lunes, 20 de mayo de 2019

Antonio Baciero: un gran histórico de la Filarmónica




Antonio Baciero (piano), Sociedad Filarmónica de Gijón. Teatro Jovellanos, miércoles 15 de mayo.  


Quince veces ha sido invitado por la Sociedad Filarmónica de Gijón el pianista, musicólogo y organista Antonio Baciero y quince grandes ovaciones se ha llevado. La última este miércoles, tan aplaudida que arrancó de su generosidad tres propinas, después de ofrecer un amplio programa que enlaza los dos puentes esenciales del Barroco (tal y como denomina Baciero a J.S. Bach y Antonio de Cabezón), con la cumbre del piano dramático, refiriéndose a la “Sonata nº 21 en Do menor” de Franz Schubert.


Comenzó con tres piezas de su tocayo y paisano burgalés Antonio de Cabezón, un compositor ciego desde muy niño, injustamente poco interpretado en los escenarios actuales y con una apasionante vida al servicio de la realeza española - principalmente Carlos I y Felipe II-, que bien merece ser rescatado. De su extensa obra Baciero escogió “Diferencias sobre el canto del caballero”, canción renacentista sobre la que Cabezón realizó cinco diferencias o variaciones, interpretadas por Baciero con un profundo conocimiento sobre la obra, teniendo en cuenta que el piano actual no es el instrumento más adecuado para desarrollar la sonoridad ideada por el compositor . El “Tiento de primer tono”, y la canción glosada sobre Philippe  Verdelot a seis voces “Ultimi mei suspiri”, fueron las otras dos piezas escogidas de Antonio de Cabezón que Baciero salvó con discreción.


El pianista es todo un experto en Bach y lo demostró con su interpretación de la “Suite Inglesa nº 3 en Sol menor”, canturreando cada fraseo a la manera de Glenn Gould (aunque menos sonoro para la audiencia) y esgrimiendo cada nota con claridad y precisión, destacando su interpretación en la “Allemande” y en  la compleja “Giga” final.


Tras la pausa Baciero sumergió a la audiencia en pleno romanticismo con la “Sonata nº 21 en Do menor” de Schubert, escrita poco antes de morir. Una sonata  dotada de un lirismo muy schubertiano que entraña una dificultad interpretativa, entre otros detalles, por sus cruces continuos de manos para abarcar todo el registro del piano y por sus grandes contrastes en los cuatro movimientos. Baciero destacó sobremanera en el Allegro final, movimiento deudor de la influencia de Beethoven con acentuaciones rítmicas muy marcadas. El pianista se llevó una continuada ovación y agradecido ofreció tres amplias propinas, comenzando por un Nocturno de Chopin, luego una Giga de Bach y terminando con una Mazurca de Chopin. Casi nada.


Todo un lujo para la Sociedad Filarmónica de Gijón haber  podido contar de nuevo con el pianista Antonio Baciero, que a sus ochenta y tres años mantiene los dedos en plena forma y las ideas muy claras. Esperamos que sean muchas más.  
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

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