Teatro Jovellanos, miércoles, 18 de febrero de 2026.
Los promotores de “The Best of Soul” han sabido vender el espectáculo como un show
de primer nivel, y el público respondió agotando las entradas del Jovellanos. Con una
puesta en escena vistosa y un conjunto musical sólido -formado por cuatro voces, banda
rítmica y cuerdas que le dan el punto de sofisticación-, realizaron un viaje sonoro por las
canciones más míticas de la historia del soul y el doo-wop, a base de clásicos
inmortales.
Sin embargo, el resultado dista de ser ese espectáculo redondo que promete. Pese a la
calidad intrínseca de canciones únicas e irrepetibles popularizadas por artistas como
James Brown, The Temptations, Sam Cooke, Otis Redding o Percy Sledge, la función
carece de alma y termina ofreciendo una calidad irregular.
Las cuatro voces masculinas –de nombres desconocidos- presentan un nivel desigual.
Destaca especialmente el cantante que abre con “Papa Was a Rolling Stone”, un
barítono imponente con graves sólidos y una tesitura amplia que firma algunos de los
momentos más memorables de la noche, como “Georgia on My Mind” o “Shout”.
Frente a él, otra de las voces opta por un falsete para abordar repertorio asociado a
voces femeninas –como Aretha Franklin-, con un resultado artificial y falto de fuerza.
¿Tan difícil era contar con una voz femenina? Los otros dos cantantes alternan pasajes
solventes con deslices de afinación, abusando de glissandos que no siempre aterrizaban
donde deberían.
El espectáculo resulta además impersonal: no hay presentaciones de canciones ni de
intérpretes, ni apenas interacción con el público, excepto para pedir palmas. Los temas -
hasta cuarenta y siete- se suceden uno tras otro, separados únicamente por breves
segundos de fundidos a negro. Ni siquiera los nombres de los artistas se anuncian
durante la función; aparecen proyectados al final, a toda velocidad, como si fueran
créditos de cine.
En definitiva, “The Best of Soul” es un espectáculo que lo tiene todo para triunfar y, sin
embargo, carece de vida. Un producto impecable en su envoltorio, pero
sorprendentemente frío en su esencia.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España.
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