Gira “El último vals”, Teatro de la Laboral, Gijón, viernes, 13 de marzo de 2026.
Cuando sonaron los primeros acordes de “Bienvenidos”, el Teatro de la Laboral
entendió rápidamente que la noche iba a ser, sobre todo, un ejercicio de memoria
compartida. A sus casi 82 años, Miguel Ríos regresó con la gira “El último vals”, un
título que sugiere despedida pero que, al menos sobre el escenario, todavía no parece
definitivo, porque a este yonqui de los aplausos aún le queda fuelle y energía.
Arropado por su banda habitual, The Black Betty Boys, fue desgranando algunas de sus
canciones más emblemáticas ante un auditorio prácticamente lleno, alternando
momentos estelares, como “El blues del autobús” con otros en los que el paso del
tiempo se hizo notar. Canciones como “Vuelvo a Granada” o “No estás sola”
mantuvieron buena parte de su carga emocional, mientras que incursiones en el rock and
roll más clásico -“Sábado a la noche”, “Bumerang” o el inevitable “Rock de la cárcel”-
lograron que parte del público abandonara la contención de la butaca para acompañar el
ritmo.
Las casi dos horas de actuación dejaron también algunos signos de desgaste. En la
segunda mitad del recital, temas exigentes como “Insurrección” o “A todo pulmón”
evidenciaron cierta fatiga vocal. Sin embargo, el oficio acumulado durante décadas y
una banda sólida y eficaz en los coros permitieron salvar el momento.
El repertorio incluyó varias piezas de su último trabajo, entre ellas la balada “El último
vals”, que exigió un esfuerzo extra al cantante. También sonó “No es la tierra, estúpido.
Eres tú”, dedicada al “matón planetario”, Donald Trump, en una muestra más del
compromiso que Ríos ha mantenido a lo largo de su carrera por no callarse ante los
atropellos sociales que se cometen a lo ancho del planeta.
Puede que la voz ya no tenga la contundencia de otros tiempos, pero el repertorio, la
experiencia y su buena técnica siguen sosteniendo el espectáculo. En Gijón, más que
una despedida, lo que se vio fue a un veterano del rock que todavía se resiste a
abandonar el escenario.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España.
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