lunes, 14 de enero de 2019

Sara Baras: Sombras flamencas

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Sara Baras  “Sombras”. Teatro Jovellanos. viernes, 11 de enero/2019

Casi dos horas de espectáculo que se evaporan en un instante porque el diseño, la puesta en escena, la música y la calidad artística de cada uno de los integrantes es tan alta que no da tiempo ni a respirar. Así es “Sombras”, el nuevo espectáculo de Sara Baras presentado en el teatro Jovellanos, para celebrar veinte años de su compañía de baile “Ballet Flamenco Sara Baras”.La propuesta es “un viaje a través del tiempo, de los colores, del silencio y del bullicio, de la multitud y de la soledad, de la luz y de las sombras”, como cita el programa de mano. Un viaje a través de trece números que comienza y termina con “Sombras”, donde el arte y el taconeo de la bailarina a velocidad de un martillo neumático, hizo sucumbir a un público que abarrotaba el teatro y no dejaba de exclamar “Ole” y “guapa”, entre muchos otros piropos.

Abrieron con el cuerpo de baile proyectando sombras a través de un juego de luces milimétricamente medido para dar paso al virtuosismo de los pies de la protagonista, acompañada por el gran guitarrista Keko Baldomero. Si espectacular fue el inicio aún más la “Farruca”, cuyo nombre se debe a la denominación en Cuba y en Andalucía de los gallegos y asturianos recién migrados. Un baile masculino creado por Faíco y popularizado por Antonio Gades que Sara ha convertido en habitual de sus coreografías. Los muchos contratiempos de gran dificultad  y la carga expresiva que tiene el cante lo convierten en un cuadro de gran impresión. La “Farruca” se iba transformando en “Martinete”, con todos los bailarines moviéndose con gran precisión. Muy destacable las bailarinas en “Mariana”, un palo muy cercano a los tientos en el que también se lucieron las voces a pelo de Rubio de Pruna e Israel Fernández.

Impactante fue la coreografía de Sara Baras y José Serrano en el “Vals” sobre un poema de García Lorca, musicalizado por Leonard Cohen y muy bien adaptado por Keko Baldomero para la ocasión. Con los “Tangos”, José Serrano demostró que es un gran compañero de baile -además de sentimental- y arrancó una estruendosa ovación.

Aún faltaba la “Travesía”, en la que pudimos escuchar el violín de Ara Malikian sonando de fondo. Todo un lujo. Después, una “Alegría”, una “Bulería” y toda la compañía presente para el “Fin de Fiesta”, cerrando un espectáculo que te atrapa. Y es que la potencia, la velocidad, la precisión y el arte de Sara Baras (de abuela asturiana) es deslumbrante, pero sus espectáculos son redondos porque se acompaña de grandísimos músicos, un gran cuerpo de baile y un equipo técnico que no deja nada al azar. Nos dolían las manos de aplaudir.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

jueves, 3 de enero de 2019

Concierto vienés muy español

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Concierto de Año Nuevo. Orquesta Filarmónica de España, Coral Polifónica Gijonesa Anselmo Solar, Coro Joven de Gijón, Coro Castillo de Gauzón, Jessica Stabros (soprano), Nuria Lloris (bailarina). Teatro Jovellanos, martes 1 de enero/2019.

Un acierto por parte del director Mariano Rivas, al frente de la Orquesta Filarmónica de España, incorporar al tradicional Concierto de Año Nuevo de Gijón música de zarzuela. En 1939 se celebró el primer concierto de este tipo en la “Sala Dorada” de la Musikverein de Viena y, desde entonces, cada ciudad celebra su particular Año Nuevo con un programa más o menos similar: piezas muy conocidas  de la saga Strauss y otras de compositores clásicos de éxito. Sin embargo, en los últimos años los directores españoles apuestan por introducir clásicos de nuestra cultura y la zarzuela es el máximo exponente.

La Obertura de “El barón gitano” y la polca “En  los valles de Krapfen”, ambas de Strauss II, iniciaron un concierto  cargado de humor y complicidad con un público que abarrotaba los asientos del teatro Jovellanos. La primera muestra de zarzuela fue la polca de “Las Mujeres” de Gerónimo Jiménez, uno de los compositores más prolíficos del género. La Filarmónica estuvo muy correcta en la interpretación de todas las obras. La petenera “Tres horas antes del día” de “La Marchenera” (F. Moreno Torroba), fue la ocasión para lucirse la soprano americana Jessica Stavros, habitual en los teatros españoles y con una técnica muy depurada. Volvió a destacar con “La Viuda Alegre” de Franz Lehár, donde Stabros demostró mucha sensibilidad y emotividad. Espléndido el despliegue de voces formado por la Coral Polifónica Gijonesa “Anselmo Solar”, el “Coro Joven de Gijón” y el “Coro Castillo de Gauzón”: bien ensayado, bien afinado y con mucha ilusión por participar en este concierto. Así lo mostraron en todas sus intervenciones, especialmente en la marcha de “Los Gavilanes” (J. Guerrero) y en “Heia, Heia, en las montañas está mi patria” (E. Kálmán), que cerraba el programa oficial. El coro espléndido y el director aún más, por su expresividad y su simpatía.

Uno de los momento estelares de la noche fue la salida a escena de la bailarina Nuria Lloris para interpretar la danza final de “El Sombrero de Tres Picos”, en la primera parte del programa. Lloris contaba con poco espacio para bailar, debido a tanto despliegue de personal en el escenario, aún así encontró su hueco y se lució, aunque con las castañuelas no estuvo tan afortunada.

El público se mostró encantado con el repertorio y  reclamó más música. Siguiendo la tradición incorporada por Willi Boskovsky desde 1954 y ya fuera de programa, el concierto finalizó con la interpretación del “Danubio Azul” y la “Marcha Radetzky”, con los asistentes haciendo lo posible por acompañar con palmas al compás. Un éxito gracias al buen sentido del humor de Rivas que, además de dirigir la orquesta, dirigió al público  para que la sincronía rítmica fuera perfecta. Casi se logra.

Aunque sea a base de escuchar piezas de consumo fácil este tipo de conciertos sirven para acercar al público a la audición de música clásica. Y en esta ocasión, además, hemos podido disfrutar de fragmentos de zarzuela, un género que merece mucha más reivindicación y que está próximo a declararse Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Así lo esperamos.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

miércoles, 2 de enero de 2019

Nacho Vegas: casi un gran cantautor

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Nacho Vegas. Festival Metrópoli Winter. Teatro de la Laboral, sábado, 30 de diciembre/2018.

De todos es sabido la importancia de los cantautores en cualquier sociedad. Ellos tienen la misión de agitar conciencias y de hacer reflexionar a las masas para hacer de este mundo un sitio un poco más agradable. En Asturias tenemos a Nacho Vegas que, con una trayectoria más que consolidada, se ha convertido en  uno de los cantautores más aclamados en castellano. La presentación de su disco “Violética” era la excusa perfecta para una puesta en directo que llegó al teatro de la Laboral servida de polémica en las redes sociales por el recinto escogido. Pero ese no es el tema que a mi me concierne. “Violética” está plagado de temas originales, con buenas letras y bien elaborados, siguiendo la línea de sus últimos trabajos “Resituación” y “La zona sucia”, en cuanto a ideas. El problema  de Nacho Vegas es que desafina demasiado. Y a mi particularmente me molesta.

“El corazón helado” inició el concierto con la presencia del “Coru Antifascista Al Altu La LLeva” y los músicos Eduardo Baos (guitarra), Joseba Irazoki (guitarra), Manu Molina (batería) y los de “León Benavente” Luis Rodríguez (bajo) y el líder Abraham Boba (teclados). Muy bien el coro en casi todas las intervenciones, especialmente en “Ser árbol” -canción de amor que habla de los ideales sociales-, en el canto popular “Aida” que, aunque entraron flojitos luego lo solventaron con creces. También destacaron en “Ideología”, con la banda aportando armonías y texturas interesantes y un sonido muy cercano a “León Benavente”. Buenos arreglos sin grandes solos de guitarras ni de teclados, buscaron un sonido de masa sonora densa y saturada que iba in crescendo y empujaba duramente hasta pasar por encima de la voz en algunos estribillos finales.

Además de los temas de su último disco también hubo canciones para el recuerdo, como “La Plaza de la Soledad” del álbum “Cajas de Música difíciles de parar” o del anterior disco  “Ciudad Vampira”, cantada en asturiano y contextualizada en Gijón. Más calmada y con mucha presión final sonó “La pena o la nada” que fue grabada con Bunbury para “El tiempo de las cerezas”.  Algunas imágenes proyectadas contextualizaban los temas que sonaban contribuyendo a una puesta en escena bien trabajada. Muy guapa y muy apropiada la imagen de la guitarra con el texto “This machine kills Fascist”, inspirada en el cantautor Woody Guthrie cuyo texto aparecía impreso en su guitarra.

En definitiva, Nacho Vegas ha cocinado un buen disco cuya puesta en directo engancha al público afín. Así lo demostraron abarrotando la butaca del teatro disfrutando su concierto. Como decía antes, el problema de este cantautor es que desafina demasiado. De hecho, creo que que es el cantautor que más desafina, por encima de Sabina o de su ídolo Leonard Cohen. Ser cantautor y desafinar no van de la mano, es una cuestión totalmente subsanable, sólo hay que tomárselo en serio y asistir a clases.  Después de todo hablamos de música, la música tiene unas reglas y los grandes artistas son los que conocen las reglas y luego se las saltan. Porque pueden y quieren. Y este no es el caso.

Critica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Otra vez Malikian

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Ara Malikian: Festival Metrópoli Winter. Palacio de deportes Adolfo Suárez. Domingo, 23 de diciembre, 2018.

Si Ara Malikian decidiera aparcar el violín y dejar la música podría dedicarse a hacer monólogos para el Club de la Comedia y se ganaría la vida perfectamente. Humor no le falta y discurso tampoco. De hecho, repite los mismos discursos en cada concierto y sigue gustando. Un encargado de la seguridad del Palacio de Deportes comentaba previo al concierto: “si viniese todos los días llenaría todos los días”. Dado el caso no se si sería para tanto, pero el hecho es que cuelga el cartel de lleno absoluto al poco de anunciar una nueva fecha y Gijón se ha convertido en cita obligada cada año.


Llegó a Gijón y repitió el concierto del verano del 2017 titulado “La increíble gira de Violín”. Si obviamos que no se acordó de los “percebes” y su historia por tierras asturianas todo lo demás fue clavado al concierto anterior, incluídas pausas, monólogos y coreografías. Sonó “Voodoo Child” de Jimi Hendrix mezclado con el “Requiem” de Mozart. También “Life on Mars?” de David Bowie o “Kashmir” de Led Zeppelin, intercaladas con Bach o la “Campanella”  de Paganini. Por supuesto no faltaron sus habituales “Danza Armenia”, el “Comodín Nº 8”, -versión de “Pajaritos por aquí”, o “El Vals de Kairo” dedicado a su hijo cuando aún estaba en la barriga de su madre. Y también tuvo su momento triste para acordarse de todos los refugiados y los migrantes.

Si al hecho de repetir concierto añadimos que muchos  de ellos están colgados en internet y se pueden ver cómodamente desde el sofá con la calefacción bien humeante, ¿merece la pena volver a pagar otra vez la entrada -que no es barata- y pasar mucho frío en un pabellón de deportes en pleno mes de diciembre? Suena de locos pero sí merece la pena. Por un lado da gusto ver cómo interactúa con su banda, formada por músicos de gran nivel que integran un cuarteto de cuerda, batería y percusión hindú, a los  que se suma el guitarrista Tony Carmona, habitual de grandes del pop español como “Mondragón”, Aute, Serrat o Luz Casal. También es un placer escuchar sus discursos tan divertidos y tan bien contados, aunque sean los mismos: ya lo decíamos antes, para monologuista no tiene precio.

Pero lo mejor es verle tocar el violín con maestría, con energía y con técnica impecable. Si lo vemos de cerca podemos observar cómo se van desgastando los pelos de su arco por el roce, a menudo que transcurren los temas. Muchos miles de notas salen de ese violín en cada concierto -al que bautizó como Alfredo Ravioli-, para ofrecer un repertorio que, aunque lo pueda parecer no es fácil. Es difícil dar coherencia a estilos tan contrastados como el rock, el glam, el barroco, el clasicismo, el romanticismo o las músicas de Europa del Este. Malikian encontró la fórmula para unificarlas todas y las aderezó con mucho sentido del humor. Por eso es capaz de llenar estadios una y otra vez y recibir ovaciones sonoras, como la de Gijón. Aunque repita el mismo concierto siempre hay hueco para una lectura nueva. Por lo tanto, aunque sea lo mismo sí merece la pena escuchar otra vez a Ara Malikian.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Joshua Nelson: Góspel sin edulcorantes

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Joshua Nelson & The New Yorkers Gospel. Festival de Gospel de Gijón. domingo 17 de diciembre.

Traer al Teatro Jovellanos a Joshua Nelson, acompañado por “The New Yorkers Gospel”, ha sido un gran acierto por parte de la organización para que no perdamos la fe en los festivales de este estilo musical. Digo esto porque es un estilo que funciona muy bien y siempre se llenan las butacas, el problema es que a estas alturas se ha estandarizado tanto que todos los conciertos suenan más o menos igual. Todos tienen una puesta en escena muy similar, todos tienen grandísimas voces, cantan más o menos el mismo repertorio - “Oh happy day”, “When the saints”, “Silent night”, “Jesus is the light”, etc- y todos empiezan y terminan con la misma cadencia. Ya lo decíamos en estas páginas al mencionar a “Chicago Mass Choir”, encargados de abrir el festival de esta edición: son buenísimos pero de producción en serie.


Si escuchamos a Mahalia Jackson podemos entender cómo siente la música Joshua Nelson, es la anarquía del gospel estandarizado, es la vuelta a las raíces del gospel. Para empezar nada de sermones religiosos, de hecho su espectáculo lleva por título “El Evangelio según Joshua”, toda una declaración de intenciones. De religión judía -nacido en Nueva York y de origen senegalés-, mezcla  la tradición “Kosher” con el soul y el gospel inspirado en el canto de la reina del gospel.

Comienza su espectáculo como otros lo terminan: aparece por los pasillos del teatro cantando a capella, seguido de sus integrantes ataviados con panderetas y tabla de lavar, sumergiendo al público en una gran fiesta para seguir así hasta el final. Ya en el escenario frente al piano, va desgranando tema tras tema a base de “work songs” y de cantos espirituales de raíces africanas en los que la improvisación siempre tiene cabida. También canta los clásicos citados antes, pero a su manera. De hecho, las armonizaciones vocales y las coreografías no están estandarizadas: cada componente de la formación suelta alaridos gospelianos cuando le apetece y se mueve libremente por el escenario.


Por otro lado - lo que más nos interesa-, cuando vamos a un concierto de gospel queremos escuchar grandes voces; Joshua Nelson tiene una voz inmensa y un timbre precioso sustentado por una energía desbordante. Su forma de tocar el piano o el órgano es técnicamente incorrecto por salvaje y visceral,  pero justamente es lo le hace más atractivo. Eso se llama tener feeling. El instrumento está al servicio de las voces, de la suya propia y de los nueve miembros que componen “The New York Gospel”, con buenas voces de tesituras muy contrastadas.

Joshua Nelson es todo un personaje que se define a sí mismo como “la peor pesadilla del Ku Klus Klan” y no sabemos cuánto hay de cierto en esto, lo que sí sabemos es que Nelson es capaz de mantener en plena orgía festivalera al aforo del teatro Jovellanos durante hora y media. Una fiesta por todo lo alto que nos traslada a los orígenes del gospel. Al gospel de verdad.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

lunes, 17 de diciembre de 2018

El Faro: Un espectáculo para exportar

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"El Faro", Estreno del espectáculo en el Teatro de la Laboral. Protagonistas: Ana Belén y Alberto Rodríguez. Textos: Luis García Montero. Idea original: Javier Blanco y Manuel Paz. Intérpretes: Orquesta de Cámara de Siero, Coro de Voces Blancas del Nalón, colaboran Andreas Prittwitz, David Varela. Dirección de escena e Iluminación: Laura Iglesia y Carlos Dávila. Viceoarte: Rob Loren sábado, 15 de diciembre del 2018.

Los numerosos asistentes al Teatro de la Laboral que presenciaron el estreno de “El Faro” pueden sentirse privilegiados por haber vivido un espectáculo que, en principio y por desgracia, no se va a volver a repetir. Un compendio de grandes profesionales de diversas disciplinas se han unido para narrar las últimas horas de un farero (Alberto Rodríguez) al que le llega la hora de la despedida -”gracias por los servicios prestados”, dice la carta que recibe-, para ser sustituido por un ordenador.  Los diálogos del farero con la diosa Atenea (Ana Belén) y las ensoñaciones manifestadas a través de la música y la proyección de imágenes cuentan una historia muy actual y con gran profundidad, cuyo hilo conductor es la relación del hombre con el mar.

Mucha ambición y altura de miras hay detrás de la idea original de Javier Blanco y Manuel Paz que, en principio, iba a ser algo sinfónico pero ya metidos en harina se fue añadiendo levadura de la buena y la masa  fue creciendo hasta conseguir un espectáculo muy potente. Los textos del poeta Luis García Montero no tienen desperdicio, pues hay poesía y mucha filosofía. La puesta en escena y la iluminación bajo la dirección de Laura Iglesia y Carlos Dávila no podía estar más conseguida para contextualizar todo lo ocurrido. Horas y horas de grabaciones de Rob Loren han sido necesarias para ofrecer unas imágenes de videoarte que nos sumergen emocionalmente en la narrativa. Los protagonistas dos astros de la escena: a Ana Belén la hemos visto en su faceta de actriz con papeles dramáticos muy buenos y nos esperábamos una buena actuación, pero Alberto Rodríguez fue toda una sorpresa porque estamos acostumbrados a ver su faceta cómica,  sin embargo tiene una gran vena dramática. Me encantó.

En cuanto a la música, es una partitura muy bella con distintas partes contrastantes, con fragmentos espectaculares y de una gran creatividad. Lo más llamativo es que un espectáculo que reúne a tantísima gente en el escenario salga bien la primera vez que se representa.  Encima del escenario una orquesta de tamaño considerable como la “Orquesta de Cámara de Siero” destacando la sección de cuerdas que estuvo muy fina; preciosos cantos de sirenas emitieron el “Coro de Voces Blancas del Nalón”; el set de ritmo formado por batería, bajo, teclados y guitarras, empastaba perfectamente con la orquesta. Para completar, el aire celta en algunos fragmentos del acordeón de David Varela y las improvisaciones de flauta o de saxo alto de Andreas  Prittwitz engrandecieron la partitura original. Probablemente el entusiasmo con el proyecto y muchísimas horas de ensayo hicieron que cada componente diera lo mejor de sí mismo y, salvo algún pequeño matiz, no hay pega posible.

Para finalizar Ana Belén, con su habitual afinación exquisita y acompañada por todos los músicos, cantó “Las laboriosas vidas marineras”, un precioso tema compuesto para la ocasión por Víctor Manuel basado en los versos del mexicano Hugo Gutiérrez Vega.

“El Faro” es un espectáculo diferente que es capaz de cautivar al espectador a través de todos los sentidos. Tiene mucha calidad creativa y está muy bien ejecutado, por lo tanto se merece más representaciones, aquí y en otras latitudes. Esperemos que así sea, al fin y al  cabo el mar y los sentimientos que provoca son universales.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Beatriz Díaz y Alejandro Roy: Lo mejor de la lírica asturiana


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Beatriz Díaz (soprano) y Alejandro Roy (tenor): “Gala Lírica Asturiana”, organizado por la Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, 12 de diciembre /2018.

Es sabido que en Asturias hay mucho talento artístico, pero de vez en cuando es necesario darle visibilidad, y de esta manera hacer “profetas en su tierra”. Es el caso del tenor Alejandro Roy y de la soprano Beatriz Díaz, recientemente nombrada “Asturiana del Mes” por LA NUEVA ESPAÑA. El Teatro Jovellanos, en colaboración con la Sociedad Filarmónica de Gijón, ha apostado por una gala en la que se unen las dos grandes figuras de la lírica y muestran su talento con una selección de arias y dúos procedentes de las mejores óperas italianas, en su mayoría veristas.

Quedó claro que Puccini es uno de los favoritos de ambos cantantes, pero también hubo alguna muestra de Verdi, Leoncavallo, Amilcare Ponchielli  y los menos habituales Francesco Cilea y Alfredo Catalani. Una gala muy complicada porque cada cantante está obligado a dar el “triple salto mortal” en cada una de sus intervenciones, no hay números de relleno y optan por enfrentarse a las partituras más exigentes. Además no hay ni orquesta ni coro sobre el que apoyarse, las voces se sostienen sólo con el acompañamiento del pianista Juan Antonio Álvarez Parejo, por lo tanto, cualquier mínimo error se aprecia. Abordar este repertorio y de esta manera indica el gran nivel que tienen los dos cantantes.

Abrieron con el difícil dúo de amor, “Gia nella notte densa”, de la ópera “Otello” (Verdi), basado en la obra de Shakespeare: todo un reto y una muestra de gran compenetración en la pareja. Brillante fue el dúo “Mario, Mario” de “Tosca”, cantado con mucha sensibilidad, en el que fluyó la química entre ambos. También, muy destacable el dúo que representa el encuentro entre “Cio-Cio San” y su marido el teniente “Pinkerton” en “Madama Butterfly” (Puccini). Más discreta fue la intervención del dúo final “O soave fanciulla”, de la ópera “La Bohème” (Puccini), muy correcta pero sin llegar a pellizcar.

Breve y brillante fue el aria “Addio fiorito asil” de la ópera “Madama Butterfly” cantada por Alejandro Roy, al igual que “Ch’ella mi creda”, también de Puccini, que precisa de mucha intensidad y sensibilidad. Sus intervenciones más destacadas fueron: “Vesti la giubba” (Leoncavallo) y la propina  “E lucevan le stelle” de “Tosca”, partituras exigentes que requieren mucha madurez vocal.

En toda su plenitud está la voz de Beatriz Díaz al escoger un repertorio como el de la gala. Aunque la ópera verista  Adriana Lecouvreur (Cilea) no es muy representada, la belleza del aria “Io son l’umile ancella” hace que muchas grandes cantantes la incluyan en su repertorio solista.  Beatriz Díaz levantó las primeras ovaciones por la belleza tímbrica y el gran dominio de la técnica. Muy cómoda se sentía Díaz en el papel de “Cio-Cio San” cantando “Un bel dì vedremo”, (Puccini). Intensos aplausos desató después de “Ebben, ne andrò lontana” (Catalani), una pieza poco conocida que requiere un gran control de dinámicas. Finalizó con la propina “O mio babbino caro”, que termina con un pianissimo delicioso, mostrando así que está a la altura de las más grandes sopranos.

Sin duda, los dos asturianos mostraron todo un alarde de buena técnica vocal, potencia y sensibilidad, en una gala poco frecuente y muy necesaria para poder apreciar la calidad de los nuestros.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

viernes, 7 de diciembre de 2018

Silvia Pérez Cruz y Marco Mezquida: Un encuentro irrepetible

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Silvia Pérez Cruz  y Marco Mezquida. Teatro de la Laboral. sábado, 1 de diciembre, 2018

Silvia Pérez Cruz no es una cantante de masas enloquecidas de consumo rápido y fácil, es de ese tipo de artistas capaz de llegar a un público heterogéneo y exigente. Llevaba tiempo queriendo cantar junto al pianista Marco Mezquida pero no encontraban el momento oportuno, por sus apretadas agendas. Esta fue la ocasión para el encuentro y un privilegio poder escuchar una actuación como la que nos ofrecieron en el Teatro de la Laboral.
Escogieron un repertorio de lo más variopinto, sin novedades pero con mucho gusto. Arrancaron de modo íntimo con poca luz, ella sentada en el suelo y Marco al piano vertical con “My funny Valentine”. Versión difícil de reconocer  y nada que ver con otras como la de Sinatra, Ella Fitgerald o Chet Baker; ni un verso cantó, solo notas monosilábicas sobre un arreglo al piano vertical a base de escalas y arpegios sinuosos improvisados. Poco a poco la actuación iba cogiendo ritmo sin perder ese punto de intimidad que busca la cantante catalana en sus conciertos. Jugando con las cuerdas del piano de cola, a modo de arpa y después con las teclas, muy debussiano sonó el comienzo de “Plumita”. Pasó por toques flamencos, blues y volvió a ser etéreo, mientras la melodía vocal era más propia de un canto lusitano.  Esta fue la tónica del repertorio: variedad, experimentación tímbrica, improvisación y todo un alarde de dominio de distintas técnicas pianísticas y vocales que encandiló al público.

Buen gusto demostraron los dos al escoger temas tan exquisitos y poco escuchados como “Oración del Remanso” de Jorge Fandermole o “Barco negro” de Amalia Rodrigues. Sorprendente la mezcla de un coral de Anton Bruckner con un tema de Ornette Coleman. Menos sorprendente, por estar muy usada,  fue la versión de Chavela Vargas “Llorona”, pero bien. Parte del público contuvo las ganas de arrancarse a cantar “Padre nuestro tú que estás” en versión española y parroquial al escuchar “Sound of Silence” (Simon & Garfunkel). Por suerte Silvia la cantó en inglés comenzando a modo de espiritual negro para después transformarse en algo extraño con toques flamencos.

Silvia Pérez Cruz no deja de sorprender en cada una de sus actuaciones. Con aires más flamencos o con música más experimental se curra cada concierto para llegar a la gente y, guste o no guste es una artista que merece la pena ver en directo, al menos una vez. Por sus poros emana calidad vocal y conocimiento musical a raudales. En esta ocasión, acompañada por un pianista de tanto nivel como Marco Mezquida, pudimos disfrutar de un concierto que quedará para el recuerdo de los presentes y, probablemente irrepetible. La ovación final fue muy sonada.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Homenaje a Igor Medio: Reinterpretando la tonada


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Ciclo de Folk de Cámara “Igor Medio”. Museo Casa natal de Jovellanos. viernes 30 de noviembre.

La acústica del Museo Casa Natal de Jovellanos es adecuada  para un concierto como el que tuvo lugar este viernes, en un homenaje al fallecido músico asturiano Igor Medio. Los artífices tres músicos muy conocidos del panorama musical asturiano: Xose Martinez (Ún de Grao), a la guitarra y voz, Pepín de Muñalén, alternando la flauta traversa con el saxo y Tony Cruz, más fácil de ver con el contrabajo en sus colaboraciones con músicos de jazz. Más de una docena de piezas entre habaneras, añadas, cantares de ronda y principalmente tonadas, conformaron un repertorio sin mayores pretensiones que pasar un rato agradable en un entorno cómodo y aportar una nueva interpretación de la tonada.

Arrancó Xoxe con su guitarra acústica cantando una tonada para seguir con “Onde yo me pueda ir”, a la que se sumaron las melodías del saxo de Pepín. Para la animada “Torna la gocha Antona” ya estaban los tres músicos en el escenario, destacando las improvisaciones del saxo, por la calidad de ejecución y también por el volumen natural del instrumento que devoraba la sonoridad de la guitarra y el contrabajo. Más empaste de volumen hubo en “Quítate neña”, donde Pepín cogió la flauta traversa para adornar un cantar de ronda, con un arreglo muy guapo para aquellos versos que dicen: “si quieres que te quiera dame de aquello que me diste de nueche y taba bueno”.  

Gran parte de las letras asturianas no tienen desperdicio e invitan a hacer varias relecturas desde distintos puntos de vista. Xoxe Martínez suele respetarlas pero a veces cambia algunas frases simplemente porque no suenan bien, como es el caso de “Caleya arriba cantando”, donde suprime la frase “la que va a ser mi tormento” por “la dueña de mi pensamiento”. Así suena mucho mejor.

Algunas nanas también se interpretaron de una manera particular, entre ellas una en homenaje a Igor Medio que había grabado en un disco junto a Lisardo Prieto. Con tanta nana se bajó la intensidad del concierto, aunque sin llegar a dormirse. Para despedir enlazaron “El Besu” y “Agora no” en un arreglo muy agradable. Y es que  “Ún de Grao” allá por donde va reivindica una nueva forma de hacer canción asturiana, para que llegue a un público más heterogéneo -como el que estaba presente en la sala-, más moderno y menos encorsetado, simplemente porque es compatible. Hay gustos para todos y el trío formado para la ocasión gustó.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

viernes, 16 de noviembre de 2018

Carmen Souza: Jazz comercial con gran calidad

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Carmen Souza & Theo Pascal Creology Tour 2018. Festival Jazz Gijón. sábado, 10 de noviembre.

El cartel más comercial y capaz de atraer a un público heterogéneo al teatro en esta edición del Festival “Jazz Gijón” era Carmen Souza, sin duda. De origen portugués y ascendencia caboverdiana, fue etiquetada como “Best Jazz Singers” (2013) por la Radio Nacional Pública de Estados Unidos, una categoría bien merecida a raíz de lo escuchado en el Jovellanos. Carmen Souza no es sólo una gran instrumentista vocal capaz de abarcar tesituras amplias y controlar perfectamente la emisión de aire buscando sonidos y resonancias distintas a la proyección natural.  Souza cuenta con buenos músicos y buenas canciones que están construidas desde la reflexión y el conocimiento, fusionando jazz contemporáneo con ritmos brasileños y africanos.

Acompañada con su guitarra comenzó con “Xinxiroti” en alusión a un pájaro que cantaba todos los días cada vez más alto. Un tema lento con un final muy original para dar paso a la bossa nova “Song for my father” y  “Cape Verdean blues”, composiciones del gran pianista Horace Silver que influenció a una gran cantidad de primeras figuras del jazz contemporáneo. Carmen demostraba su dominio del scat con largas improvisaciones perfectamente afinadas. Los músicos acompañantes (bajo, batería y saxo) evidenciaban su calidad, destacando sobremanera Theo Pascal que alternaba el contrabajo y el bajo eléctrico y es autor de gran parte de las canciones de Carmen Souza.

Alternando la guitarra con el piano la cantante portuguesa conquistó a los más escépticos con la  samba “Upa Neguinho” y la presentación en idioma portuñol de la morna caboverdiana a ritmo de jazz “Magia Ca Tem“: un bonito tema lento con una armonía compleja y una buena improvisación del saxofonista británico Quinn Oulton. El público se lo pasaba en grande cantando el coro de “Ligria”, dando contestaciones al alegre “Code” o disfrutando del precioso tema “Moonlight Serenade”, con un acompañamiento de bajo excepcional.


Gran ovación se llevó el saxofonista por la improvisación de “Thursday”, tema con el que despidieron el concierto.  Aún faltaba el bis “África” y el público se puso de pie dispuesto a bailar en sus butacas y corear el estribillo con palmas hasta  que se fundieron en un gran aplauso.


Carmen Souza no sólo canta bien, tiene muchas tablas y se hace querer por su simpatía y su saber hacer. Se rodea de muy buenos músicos capaces de defender un repertorio difícil y muy bien seleccionado, con constantes cambios de ritmo para que la emoción no decaiga.  Una gran profesional que supo ganarse al público de Gijón a base de jazz comercial y de mucha calidad.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Portico Quartet: Rompiendo barreras sonoras

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Portico Quartet. Festival de Jazz de Gijón. Teatro Jovellanos, viernes 9 de noviembre.

Portico Quartet es una propuesta diferente para un festival de jazz como el de Gijón,
sin embargo, necesaria para romper barreras y salir del estancamiento. La taquilla del teatro Jovellanos no logró atraer a los más puristas del jazz y se quedó con media butaca. Éramos pocos pero disfrutamos de un concierto tocado por buenos músicos, capaces de recrear los oídos con sonoridades exquisitas. Esta banda británica lleva más de una década explorando  y creando atmósferas sonoras que bien podrían haber encajado en el Festival Internacional de Creación Audiovisual de Gijón (L.E.V.), pero que también encajan en un festival de jazz por la creatividad y por la técnica improvisada de cada uno de sus componentes.

Abrieron con “Double Space”, un tema que comienza con notas tenidas en el contrabajo tipo silent en las manos de Milo Fitzpatrick, al que se sumó rápidamente una capa sonora a base de platos del batería y líder Duncan Bellamy. Jack Wyllie, con una gran dosis de reverberación en el saxo soprano, aportaba las frecuencias agudas con arpegios y melodías abiertas. Para completar el cuarteto se sumaron los teclados de Keir Vine, sumergiéndonos en un ambiente a medio camino entre Brian Eno y  las últimas tendencias de Hans Zimmer con sus creaciones para la trilogía de Batman. De hecho, algunos pasajes recordaban al tema “Why so serious?”, tema leitmotiv del “Joker” en la primera entrega de Christopher Nolan.

Una de las características del sonido de este cuarteto es la utilización del Hang Drum, ese instrumento de percusión suizo tan cotizado por su capacidad hipnótica -y difícil de adquirir, salvo imitaciones-, que se suele tocar golpeando con los dedos en las hendiduras afinadas en escalas no cromáticas, pero Keir Vine lo hace con las mazas y da un peculiar sonido. Varios temas como “Current History”, “Isla” o “A Luminous Beam” impactaron por la buena técnica de los cuatro músicos, por la sonoridad de los dos Hang, por los cambios de dinámica tan bruscos, por los juegos con las panorámicas en el estéreo o las creaciones de loops y las manipulaciones del sonido en directo.  Pero lo más destacable de la banda son las polirritmias con las que juega el batería: virtuosismo exquisito y matices extraordinarios lo convierten en el mejor músico de la banda.

El poco público presente agradeció la experiencia sonora al cuarteto con una gran ovación y “Portico Quartet” dejó para el bis “Clipper or line”, un tema de lucimiento de los cuatro músicos que demuestran tener una gran técnica y una capacidad creativa, que parte del jazz y abarca una paleta sonora difícil de enmarcar en un solo estilo.  
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

sábado, 27 de octubre de 2018

Carvin Jones: Ya lo decía Eric Clapton

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Carvin Jones Band. Sala Memphis Live Music. Jueves, 25 de octubre


Algunas revistas famosas y prolíferas en rankings sobre guitarristas del mundo han situado a Carvin Jones como uno de los cincuenta mejores. Puede ser cuestionable la objetividad de estas listas y siempre surgen preguntas sobre quién las hace, con qué criterios, con qué objetivo, qué discográficas hay detrás, etc. Claro que si el mismísimo Eric Clapton es el que se manifiesta otorgándole una buen posición en alguno de los rankings gana  credibilidad. Lo más objetivo es situarse frente al artista y que cada uno saque sus propias conclusiones. Para comprobar el caso de Carvin Jones tuvimos la oportunidad de asistir a uno de sus directos en la sala Memphis, en la presentación de su último trabajo “What a Good Day”.


Desde las primeras canciones captamos una sonrisa permanente, cara de disfrute y transmisión de buen rollo a un público que abarrotaba la pequeña sala y que quería escuchar al guitarrista de Texas acompañado de un batería y un bajista, su formación habitual. En poco más de una hora disparó un buen set de canciones propias a base de buen blues, rock and roll y alguna balada, intercalando éxitos muy conocidos como “Johnny B. Goode” de Chuck Berry. Todo bien tocado, bien estructurado y con un sonido aceptable.



De voz no va muy sobrado, sin embargo tiene un timbre que engancha y apetece seguir escuchando tema tras tema. Pero el público estaba allí para escuchar los solos de guitarra y comprobar si es verdad que se parece a Jimmy Hendrix con las seis cuerdas, si tiene el toque de BB King o si habla de tú a tú con Steve Ray Vaugham, entre otros. Su exhibicionismo, a base de poses con la guitarra en la espalda, tirado por el suelo, atacando las cuerdas con los dientes o mezclándose entre el público, forma parte de su estilo heredado de otros grandes que lo implantaron primero. Y gusta mucho. Pero, ¿y si cerramos los ojos, dejamos a un lado el postureo y nos centramos en lo que toca? Pues va a ser que también gusta mucho. Los solos de guitarra a base de potentes distorsiones sobresaturadas, en ocasiones aderezadas con efectos de wah-wah y en otras con largas reverberaciones, cautivaron a los más exigentes. Hubo alarde de virtuosismo, fusión de escalas modales -no solo pentatónicas-  y dominio de múltiples técnicas como el tapping, bendings estirados al límite y resoluciones más que acertadas.


En definitiva, escuchamos a un guitarrista que tocó con los más importantes -Joe Cocker, Santana, Jeff Beck, Eric Burdon, Gary Moore, Albert Collins, etc.- ,estudió por los más grandes y se convirtió en uno de ellos a base de oficio. Porque Carvin Jones es un músico que, si puede, se sube cada día a un escenario para tocar. Y así es como se forja un buen guitarrista. Por mi parte suscribo la opinión de Eric Clapton.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

jueves, 11 de octubre de 2018

Sutra: más que danza

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Ciclo “Danza Xixón 2018”. Sutra- Sidi Larbi Cherkaoui & Sadler's Wells London.
Teatro jovellanos, martes 9 de octubre.


“Sutra” es un espectáculo que no deja indiferente. No es solo una exhibición de saltos
y movimientos de gran dificultad realizados por casi una veintena de acróbatas  y un niño
como protagonista. Sutra cuenta una historia de vivencias y de forma de entender el mundo
espiritual de los monjes Shaolín, que gira en torno al espacio privado y colectivo de cada
individuo. Sutra no es solo una danza más, es un espectáculo que atrapa y provoca reflexión.
El Teatro Jovellanos inauguró el ciclo “Danza Xixón” con “Sutra”, idea de Sidi Larbi Cherkaoui,
uno de los mejores coreógrafos de la danza contemporánea actual, que lleva más de diez
años ofreciendo este espectáculo por todo el mundo. Cuenta el propio coreógrafo que creó
la danza a petición de los propios monjes y se inspiró en el personaje de Bruce Lee. La
puesta en escena resulta atractiva por los contrastes de luces en torno a ocres y grises y
por las dieciséis cajas de madera -creadas por el artista británico Anthony Gormley-, que
bien hacen las veces de muros, de ataúd, de camas, de puertas de un templo o de tablero
de ajedrez. Todo para dar lugar a la meditación o narrar escenas de la vida privada y pública
de un grupo de individuos. Los espacios cambian muy rápido, sin dar lugar al aburrimiento.
En cuanto a los danzantes, alternan la fuerza y rapidez de las katas de kung-fu con
movimientos suaves y fluidos en una representación de la naturaleza y del mundo animal
(serpientes, grullas, batalla de escorpiones, etc).
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Para completar la puesta en escena escuchamos una composición de Simón Brzóska
tocada en directo por cinco músicos -percusión, trío de cuerdas y piano-, parapetados
detrás de un telón semitransparente, permitiendo así vislumbrar a los ejecutantes pero
sin poder despistarse de lo que está ocurriendo en el escenario central, es decir, la danza.
La creación musical es de gran calidad, destacando las intervenciones de violín que
exprimen las posibilidades sonoras del instrumento. También hay dulces lamentos del
chelo, melodías de piano acompañadas y, sobre todo, ritmos de percusión acompasados
con el golpeo de las cajas en el suelo y alaridos de los bailarines que provocan la subida
de adrenalina del público. Curioso es el fragmento en que se arrastran las cajas por el
suelo reproduciendo la sonoridad de una corriente de agua.  La composición musical
preciosa y bien ejecutada, sin embargo, nada que ver con el mundo oriental: la sonoridad
es totalmente contemporánea occidental, en su mayoría elaborada con escalas tonales;
lo más cercano al continente asiático que se escucha es algún pasaje que podríamos ubicar
en los países del este de Europa. No deja de ser una forma de establecer puentes de
conexión entre dos mundos, a priori, totalmente distantes.

En definitiva, un espectáculo que merece la pena ver y escuchar, para luego reflexionar.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España