domingo, 19 de julio de 2020

Amaral: Grandes de verdad



Amaral, gira “Acústico Eva y Juan”. Festival Metrópoli City, Plaza de Toros de El Bibio, viernes, 17 de julio. 


A priori, un concierto incómodo y frío: Amaral en acústico, sin más músicos en el escenario que Eva Amaral y Juan Aguirre, en una plaza en la que hay que permanecer con el trasero bien pegado a unas viejas sillas de madera del tipo “destroza lumbagos” y guardando las distancias exigidas, con mascarilla puesta durante todo el concierto y un vigilante con ojos avizor dispuesto a llamar la atención por si la nariz asomaba por encima del tapabocas...La cosa no prometía, sin embargo, las ganas y la calidad de los artistas suplieron con creces todos los inconvenientes.  Y es que en situaciones como estas es donde mejor se aprecia si un artista es grande de verdad o está inflado por la publicidad. 

Gijón fue la ciudad escogida para iniciar la gira  “Acústico Eva y Juan”, y presentar su octavo disco “Salto al color”. Cuando acabó el confinamiento la primera vez que se juntaron fue para preparar este concierto y lloraron de felicidad, anunciaba Eva, por poder compartir esta noche tan especial. Guitarras en mano sonó  “Señales” y se captó la buena acústica de la Plaza de Toros El Bibio y la gran voz de Eva Amaral que en los discos queda comprimida y no se aprecia todo su potencial. Después “El Universo sobre mi”, despertando en el público las ganas de vivir, gritar o sentir (como dice la canción), pero nos conformamos con hacerlo mentalmente. 

El repertorio de Amaral iba fluyendo entre viejos éxitos y lo último que han grabado, dejando sin presentar temas que requerían más electrónica y más banda como  “Juguetes Rotos” y otro par de temas de lo más nuevo. El resto se interpretó con mucha dignidad a pesar de la poca instrumentación. Sorprendente sonó “Ondas do mar de Vigo”, basado en un poema del siglo XIII del trovador Martín Códax que rescataron del cancionero de la lírica galaicoportuguesa. 

Hubo mucha conexión con el público que no dejó de cantar temas como “Moriría por vos” con muchas ganas de levantarse y empezar a brincar,  o “Cómo hablar” sobre los arpegios de la guitarra de Juan Aguirre. Después de “Mares igual que tú” parecía que tocaba despedida pero el público quería más y el dúo fue muy generoso. Aún faltaba “Sin tí no soy nada” en la que nos deleitaron con un homenaje a Ennio Morricone recientemente desaparecido. El público todavía soportaba las tablillas de las sillas clavadas en los riñones y quería más, así que sonaron la rítmica y animada “Hacia lo salvaje”, “Peces de colores” que habla de la defensa de la identidad de cada uno, “Cuando sube la marea” y “Salir corriendo”. Todas con muy buen sonido y una voz espectacular.

Como broche final “Ruido” y Eva manifestó que había sido una noche inolvidable. Para el público también y así lo demostraron con una larga ovación e infinitas muestras de respeto y admiración. 


Ocho discos grabados y más de veinte años juntos avalan el éxito del dúo Amaral con decenas de canciones que ya forman parte de la cultura popular. Eso se consigue cuando las composiciones son muy buenas o cuando están muy bien adornadas. En este caso, los asistentes al concierto pudimos escuchar canciones desnudas con guitarras, una voz y poco más, y pudimos corroborar que sus composiciones son muy buenas. Que vuelvan pronto. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Un sosegado Loquillo vuelve al ruedo





Loquillo y Gabriel Sopeña. Gira “La vida por delante”. Festival Metrópoli, plaza de Toros de El Bibio. Gijón, 11 de julio.

Por fin vuelve la música en directo y sin pantallas de ordenador entre público y artistas. Han sido unos meses largos y duros y se agradece la vuelta, aunque sea con mucha reducción de aforos y estrictas medidas de distanciamiento. A pesar de la reducción sobraron muchos asientos porque Loquillo con su versión más poética junto a Gabriel Sopeña, no logró atraer al público y llenar la Plaza de Toros.

El tema lento “Balmoral“, homónimo del álbum que le valió una nominación a los Grammys latinos,  fue el arranque de un concierto de casi dos horas que defraudó a los que buscaban puro Rock and Roll simple y directo (no hubo Trogloditas, ni Cadillac, ni Rompeolas, ni Rey del Glam) y gustó a los que prefieren  a un Loquillo más poético y sosegado, con letras más elaboradas y más variedad musical. “Transgresiones” de Mario Benedetti o uno de sus clásicos de George Brassens “La Mala Reputación”, junto con “Political Incorrectness” de Luis Alberto de Cuenca, con los presentes coreando el estribillo “Se buena, dime cosas incorrectas desde el punto de vista político”, fueron momentos de euforia y entendimiento entre los dos bandos del público y artistas. 

Segundo concierto de la gira y después de tantos meses parados la falta de rodaje se notó. “Cuando pienso en los viejos amigos” o “Cruzando el paraíso” no sonaron redondos.  “La vida es de los que arriesgan” exclamaba Loquillo que estuvo parco en palabras y sin provocaciones subidas de tono como es habitual en sus conciertos.

Cambiaron un poco la letra del tema de Kris Kristoferson “Yo y Bobby McGee”, con permiso a regañadientes del autor, y sonó un buen solo de guitarra de la mano de Josu García. Por momentos cedió el protagonismo al compositor, músico, filósofo y profesor Gabriel Sopeña, que estuvo solvente durante todo el concierto cantando, haciendo coros, tocando la guitarra, la armónica o el piano. Un artista muy prolífico que completaba la banda junto con Josu García, Alfonso Alcalá al contrabajo y Laurent Castagnet a la batería. También el guitarra tuvo su momento cantando “Cass, la chica más guapa de la ciudad”, una guapa canción con melodía muy al estilo Sabina que quedó deslucida por los coros un tanto desafinados.

En definitiva, fue un concierto cargado de nostalgia que no es para enmarcar por la falta de rodaje, pero se agradece el intento. El mérito de Loquillo no está en cantar ni en vender nada, su mayor logro es haber sabido escoger buenas canciones y rodearse de buenos amigos y de gente de gran talento, como Gabriel Sopeña.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 17 de marzo de 2020

La carismática Alice Wonder




Alice Wonder, ciclo “San Miguel On Air”. Sala Acapulco del Casino de Asturias, viernes 6 de marzo.

Alicia Climent no podía haber escogido un nombre artístico más apropiado para definir todo su singular universo musical. Bajo el seudónimo Alice Wonder hay una chica de tan solo veintidós años que empezó abriendo una cuenta de Instagram donde volcaba covers de las canciones que más le gustaban para su pequeño círculo de seguidores, pasó por ser telonera de Vetusta Morla, entre otros, hasta lanzar un disco propio bajo el título “Firekid”, que a pocos deja indiferente y la sitúa con nombre propio entre los artistas emergentes más relevantes del país. Su presentación en la sala Acapulco dentro del ciclo San Miguel “On Air”, congregó a una pequeña muestra de fans que han tenido el privilegio de comprobar de primera mano el porqué de su crecimiento tan rápido como artista ajena al mainstream.

Pasando de la guitarra al teclado constantemente y acompañada por un batería y un teclista/bajista, dependiendo del tema, sonaron las once canciones que forman su álbum y algunas inéditas que prepara para próximos conciertos y pudimos escuchar en primicia. Los tres, más alguna pista grabada dependiendo de la canción, ofrecieron un sonido contundente, a pesar de la mala acústica de la sala. Sus canciones se mueven entre la nostalgia de Bon Iver, el rock de Radiohead y el pop más underground, aunque  Alice demuestra que sus influencias son muy eclécticas. En la misma canción es capaz de recrearse en pequeñas frases minimalistas durante un buen rato y, después, desplegar todo un conglomerado de sonidos psicodélicos multicapa para transmitir un mensaje cercano con su voz grave y personal. Además, su puesta en escena entre la chulería y la humildad, es llamativa y capaz de atrapar la mirada del público constantemente.

Por otro lado, salvo excepciones, la labor de los baterías suele pasar bastante desapercibida, sin embargo, Echedey Molina destacó desde el primer tema.  Los ritmos de batería, ya de por sí, son bastante originales en el disco (quizás, tenga que ver que el padre de Alice es batería profesional y ella es exigente con este instrumento), sin embargo, Molina los engrandecía y ofrecía una amalgama de ritmos complejos cargados de sutilezas que llamaban la atención. Buenísimo batería.

Alice marca la diferencia con detalles que demuestran su singularidad.  Por ejemplo, el hecho de ofrecer una hora y media de concierto y no utilizar ninguna versión de canciones superfamosas y pegadizas de otros artistas con las que enganchar al público más despistado, marca la diferencia respecto a otros artistas que están empezando como ella y tienen poco repertorio conocido, porque es lo habitual.

En definitiva, su estilo coherente y particular define a Alice Wonder como una artista carismática y de  singular voz. Tiene talento y sabe lo que quiere y después de lo visto en la presentación de su primer álbum estoy segura de que la volveremos a ver en muchos escenarios con más público y con mejor acústica. Y será muy pronto.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Nando Agüeros: La voz del norte





Nando Agüeros, Gira 20 Aniversario. Teatro de la Laboral, viernes 28 de febrero. 

Hay una parte del público asturiano con apego por el mundo rural y por las tradiciones que le gusta escuchar artistas con voces limpias, con cierto aire a tonada y con letras que tocan la fibra del que se siente de la "tierrina". Nando Agüeros ha calado hondo entre este tipo de público hasta el punto de adoptarlo como parte de sus raíces, aunque sea de Cantabria. Quizás, porque en Asturias hay carencia de artistas que sigan esa línea desde hace muchos años (probablemente, desde que Víctor Manuel buscó tierras más prósperas) o porque las fronteras entre Asturias y Cantabria son un poco ficticias. El caso es que el de Torrelavega lo tiene fácil porque cumple con todos los requisitos: buena voz, estilo clásico, buen porte y un cierto aire de orgullo y de nostalgia en sus letras que evocan tradiciones y emigración.

Hacía semanas que se habían agotado todas las entradas del concierto en el teatro de la Laboral para celebrar su  vigésimo aniversario de carrera artística. Desde el primer tema “Cantábrico”, hasta la popular “Viento del Norte”, sonaron veinticuatro canciones de lo mejor de su amplia discografía, evocando a “ La LLuvia” o a “La Santina”, pasando por “Mi viejo Pueblo”  y por Galicia hasta “El Restallar de Asturias”, dando paso al último tema que ya es todo un himno. Una selección de canciones muy apropiada para el lugar del concierto. 

Se acompañó de siete músicos y entre los  instrumentos no faltó la gaita, el violín o el acordeón que tanto gusta en esta tierra y le dan ese aire celta. Los siete arroparon una voz limpia y franca,  modulando y luciendo varios registros con alarde de potencia pero sin tener que estar siempre al límite de su tesitura, como hacen otros cantantes. Es comedido y conoce muy bien donde están sus fronteras. No hubo sorpresas, todo estaba medido al milímetro y todo sonó con corrección, con los deberes hechos. 

En lo que más destaca Nando Agüeros es en su estilo para componer letras y ese gusto por las rimas lo lleva hasta las llamativas presentaciones de los músicos en directo. Cada uno de los componentes tuvieron su rima, como muestra presentó al guitarra diciendo: “en ese mundo tan nuestro de acordes y telecasters, de trotamundos con máster he aquí un buen maestro, Eduardo Basterra Baster”. 

La velada terminó con todo el público cantando los versos de “Viento del Norte” y los aplausos fueron bien sonados. Dejando a un lado los gustos de cada uno hay que reconocer que Nando Agüeros se ha forjado una carrera que bien merece los reconocimientos que está teniendo y seguro que los éxitos no le darán la espalda en un futuro. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

OSPA: La trompa en primera línea



Orquesta Sinfónica del Principado (OSPA), programa Horizontes II. Andrews Grams (director), Javier Molina (trompa). Teatro Jovellanos, jueves 27 de febrero

La trompa  tradicionalmente está relegada a ocupar  las últimas filas en una formación sinfónica.  Es un instrumento que pasa desapercibido entre la masa orquestal y pocos compositores han dedicado su talento a escribir obras para trompa y orquesta,  destacando Mozart, que escribió nada menos que cuatro conciertos, así como Anton Weber o Emmanuel Chabrier, entre otros. En esta ocasión la interpretación del "Concierto para trompa nº 1 en mi bemol mayor, op.11", compuesta por Richard Strauss, fue la excusa perfecta para que el alicantino Javier Molina, trompa solista de la OSPA desde junio de 2016, se situara en la primera línea del teatro Jovellanos y nos diera la posibilidad de contemplar la belleza y las capacidades de este instrumento tan peculiar. 



Detrás de esta composición de Richard Strauss hay todo un culebrón familiar que daría rienda suelta a los más inspirados novelistas. El caso es que el compositor conocía muy bien el instrumento, ya que su padre -Franz Strauss-, fue un prestigioso intérprete del mismo y del que Wagner afirmó “Strauss es un tipo detestable pero cuando toca la trompa uno no puede odiarlo”. Richard quiso dedicar a su progenitor la obra por su sesenta cumpleaños pero no la finalizó a tiempo y una vez terminada su padre la rechazó.  En conclusión, la rivalidad entre ambos dio lugar a ríos de tinta y la dedicatoria fue a parar a otro gran trompista, Oscar Franz

Una de las mayores dificultades de la obra es el control de la dinámica entre el instrumento solista y la orquesta y Javier Molina interpretó la obra con responsabilidad, entusiasmo y sin titubear, manteniendo el pulso con la orquesta de tú a tú. Se llevó una buena ovación, tanto del público como del resto de integrantes de la OSPA y nos deleitó con una propina junto con sus cinco compañeros de sección, que dieron muestras de cariño y respeto hacia el protagonista de la noche.

La batuta corría a cargo del americano Andrew Grams, que abrió el concierto con la suite sinfónica “Printemps” de Claude Debussy, inspirada en la obra “La Primavera” de Botticelli. Si la pintura está cargada de simbolismo y preciosistas detalles, la partitura no lo es menos. Siguiendo la línea de Debussy, esta composición tiene múltiples colores, formas y sutilezas que requiere muchas escuchas para captar toda la belleza. Es de esas obras que en cada interpretación se descubre algo nuevo, al igual que en la pintura. La dirección vigorosa de Grams, que además de las manos y la batuta dirige con todo su cuerpo en movimiento, favoreció una interpretación solvente.

La velada terminó con la interpretación de la “Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78”, para órgano de Camille Saint-Saëns, de quien Franz Liszt dijo que era "el más grande organista del mundo" y Wagner catalogó como "el más grande compositor francés vivo". Un prodigio de obra que Grams dirigió de forma enérgica, permitiendo por momentos escuchar casi de forma individual a cada una de las secciones orquestales, hasta llegar a la coda final con un derroche de energía.

Si tenemos en cuenta que Saint-Saëns a principios del siglo XX se mostraba en contra de las influencias de Debussy y de Richard Strauss, no deja de ser curiosa la elección del programa al unir a estos tres compositores en una misma velada. Pero la OSPA no deja de sorprendernos.  



Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España



lunes, 24 de febrero de 2020

Miss Caffeina: un lamentable directo

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Miss Caffeina: “Directos Vibra Mahou”. Sala Albéniz. Viernes, 21 de febrero. 

Miss Caffeina es una de esas bandas protegidas por no se sabe quién - o yo no lo sé, mejor dicho-, que están en primera línea de cartel formando parte de todos los festivales españoles. Tampoco se sabe si siguen perteneciendo a la escena indie-pop o ya se han pasado al mainstream. La cuestión es que arrasan y allá por donde van cuelgan el cartel de sold out. Escuchando sus temas por plataformas digitales me choca tanto éxito, aunque he de reconocer que algunos videoclips tienen una estética muy cuidada. Pero musicalmente no me dicen nada.  Pensaba que podría ser como con Leiva, que a la tercera canción tengo que cambiar porque no lo soporto, sin embargo, sus directos suenan potentes. No es el caso. Miss Caffeina tiene un directo lamentable, por lo menos así fue en la sala Albéniz de Gijón durante la gira “Directos Vibra Mahou”. Desde el segundo tema sentía deseos de abandonar la sala, pero contuve las ganas por aquello de la profesionalidad y soporté los veintiún temas que sonaron uno tras otro.

Aunque llevan más de una década de vigencia pasaron desapercibidos hasta el lanzamiento  del disco “Detroit” (2016), con canciones como “Mira como Vuelo”, consiguiendo así colarse en las listas de éxitos. Los cuatro componentes se definen a sí mismos como banda atenta a todo lo que suena, sin prejuicios para absorber y dejarse influenciar por las nuevas corrientes. Así justifican el cambio sonoro que han tenido en su último disco “Oh Long Johnson” (2019), dejando las guitarras en segundo plano para ofrecer un sonido más electrónico. Posiblemente, el hecho de que Alberto Jiménez (cantante) se haya convertido en uno de los portavoces más importantes de la comunidad de LGBT+, haya influido en ese sonido más cercano a Fangoria (como “Cola de Pez”, por ejemplo). Sea por lo que sea hay un cambio grande y se nota cuando escuchamos ambos discos. Sin embargo,  en directo, tanto da una canción como otra, suenan todas igual. Igual de mal, quiero decir. Musicalmente hablando, esos arreglillos que se perciben en algunas canciones no estaban y todo sonaba plano y monótono.

Entre “Reina”, un canto a la reconciliación con aquellos que no te dejan salir del armario y  el homónimo de “Oh Long Johnson” que cerró el concierto, alternaron los más conocidos de “Detroit” y casi todo lo último, con algún rescate de sus tres anteriores discos, como “Mi rutina preferida”, cuya letra produce diabetes por empalagosa. El cantante, por otro lado, patinaba de vez en cuando con la afinación y le costaba interactuar con el público. 

En cuanto a las letras, aunque hay algunas que muestran trabajo detrás, la mayoría son lo de siempre pero con algunas  palabras tope modernas, como “peripatético” o alguna palabrota de esas que les hace tanta gracia a los niños pequeños. Por buscar algo positivo, tiene su gracia el contraste entre las letras pesimistas y la música de baile rompepistas en algunas canciones. El resto no me dice nada. 

En definitiva, se nota que este grupo está muy inflado y cuenta con apoyos de los que controlan el panorama de los  festivales y las discográficas que están resurgiendo de sus cenizas. Desde luego, si pretenden ser recordados como uno de los grupos que formaron parte del boom festivalero de la época, tal y como dijeron en alguna ocasión, ya pueden dejar de hacer directos como este.

OSPA: Expectativas cumplidas



Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA): Programa “Reflejos II”. Carlos Miguel Prieto (director), Ning Feng (violín). Teatro Jovellanos, 20 de febrero. 

Había expectación por volver a escuchar en el Teatro Jovellanos al virtuoso violinista Ning Feng y su Stradivarius fabricado en 1721. Para la interpretación del ambicioso programa “Reflejos II” que ofrece la temporada de la Orquesta Sinfónica del Principado (OSPA), además de Ning Feng pudimos contar con uno de los directores más internacionales, el mexicano Carlos Miguel Prieto, una de las batutas más prestigiosas de la música sinfónica y descendiente de abuelos asturianos. Por algo se siente cómodo frente a la OSPA.

Para preparar la llegada de Ning Feng, el director quiso deleitarnos con las pintorescas sonoridades de  “Janitzio”, un poema sinfónico compuesto en 1933 por el también mexicano Silvestre Revueltas, que representa una crítica a la industria turística de la isla, cuyo nombre da título al poema y la más importante del lago Pátzcuaro, al que Revueltas se refirió en alguna ocasión como “asqueroso”.  La concepción del poema (no la forma ni la estructura), recuerda a “La Valse” de Ravel (1919), quien fue capaz de reflejar el deterioro mental de una burguesía que bailaba al ritmo de los valses de Strauss mientras Europa se sumía en la más absoluta decadencia. Tanto Revueltas como Ravel introducen disonancias orquestales y colores chocantes que ejemplifican perfectamente lo que quieren transmitir.

La batuta de Carlos Miguel Prieto sumergió a la orquesta a ritmo de vals, transitando por las distintas secciones orquestales  que iban afinando y desafinando, cumpliendo rigurosamente con las notas y las figuras escritas en la partitura, hasta el punto de que podíamos percibir el deterioro y el mal olor del lago.  Una delicia poder escuchar esta partitura tan escasamente interpretada.

Dejamos México para sumergirnos en la Hungría natal de Karl  Goldmark y su “Concierto para violín nº 1”, de la mano de Ning Feng. Goldmark fue un violinista extraordinario y, por lo tanto, conocía todos los recónditos sonoros que se pueden extraer del violín. Ahí estaba Ning Feng para sacarle partido a esta magnífica obra y llevar al público al éxtasis sonoro. La OSPA en pleno y especialmente la sección de cuerda se ponía las pilas para dialogar con Feng hasta lograr darle forma a una gran obra llena de dificultad y belleza. El violinista, por su parte, nos dejaba atónitos en las butacas al interpretar sus partes solistas de manera impecable. La ovación final no cesaba, hasta el punto de extraer de Feng dos propinas: una variación sobre “God save the King” de Paganini y “Recuerdos de la Alhambra” de Tárrega. Tremendo violinista. 

En la segunda parte se interpretó la “Sinfonía nº 1 en la bemol” de Edward Elgar, de una gran belleza melódica. Si a Goldmark se le atribuye un gran talento melódico Elgar no se queda rezagado, puesto que es una cualidad en la que siempre han destacado los británicos. La partitura de Elgar es minuciosa y Carlos Miguel Prieto supo sacarle todo el partido a la orquesta para que brillaran esos matices tan profusos en la composición, desde los pasajes más sensibles hasta los momentos más  apoteósicos. Gran obra, gran dirección y gran orquesta. Aplausos fervientes para un magnífico programa y una brillante interpretación de la OSPA que logró satisfacer las expectativas del público, una vez más. 

Crítica publicada en La Nueva España

Zahara se desnuda en la Laboral





 Teatro de la Laboral, viernes,  14 de febrero, 2020

Esta moda que tienen últimamente los cantantes de música pop de alardear de potencia vocal entonando algunos versos a capella es ridícula y molesta. Lo hacen casi todos (por eso digo que es una moda), pero en un teatro, si exceptuamos a los que están a muy pocos metros de distancia, se escuchan más los crujidos de las butacas que la voz. Y me pregunto ¿qué necesidad hay?, ¿Acaso tienen la misma técnica que  los cantantes de ópera capaces de taladrar el oído a los de la última butaca? Va a ser que no, porque tampoco es su finalidad, para eso tienen micrófonos (los del pop). Zahara, una de estas cantantes que en los últimos años han cosechado muchos éxitos, llegó al Teatro de la Laboral y comenzó destrozando los guapos versos del tema “La Gracia”, cantándola a viva voz y rasgando acordes con la guitarra. Hasta el de la mesa de sonido tuvo que apagar el equipo para que dejara de sonar el pequeño soplido de los altavoces y se pudiera percibir algo. Y ni así. En fin, modas absurdas. 

Gijón fue la ciudad escogida para finalizar esta gira especial de ocho conciertos con el que la nueva profesora de Operación Triunfo –encargada de impartir Cultura Musical-, quiso “desnudarse sobre el escenario” ofreciendo sus canciones más íntimas y emocionales. Y triunfó. A pesar del mal inicio y a pesar de algunos desajustes que bien se podrían corregir con más tiempo y rodaje, su propuesta en el escenario resulta original.

La puesta en escena un tanto diferente; batería, bajo, guitarra, voz y teclados, por ese orden, formando media luna sobre las tablas para que ninguno tuviera especial protagonismo, es digna de mencionar porque pocas formaciones lo hacen. En cuanto a lo musical, destacan algunas progresiones armónicas que se salen de lo típico, provocando melodías con giros inesperados. Los sonidos están bien trabajados, principalmente los sonidos analógicos de los teclados que iban mutando a tiempo real, creando universos psicodélicos peculiares, como en “Pregúntale al polvo”, “Inmaculada decepción” o “El diluvio universal”, que tanto me recuerda a la banda “León Benavente”. A veces los volúmenes se descontrolaban entre tanta electrónica psicodélica, quedando la voz opaca y difusa y llegué a dudar si estábamos en el L.E.V., pero aún es pronto para eso.

En su repertorio cuenta con letras cargadas de dardos que apuntan a temas sociales y políticos. Podría señalar varios, como en “Hoy la bestia cena en Casa”, una crítica sobre los vientres de alquiler que tuvo su polémica cuando el disco salió al mercado porque se interpretó como un ataque directo a Albert Rivera. Lejos de esquivar el tema en la Laboral cambió algún verso para ir directa a la yugular: “Tu raya del pelo es perfecta/ lo aprendiste de Pablo Casado/ Y eres el segundo plato / un auténtico Ciudadano/ Miau, miau, miau,…”.

Si bien es cierto que en dos horas de concierto hubo momentos que resultaron un tanto lánguidos, la mayoría llegaron al abarrotado público y levantaron ovaciones, la mayor cuando entonó su exitazo “Con las ganas”. Y es que Zahara es una artista singular con una gran voz y con una cultura musical que le sale por los poros, consiguiendo hacer canciones que conectan con la gente sin dejar indiferente a nadie. En definitiva, esta pequeña gira íntima terminó y, aunque no fue un concierto para enmarcar mereció la pena. 
Crítica publicada en La Nueva España

jueves, 13 de febrero de 2020

Los Secretos: Cuatro décadas de talento creativo


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Los Secretos. Gira “Mi Paraíso”. Teatro de la Laboral, viernes 7 de febrero

A Los Secretos se les atribuye el inicio de la Movida Madrileña, allá por 1980 durante el Concierto Homenaje a Canito (Enrique Cano Leal), batería muerto en un trágico accidente de tráfico y componente del grupo “Tos” junto a los tres hermanos Urquijo (Javier, Enrique y Álvaro).  Su muerte originó la aparición de la nueva formación que se ha convertido en toda una institución musical, a pesar de los altibajos y las vicisitudes que han tenido que atravesar a lo largo de estos cuarenta años de historia. Tras la muerte de Enrique Urquijo (1999), su hermano Álvaro toma las riendas de la banda con una proliferación discográfica más bien escasa. Por ello, el anuncio del nuevo disco “Mi Paraíso”, después de nueve años de sequía, causó expectación y agotó las entradas del Teatro de la Laboral en poco tiempo.
No hay nada nuevo en este disco, simplemente son canciones nuevas que conservan el sonido y el estilo de aquellas otras que convirtieron a la banda en lo que son. “Mi Paraíso” lo forman doce temas que después de escucharlos te dejan la sensación de que las cosas que están bien hechas para qué cambiarlas. Este es el gran mérito que tienen Los Secretos, un estilo definido e imperecedero fácil de captar y de acomodar a los oídos de varias generaciones.

Arrancaron con “Agárrate a mí, María”, un clásico escrito por Enrique Urquijo dedicado a su hija y terminaron con la versión de “Sobre un vídeo mojado” que ya formaba parte de sus orígenes cuando eran “Tos”. Más de dos horas de concierto en las que la figura de Enrique era recordada constantemente a través de los temas nuevos y, por supuesto, los clásicos como “Déjame”, “Ojos de Gata” o “Y no amanece”, entre otros.

La puesta en escena muy cuidada y el sonido definido con precisión, pudiendo captarse cada detalle instrumental. Ramón Arroyo sacó todo un arsenal de guitarras con las que exhibió sus peculiares solos de alto nivel y una proliferación de adornos que parecen simples y, sin embargo, engrandecen las canciones.  Jesús Redondo, teclista y arreglista de gran parte de los temas, también es responsable de los arreglos corales tan característicos de Los Secretos. Él y el último fichaje de la banda Txetxu Altube, bordaron las voces.  El bajista Juanjo Ramos y el batería Santi Fernández se encargaron de que el ritmo fluyera con un buen engranaje.  También hubo algunos fallos del directo, pero nada reseñables, porque incluso esos fallos son una muestra de tener los pies en la tierra y de transmitir verdad, por lo tanto, hasta los errores quedaron bien en este concierto.

Buenos músicos experimentados y buenas canciones ideadas con esa mezcla de nostalgia y talento creativo, ese es el secreto de esta banda madrileña que forma parte de la memoria musical de varias generaciones por derecho propio. Una banda que lleva cuatro décadas creando canciones inolvidables que ya son himnos y que con “Mi Paraíso” demuestran que aún tienen potencial para crear muchas más. 

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

Juan Valderrama: versos de mujeres con mayúsculas


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Juan Valderrama “Mujeres de Carne y Hueso”. Teatro Jovellanos, sábado 1 de febrero.

Delmira Agustini, Gloria de la Prada, Pilar Paz Pasamar, Ángela Figuera Aymerich, Alfonsina Storni, Joana Raspall y muchas otras, son grandes poetas que apenas figuran en los libros de texto o en las estanterías de nuestras bibliotecas particulares. Como mucho, algunas han conseguido que su nombre se ponga en la escuela pública del lugar donde nacieron o vivieron y que el alumnado del centro les rinda homenaje una vez al año, principalmente porque algún profesor devoto se empeña en ello.  El cantante Juan Valderrama ha querido rescatarlas del olvido y darles eco en un proyecto titulado “Mujeres de Carne y Hueso”, en el que también figuran poesías de escritoras más conocidas como Rosalía de Castro o Gloria Fuertes, esta última inspiradora del proyecto.  Los versos seleccionados sonaron en forma de canción acompañados por seis instrumentistas y convencieron al público del Teatro Jovellanos, a pesar de los desafines de la voz de Valderrama. En general, sonaron buenos arreglos y si algo ensombreció este proyecto tan fantástico fue precisamente esas notas desafinadas que se escapaban de vez en cuando (más a menudo de lo deseado) en sus fraseos.

La primera poesía que sonó fue “Alma desnuda” de Alfonsina Storni, una mujer con una historia de vida digna de muchos ríos de tinta (como la mayoría de estas mujeres), cuyos poemas han caído en el olvido. La recordamos porque fue la protagonista de aquella memorable canción “Alfonsina y el mar” cantada por Mercedes Sosa. Valderrama hizo una versión lírica sensible con acompañamiento del chelo de Cary Rosa Varona. Siguió la mejor canción del disco para mi gusto, un canto al amor en forma de bolero que pone música a la genial “Pienso mesa y digo silla” de Gloria Fuertes.

Quien le iba a decir a Sor Juana Inés de la Cruz que su poema “Hombres Necios”, que escondía debajo de un escalón junto a muchos escritos porque la iglesia le prohibía escribir, iba a sonar siglos después en una canción a ritmo de montuno. La salsa volvió en una versión de “Gracias a la vida” de Violeta Parra con clave y tumbaos auténticos, gracias al predominio de instrumentistas cubanas como la pianista Isbel Noa, la chelista Varona o la percusionista Valerie Espinosa. Buenos músicos que también saben darle el ritmo adecuado a otros estilos como el chotis, la copla o toques flamencos, con un acompañamiento muy bien hecho a la guitarra en temas como “El Secreto”, cuya letra es de la gaditana Pilar Paz Pasamar, apadrinada por Juan Ramón Jiménez y muerta recientemente, aunque ni siquiera se dio la noticia en Canal Sur, como recordaba Valderrama.

El “Asturias” de Víctor Manuel y el homenaje que rindió a su padre, el gran Juanito Valderrama y su famosa “El Emigrante”, desató la emoción y corrieron las lágrimas que justificaron los desafines. Las comparaciones son odiosas, sin embargo, el público se mostró encantado.
En definitiva, salvo pequeños detalles el proyecto es fantástico y merece la pena aplaudir y apostar por un espectáculo que nos descubre a estas grandes artistas del verso. Quédense con estos nombres y dediquen un rato a navegar por la red para buscar sus historias y sus poesías. Verán qué bien se lo pasan.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

domingo, 26 de enero de 2020

Dulce Pontes: Con estilo propio





Dulce Pontes, “30 años de música”. Teatro Jovellanos, sábado, 18 de enero. 

Hablar de Dulce Pontes como una de las máximas exponentes del fado, aunque es correcto, significa encasillarla en un estilo del que escapa constantemente. Y no porque reniegue de su cuna -todo lo contrario-, sino porque le gusta explorar otros terrenos musicales hasta dominarlos y hacerlos suyos. Su gira “30 años de música” celebra mucha música a sus espaldas y hace un repaso de grandes canciones a lo largo de toda su trayectoria. La elección del repertorio no fue del gusto de todos y quizás faltaron temas como  “Asturias” que se incluye en su último trabajo “Peregrinaçao” (2017), o la espectacular “A Rose Among Thorns”, compuesta por Ennio Morricone para la banda sonora de “La Misión”, cuya versión cantada por la portuguesa pone los pelos de punta. 

Durante los tres primeros temas se enfrentó sola con el piano a un teatro Jovellanos abarrotado por completo. La interpretación  íntima de “A Minha Barquinha” dio paso a “La Boheme” de Charles Aznavour, cantada en español y con un arreglo de piano algo más elaborado.  Siguió con “Ondeia”, donde hizo un gran alarde de técnica vocal con fraseos complicados y agudos imposibles, la constante de la mayoría de los temas que ofreció en el recital. Se sumaron al escenario el guitarrista Daniel Casares y el contrabajista Yelsy Heredia, ofreciendo variedad rítmica y sabores cubanos, brasileños o jazzísticos, incluso coqueteando con el flamenco, que estuvo muy presente en las virtuosas manos de Casares. Un repertorio de lo más variopinto en el que los tres empastaron a la perfección. 

La parquedad de palabras de la cantante hacia el público la suplió con un lenguaje corporal divertido entre guiños y bailes, haciendo partícipe a los presentes con coros y palmas, pero sobre todo con una voz que llenaba todo el teatro. Pocas notas desafinadas hubo entre tantas florituras vocales abarcando una  tesitura amplísima. Impactante fue su versión de “Senhora do Almortao” .o “Cai Dentro” de Elis Regina, con improvisaciones buenísimas planeando por encima de una armonía muy difícil. Su versión de “O Pato” de Joao Gilberto, onomatopeyas incluidas, fue divertida y con una introducción que recordaba a las improvisaciones de Al Jarreau. Causó sensación la desgarradora versión de “La Leyenda del tiempo”, un tema de Camarón con letra de García Lorca en el que la guitarra hacía contener el aliento. 

También hubo momentos para recordar a Chavela Vargas con “El último trago” o a Alejandro Fernández  y su “Procuro olvidarte”, de nuevo con una introducción de guitarra flamenca espectacular. El público en pie no quería despedirse sin escuchar la “Cançao do mar”, probablemente su mayor éxito de todos los tiempos. 

Dulce Pontes es una artista singular, con un estilo inclasificable y con una voz muy trabajada a base de buena técnica y de explorar diferentes géneros musicales. Sin duda, pasará a la historia como una de las grandes voces en su estilo y el público del teatro Jovellanos lo pudo comprobar. La ovación fue sonora.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

We love Queen: con Queen no hay riesgos





Teatro Jovellanos, viernes, 10 de enero.

Casi todo lo que tenga que ver con Queen funciona. Sus legiones de seguidores se apuntan a cualquier espectáculo que se monte en torno a la mítica banda británica que capitaneó Freddie Mercury durante dos décadas y que aún sigue vigente, aunque sea esporádicamente. Por lo tanto, la compañía Yllana, creadores de “We love Queen” apostaban sobre seguro y el resultado es que llevan ya dos años arrasando por los teatros españoles. Pero para rendir un homenaje a Queen y no caer en lo hortera hace falta hacerlo muy bien. El espectáculo que presenciamos en el teatro Jovellanos está bien ejecutado y con muchos aciertos, pero hay algunos detalles a lo largo del show que defraudan.

El recibimiento de los espectadores por parte de seis monjes extraños, antes de abrirse las cortinas para mostrar el “templo”, ya apunta que no se trata de un musical serio, sino que el humor estará presente. Un acierto y algo habitual en los espectáculos de la compañía, que ha triunfado con “The Hole” y “Hoy no me puedo levantar”, entre otros. Estos seis monjes se transformaron en bailarines que mostraban distintas escenas de baile a lo largo del repertorio, pero no vimos ninguna muestra coreográfica de cierto nivel: más bien parecían coreografías de aficionados.  Por otro lado, la puesta en escena es austera pero más que suficiente.

El maestro de ceremonias Enrique Sequero, destacó en su faceta de actor con divertidas presentaciones cargadas de anécdotas de cada tema y conduciendo todo el show con dinamismo, pero en lo referente a su faceta de cantante tuvo sus más y sus menos y algunos temas le quedaron demasiado grandes, “Who wants to live forever” o “Bohemian Rhapsody”, por ejemplo. Sin embargo, Manuel Bartoll que se encargaba de coprotagonizar la parte vocal, llevando el peso en los temas más complicados, brilló con creces. No hubo cambio de tonalidades para que fuera más cómoda la tesitura de la voz, se respetó el tono original y Bartoll salvó con nota temas como “Show must go on” o el himno de despedida “We are the Champions”. Su voz es perfecta para los musicales: sin parecerse a la de Freddie (ni se pretende), su tesitura y potencia le permiten abordar muchos repertorios distintos. Un gran cantante. 
 
En cuanto a lo musical, se mezcla la interpretación en directo de batería, guitarra y bajo con varias pistas grabadas, principalmente teclados y coros (Queen también lo hacía). Destaca la labor del guitarrista Jorge Ahijado, que ya tiene mucha experiencia en este tipo de espectáculos, con la interpretación de los solos ideados por Brian May. Por lo demás, salvo pequeños errores de sincronía, volúmenes y algún desafine (Bohemian Rhapsody, por ejemplo), la mayor parte de los temas sonaron potentes y por instantes casi podíamos sentirnos como parte del público del mítico concierto del estadio de Wembley, allá por 1986.
“We Love Queen” no pretende imitar a la banda británica, para eso ya están los argentinos “God Save the Queen” que lo hacen estupendamente. Este espectáculo busca revivir aquellas grandes canciones con la complicidad de espectadores de diferentes generaciones. Lo lograron porque los asistentes se lo pasaron en grande participando con coros, palmas e incluso con coreografías desde sus asientos en este espectáculo tributo a una de las bandas más imperecederas de todos los tiempos. Y aunque tenga sus errores la idea es un éxito y el público se fue feliz. Queen forever.  

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España