir tributo a los grandes del flamenco:
Camarón, Enrique Morente, Antonio Gades, Carmen Amaya y Moraito Chico.
Si ya causó sensación con “La Pepa” o “Juana la Loca”, con “Voces”
sube escalones hasta rozar la perfección de un espectáculo exento de artificios
en el que lo importante es el arte flamenco.
La voz en off de Carlos Herrera es el hilo conductor
de los diferentes cuadros de esta suite flamenca y los arpegios de “Canción de
amor” de Paco de Lucía abren el baile. La puesta en escena es sencilla, un
escenario decorado con seis carteles de las leyendas del flamenco y una
iluminación muy bien pensada por Oscar Gómez de los Reyes, para que Sara nos
deleite con lo que mejor sabe hacer: bailar hasta dejarse el alma en el
escenario.
La química presente en el baile con su pareja
artística y sentimental José Serrano, en una variación rítmica del paso a dos
por seguiriyas, vestida de lunares y alternando los solos de baile para fundirse
en un abrazo final, fue uno de los primeros números que levantó una gran
ovación. El bailarín también fue muy aplaudido en su homenaje a Enrique
Morente. Representando una partida de algún juego de mesa, mientras el
guitarrista Keko Baldomero toca por tientos (y después por soleá) y un cantaor
entona “el día que yo me muera que nadie venga a llorar con pena, mejor cantar
aunque se cante con pena”, José Serrano arranca un baile con una fuerza
soberbia que va transitando por diferentes ritmos bajo las voces de los tres
cantaores.
Precioso fue el cuadro a ritmo de taranta
dedicado a Camarón. El vestido de vaporosa gasa blanca con volantes iluminados
por los focos produce efectos visuales al dar vueltas que recuerdan a la
mismísima Isadora Duncan. Y es que el vestuario de Torres-Cosano también es uno
de los elementos fundamentales de Voces.
Es difícil de destacar un número de la suite flamenca
porque todos son diferentes y geniales, entre ellos el cuadro de “Las Cármenes”
con todo el cuerpo de baile zapateando al son de un arreglo flamenco de la
“Carmen” de Bizet y el número final con el vestido de flecos verde y todos los
artistas encima del escenario. Pero si me quedo con uno es con el baile
de Sara al compás de una farruca. Con seis espejos detrás y vestida de hombre
en homenaje a Antonio Gades inicia un zapateado de punta y tacón sobre la base
rítmica creada por el udú, la pandereta percutida por los dedos (solo en
las sonajas) y el palmeo. Todo el conjunto forma un efecto percusivo
espectacular y muy variado en dinámicas. La intensidad creada fue tanta
que ya no había posibilidad de más, así que inteligentemente todo acabó
en un pianíssimo con la artista en el centro del escenario y los brazos
abiertos. La ovación (sonadísima) fue interrumpida, pues sólo era una
pausa para arrancar de nuevo con un virtuosismo de guitarra y taconeo
arrebatador. Hasta el técnico de luces, a mi lado, exclamaba ¡ole y ole!
Crítica de Mar Norlander para el periódico La Nueva España
El Consorcio, gira de despedida.
Teatro Jovellanos, miércoles 20 de abril.
Desde el primer tema, “El vendedor”, hasta el último de los bises, “Adiós
amor”, asistimos a una despedida sincera y emotiva. Una montaña rusa de emociones
entre risas y lágrimas, vividas por el aforo completo del teatro. “! Qué mejor
que el Teatro Jovellanos para despedirse de Gijón!” dice Amaya Uranga y alguien
del público le responde: “!qué pena que os vayáis!”. Los conciertos de El
Consorcio y de Mocedades siempre son dignos de mención. Sus voces, tanto
solistas como armonizadas, han calado en varias generaciones durante su
larga trayectoria, pero este concierto se convirtió en el más especial de
todos.
Hacen un repaso de grandes temas popularizados a lo largo de más de 40 años
de profesión, compuestos por maestros como Juan Carlos Calderón,
Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat o José Luis Perales, entre otros. Para la
gira los hermanos Iñaki, Amaya y Estíbaliz Uranga, junto con Carlos Zubiaga, se
acompañan de músicos de la talla de Daniel Amat (piano), Salvador López (bajo)
y Arturo García (batería), que también se encarga de sustituir la voz del
fallecido Sergio en los arreglos corales. En los temas solistas, que solía
cantar junto con Estíbaliz, es Iñaki Uranga el que suple su voz.
Estíbaliz abre el saludo inicial, tras cantar “Piel” y “Búscame”, dos temas
que fueron himnos de amor para más de una generación y los de mayor éxito del
dúo Sergio y Estíbaliz. A Estíbaliz, por momentos, se le quebraba la voz,
más por la emoción de las circunstancias vividas que por otros
impedimentos, pues conserva su tesitura de soprano con el mismo brillo de
décadas pasadas. Sergio Blanco estuvo presente en la memoria de todos durante
varias canciones, especialmente en el tema “Dónde estás corazón”, para el cual,
Estíbaliz pide que entre todos le cantemos una canción al que fue su pareja
artística y sentimental.
El momento más animado lo marcaron la popular “Frenesí” y la rumba cubana
“Las muchachas”, con un estribillo
coreado por todos los presentes (“No hay, no hay, no hay”). A ritmo de salsa,
el pianista cubano Daniel Amat se marcó un tumbao de piano de los que crean
escuela y el público entusiasmado se puso a bailar en sus butacas. Hasta
la propia Amaya se levantó de su asiento y se marcó unos pasos apoyada en su
bastón. Fue muy ovacionada en reconocimiento a su esfuerzo físico y su
simpatía.
Y después de la efervescencia salsera volvió la calma con uno de los
mayores éxitos de Mocedades, el temazo de Juan Carlos Calderón “Tómame o
déjame” en la voz de Amaya. Su voz de mezzo, ahora contralto, es de las mejores
que ha habido en la historia del pop español. Voz aplomada y gruesa, cargada de
armónicos, de esas que traspasan y tocan la fibra incluso a los más
insensibles. La firmeza vocal de Iñaki Uranga también es digna de
reconocimiento, y lo mismo puedo decir de Carlos Zubiaga que, además, se
luce con la guitarra, destacando en la introducción del tema “Para vivir” de
Pablo Milanés.
En definitiva, un concierto que dio un repaso a
grandes canciones de amor y temas emblemáticos que representan a varias
generaciones españolas. Sabemos que no volverán a actuar en Gijón, aunque
siempre nos quedarán sus discos y el recuerdo de lo vivido, pues el concierto
permanecerá en la memoria de los presentes.
Crítica de Mar Norlander para el periódico La Nueva España