jueves, 23 de agosto de 2018

Noche mágica con Debussy

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Festival Internacional de Piano de Gijón. Jardín Botánico, sábado 18 de agosto

Una cálida noche de agosto, con la temperatura adecuada (ni frío ni calor) y un entorno precioso como es el Jardín Botánico, resulta perfecto para escuchar un concierto monográfico sobre Claude Debussy. El Festival Internacional de Piano de Gijón en su XIX edición, quiso rendir homenaje a uno de los más grandes compositores de todos los tiempos en conmemoración con el centenario de su  muerte. Para ello contó con cinco pianistas solistas y dos dúos a cuatro manos que ofrecieron pinceladas de la profusa obra pianística del compositor, abarcando algunas de sus distintas etapas.

La joven pianista Ariel Mo fue la primera en subirse al escenario, abordando tres estudios de gran dificultad pertenecientes a un corpus de veinticuatro estudios publicados en dos volúmenes,  que sintetizan la técnica de escritura y la complejidad armónica adquirida por Debussy en la etapa final de su vida. No hay evocación a imágenes o argumentos poéticos, es pura técnica al servicio de la interpretación pianística, y buena técnica es lo que demostró Ariel al interpretar los estudios No. 5, No. 10 y No. 11, dedicados a la memoria de Chopin. Aunque no son los más difíciles recordamos las palabras que Debussy manifestó a su editor Durand acerca de ellos: “Mis estudios causarían horror  a sus dedos”.

Era el turno para la pianista Stephanie Draughon que interpretó la obra más famosa del compositor para piano, “Claro de Luna”, correspondiente al tercer movimiento de la “Suite Bergamasque”. Una obra inspirada en un poema de Verlaine y asociada a la cultura impresionista en la que Stephanie supo captar la intención contemplativa, entre melancólica y sensual y transmitirla a un auditorio que expresaba su satisfacción a través de intensos aplausos. También muy aplaudida fue la interpretación del “Arabesque No. 2”, una pieza de juventud con predominio de escalas pentatónicas y trinos.

La coreana Soyoung Jung, a la que podremos volver a escuchar el próximo miércoles en el homenaje a Jesús González Alonso en el Teatro Jovellanos tocando la obra más conocida de Gershwin, Rhapsody in Blue, hizo gala de su conocimiento sobre Debussy y su inspiración en la naturaleza interpretando las tres primeras piezas de la obra “Imágenes”. En esta obra Debussy muestra una gran capacidad para sugerir sin nombrar a través de la música y su primera pieza, “Reflexiones en el agua” es una buena muestra de ello. Su interpretación fue exquisita, al igual que la pieza “Homenaje a Rameau”.  

Obras más fáciles fueron las interpretadas a cuatro manos por los hermanos Carmona Gómez y por el dúo Baik/ Hartmann. Aunque más fáciles igual de hermosas y bien ejecutadas.  También con precisión Forrest Howell abordó la interpretación de “Images Oubliées” (imágenes olvidadas), una obra cuyo título ha sido premonitor, pues es muy poco interpretada. Por suerte Forrest Howell refrescó la memoria de los amantes de Debussy.

La breve pieza  “L’isle joyeuse”, interpretada con solvencia por la rumana  Andra Margineanu, puso el broche final a un concierto que parte de una buena idea y se concreta en una noche mágica.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Manel Fuentes & The Spring's Team: Y sin embargo fue un éxito

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Manel Fuentes & The Spring’s Team. Jardín Botánico, Gijón. Jueves, 16 de agosto.

“¡Gijoooón! ¡La noche va a ser laaaarga!” Varias veces´exhaló este grito de guerra Manel Fuentes en su concierto homenaje al “Boss”. Y larga fue. Casi tres horas sonando las mejores canciones, o, por lo menos, las más emblemáticas de Bruce Springsteen. El lugar del concierto fue la carpa del Jardín Botánico. En Gijón, posiblemente, uno de los peores recintos que me puedo imaginar para este concierto.  
Desde que se subió al escenario todos pudimos comprobar que el reto de “Men’s Health” para convertir a Manel Fuentes en portada del mes de septiembre está dando sus frutos: su cambio físico es más que evidente. Pero no estoy aquí para escribir sobre sus músculos sino sobre su actuación. Aretha Franklin abrió y cerró el concierto: para la entrada pincharon “I say a little Prayer” y para despedirse tocaron una  versión instrumental de “Think”. Una muestra de respeto que les honra.

La actuación transcurrió in crescendo y la banda cumplió una de sus máximas: nunca un concierto puede ser igual al anterior. Y no lo fue, aunque sonaron casi todas las canciones que tocan en cada uno de sus conciertos. Desde el cuarto tema, “Everybody Has a Hungry Heart” el público elevó los brazos agitando sus manos -ritual habitual de los conciertos de Bruce Springsteen- y casi permanecieron en alto hasta el final. Temas emblemáticos como “Born in the U.S.A.”, “Sherry Darling” o “Ain’t Good Enought For You”, entre otros,  convirtieron el momento en una comunión total entre artista y público. La banda “Spring’s Team” estuvo magnífica, destacando las guitarras en “Prove It All Night”, y en ”Wrecking Ball”, al igual que el saxo con intervenciones de una calidad sublime, ejemplo en “Glory Days”. El gran peso de los teclados en este repertorio, las melodías que desgranaba la violinista, el pulso del batería, el groove del bajista, los apoyos en coros… todo muy bien ejecutado y, además, manifestando buen rollo entre ellos.

En cuanto a Manel, sus desafines y limitaciones vocales los suple con creces con su encanto, sus dotes de comunicación y su pasión por lo que hace. No apeó la sonrisa en toda la noche y no descuidó ni un detalle en sus diálogos con el público y en la forma de enlazar los temas. Su manera de hablar de Gijón, de Asturias o de su ídolo Quini nos hizo sentirnos especiales. Por esto y por su manifiesta devoción hacia Bruce Springsteen, Manel Fuentes consiguió convertir a los fans del Boss en sus propios fans.

En definitiva, ¿Fue un buen concierto? La respuesta es no. Pero por cuestiones totalmente ajenas a la banda. El recinto no era el adecuado: la carpa del botánico oprimía el sonido, faltaba potencia, ni las voces ni los instrumentos se oían con definición, no se conseguía una buena ecualización, el público cantaba con la pasión propia de estos conciertos y el resultado final era un caos acústico.  Que vuelvan Manel Fuentes y los Spring’s Team a Gijón y que vuelvan pronto, pero a cualquier otro recinto más apropiado donde el sonido se pueda expandir con libertad. Y sin embargo, el concierto fue un gran éxito.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

The Blues Brothers: No tan granujas

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“The Original Blues Brothers Band”. Escenario de Poniente, Semana Grande. Lunes 13 de agosto.

La expectaciòn era máxima. Los Blues Brothers, los originales, era una de las actuaciones más esperadas en la Semana Grande de Gijón. Miles de personas acudieron al escenario de Poniente para ver lo que queda de aquella banda creada por John Belushi y Dan Aykroyd y nacida  como un número cómico del programa “Saturday Night Live”. ¿Decepcionaron? En parte sí, pero sólo en parte.

De aquella superbanda formada  a partir del 78’ solo quedan dos componentes: Lou Marini (saxofonista) y Steve Crooper (guitarra). Cuarenta años después por cuestiones de agenda solo llegó “Blue Lou” Marini a Gijón, rodeado de siete buenos músicos dispuestos a tocar los  grandes éxitos de “Granujas a todo ritmo” y “Blues Brothers 2000”. Tras una introducción instrumental bastante floja, en cuanto a empaste y precisión, salieron los “hermanos” para cantar “Going back to Miami”, destacando el solo de saxo de Marini. En “She caught the Katy” se alternan los solos de trombón y armónica con efectividad.  En “Missing with the kid” escuchamos un buen solo de guitarra, al igual que en “Shot gun blues”. La famosa “Sweet home Chicago” atrapó las palmas del público y de nuevo volvió a brillar el saxo de Marini. Y así hasta el final del concierto: cada instrumentista demostraba sus cualidades técnicas y artísticas cuando le correspondía de manera eficiente, pero el empaste de la banda seguía brillando por su ausencia. Y no es una cuestión de edad, es más bien un problema de ensayo. Hacen falta muchas horas tocando juntos para que todo suene engranado y esto no ocurrió. La imagen que dieron es de la típica banda que en su momento hizo un nombre importante y ahora se juntan para hacer algunos bolos arropados por la nostalgia de sus fans.  

Esa nostalgia se vio reconfortada por la presencia del actor Murphy Dunne que tuvo un papel significativo en las dos  películas. Tocó el teclado y cantó “Dime cuándo tú vendrás” en español y la icónica “Gimme some loving” y se llevó una gran ovación. Sin embargo, el momento estelar se vivió con el discurso de Lou Marini, mitad en español y mitad en inglés, recordando grandes momentos vividos por la banda y presentando a los músicos acompañantes. Escuchar a un artista que ha tocado con grandes como Frank Zappa,  Aerosmith o Steely Dann, entre otros y ha formado parte de ”Blood, Sweat & Tears”, siempre es un placer.

En cuanto a los “brothers” hay que reconocer que tienen mejores voces que los originales, sin embargo, salvo en ocasiones muy contadas no se vio esa complicidad y comicidad que mostraban sus “hermanos mayores”.
La mítica “Everybody need somebody” puso punto final a un concierto en el que el público bailó, cantó,  aplaudió a raudales y se lo pasó en grande. Pasarlo bien y escuchar una buena calidad musical son dos cosas diferentes y totalmente compatibles.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

martes, 14 de agosto de 2018

Shirley Davis & The Silverbacks: lo más chic del soul


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Shirley Davis & The Silverbacks durante la Semana Grande de Gijón. Plaza Mayor, domingo, 12 de agosto.

Si entendemos  “chic” como algo sofisticado y elegante, es el término que mejor describe la propuesta de Shirley Davis & The Silverbacks. La presentación del segundo disco “Wishes & Wants” en la Plaza Mayor dejó claro quién es la gran Davis.

En cada concierto tengo la costumbre de dedicarle más atención a los músicos que al artista principal, sin embargo, con Shirley Davis me pasa todo lo contrario: desde que sale al escenario no soy capaz de quitarle la vista  de encima. Su vestuario, su forma de mover los brazos, su manera de caminar y de intercambiar guiños con la banda...,  es todo sofisticación. Pero, lo que más me gusta es su voz:: su forma de proyectar el sonido en las canciones más blues y soul, o cómo corta las notas rápidamente en las canciones funk, creando una sensación rítmica como un instrumento más, hace que Davis sea una cantante particular.

Fue un placer escuchar temas arrolladores como “My Universe” de su primer disco “Black Rose”, reivindicativos como “Woman Dignity”, cuyo título ya describe de qué va el tema o muy rítmicos como “Night Life”. Su particular versión de Aretha Franklin en “I never loved a man” me cautivó.  Y eso que Aretha Franklin es de mis favoritas y pocas veces me conquista una versión de sus temas.  Dicho sea de paso mis mejores deseos para la gran Aretha, puesto que en el momento de redactar estas líneas me llega la información de que está en una situación muy grave. Larga vida a Aretha Franklin.

Para la banda que acompaña a la cantante, “The Silverbacks”, todo son halagos. Los solos de teclado con el Nord y su sonido hammond destacan sobre manera, al igual que el groove del bajista que hacía que el ritmo fluyera.  También muy destacables los agudos conseguidos en la trompeta y las rítmicas de la guitarra en los temas funk.  Una gran banda formada por la discográfica Tucxone Records para acompañar a la cantante, que son capaces de reinventar el sonido soul y aportar nuevos matices.

Sin duda, el concierto más chic de la Semana Grande. Creo que quedará archivado en la memoria de los presentes en la Plaza Mayor por su calidad, por su elegancia y por lo bien que lo pasamos escuchando a la cantante londinense y afincada en España Shirley Davis y su gran banda “The Silverbacks”.

Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Warcry juega en casa


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Warcry. Semana Grande, escenario de Poniente. sábado, 11 de agosto

Llegaron al escenario de Poniente felices por tocar para los suyos y dispuestos a darlo todo, aunque el momento no era el más favorable para algunos. Víctor García, vocalista y actualmente único miembro fundador de la banda Warcry, venía con la voz más arenosa de lo habitual, aún así no escatimó ni una sola frase y se dejó la voz literalmente en este concierto. Un concierto que llama la atención por ser de un estilo muy poco frecuente en las programaciones de la Semana Grande.


Arrancaron con “Nuevo Mundo” y “Contra el viento”, dos clásicos del álbum  “¿Dónde está la luz?”, perteneciente a la etapa en la que empezaban a llamar la atención como banda. Las musas danzaron al ritmo de dos temas del último disco “Donde el silencio se rompió” (2017), en el que se aprecia más nivel creativo y sonoro. La exhibición del guitarrista Pablo García -si hay parentesco familiar con Víctor no me consta-, llegó con “Muerte o Victoria”, colgando la guitarra por detrás de la cabeza para hacer un solo virtuoso. ¡Cuánto gusta esto a sus fans! Y no es que no se luciera hasta el momento, de hecho cada intervención suya es para pararse y conectar la neurona. Es más, creo que si Warcry está donde está es por contar con un guitarra de ese nivel, amén del cantante que lo da todo.

Desde su origen ha habido mucha evolución sonora, aunque pocos cambios en la calidad y   en las temáticas de sus letras: suelen estar vacías de contenido. ¿Es lo habitual en el heavy metal? Pues sí, pero no tendría porqué ser así: Sabina y el metal son perfectamente compatibles. Iniciativas de cambio ha habido, intentando  tocar aspectos sociales más actuales como la violencia de género.  La canción  “Cobarde” es muestra de ello y, aunque la letra es demasiado superficial y contada desde un punto de vista muy paternalista, bienvenida sea; que una banda metalera trate este tema es poco frecuente y muy significativo. Y es que en el mundo del metal siempre ha habido carencia de estrógenos.

Pero Warcry jugaba en casa y a los suyos les tiene que ofrecer algo más que bengalas, llamaradas, curradas proyecciones en la pantalla y otras parafernalias que ya son habituales en sus conciertos. La sorpresa estaba en la colaboración de la Coral Polifónica Gijonesa y el Coro Joven de Gijón que aportaron sus voces a la  inmortal  “Keops” y a “Nana”, repitiendo la experiencia de la gala de los Premios Amas del 2015, pero esta vez no en versión acústica sino en plena apoteosis con toda la banda. Santi Novoa, teclista de Warcry y también director del coro, adaptó perfectamente las voces a las particularidades de las canciones y, aunque el coro se quedó bajo de volumen respecto a la contundencia de la banda, las canciones ganaron.


Víctor García se compadecía de los peces del acuario al finalizar un concierto de dos horas y media con un volumen imponente. Un concierto en el que los de Warcry supieron contentar a los miles de fans presentes y, probablemente, ganarse a algunos nuevos que simplemente pasaban por allí.  
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España


Luz Casal se crece en Poniente



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Luz Casal. Escenario de Poniente, Semana Grande. Viernes, 10 de agosto.


Fue una noche especial para Luz Casal. Tocar en Gijón y en un escenario como el de Poniente impone hasta los más grandes. La cantante recordaba sus primeros pinitos  en la Agrupación Artística Gijonesa, cuando aún no era nadie y lo importante que era para ella volver a sus orígenes.  Por ello lo dio todo y se entregó en cuerpo y alma.

En la primera parte del concierto el escenario le quedaba grande y los miles y miles de espectadores que acudieron aplaudían con timidez, esperando algo más. Posiblemente canciones como “Días Prestados”, “Lucas” o “Miénteme al oído”,  del último disco “Que corra el aire” funcionan mejor en teatros más pequeños y con más intimidad. Luz es una mujer cercana,  que sabe tocar fibras porque tiene muchas vivencias detrás y funciona mejor en las distancias cortas. Pero una mujer como ella, sin una gran voz -sigue desafinando bastante- o sin un gran físico, no llega a donde está porque si, llega porque es una gran luchadora y sabe crecerse ante las circunstancias.

Con un discurso sobre sus humildes orígenes avivó la emotividad de los espectadores y comenzaron a corear la archiconocida  “Entre mis recuerdos”. Ese escenario que al principio le quedaba grande se iba encogiendo con temas como  “No me importa nada”  o “Besaré el suelo”, con final apoteósico. Empezaba a ganarse al público y conseguía que nuestra mirada permaneciera atenta  a sus movimientos a través de las gigantes pantallas laterales. El espíritu rockero se apoderó de ella con “Plantado en mi cabeza” o “Pedazo de cielo” y se volvió “Loca” con su fantástico e imperecedero  riff de guitarra, llegando a culminar el momento cañero con “Rufino”, teniendo que achicar la voz porque aún faltaba concierto.

El arreglo precioso de piano en “Lo eres todo” dio paso al momento almodovariano, con la magnífica guitarra de “Piensa en mí” y “Un año de amor” que cantó con mucha emoción. También  hubo homenaje a Mari Trini con “Amores” y terminó su concierto por todo lo alto con “Te dejé marchar”.

El mayor mérito que tiene Luz Casal es que siempre ha sabido escoger muy buenas canciones, de hecho, creo que las mejores canciones del repertorio de rock femenino que ha habido en España las ha defendido ella. Con los años ha sabido  sacar partido a su peculiar voz -poca tesitura, poca fuerza en algunos registros y problemas de afinación en directo- y ha creado un sello de identidad atractivo e inconfundible. Por eso, aunque sus nuevas canciones funcionen mejor en los escenarios más pequeños sus grandes éxitos siempre serán bien recibidos en escenarios como los de Poniente.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Karaoke Sabinero


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“Noche Sabinera”. Semana Grande, Plaza Mayor. Viernes 10 de agosto.

Gijón, la “ciudad de los gatillazos” y el lugar donde los “sabineros” han vivido las noches más hermosas -según Antonio García de Diego- , acogió a la banda de Joaquín Sabina con el mismo cariño y la misma emoción que cuando él está presente.  ¿Se echó de menos al cantante?  Yo personalmente no,  porque lo mejor de Sabina son sus creaciones en forma de canción y ahí estaban.Tocadas por la banda de siempre y cantadas por ellos mismos y, sin ánimo de ofender a sus fans, todos cantan mejor que Sabina.

El concierto se dividió en dos partes: en la primera Mara Barros, Antonio García de Diego, Pancho Varona y Jaime Asúa alternaban sus voces al servicio de una selección de grandes temazos que siempre tocan en sus giras; en la segunda es el público -previamente seleccionado- el que sube a cantar otras grandes canciones, como si de un karaoke se tratara, pero con mucho lujo.  

Fue Pancho Varona el que comenzó cantando “Sálvese quien pueda” y el motor musical estaba perfectamente engrasado: las guitarras, el bajo, la batería, los coros de Mara, los arreglos de piano de García de Diego…más de treinta años juntos hace que todo fluya. El rock and roll “Seis de la mañana” y la rumba “Cerrado por derribo” puso a la abarrotada Plaza Mayor a bailar. Esa canción llamada “Peces de ciudad”, que tiene tanta miga literaria y musical sonó mejor, si cabe. Mara Barros, espléndida como siempre, brilló en temas como  “Y sin embargo”, “Con las manos en la masa” o en la canción “Hace tiempo que no”, regalo de Sabina para su propio disco en solitario.

La segunda parte se convirtió en un karaoke de lujo para seis seleccionados, algunos imitando la voz de Sabina en “Quién me ha robado el mes de abril” o “Pongamos que hablo de Madrid” y otros con estilo propio, cantando “Conductores de ciudad “ o “19 días y 500 noches”.  Una noche que no olvidarán jamás con el karaoke de lujo que tenían a su servicio.

Dos horas de concierto que se hicieron  cortas y dejaron al público con ganas de seguir cantando.  Decía que no eché de menos la voz de Joaquín Sabina porque sus músicos cantan mejor y porque  el público invitado también lo hizo muy bien, pero lo que sí se echó de menos del de Úbeda fueron sus discursos políticamente incorrectos. Y es que un artista como Sabina no se hace  tan grande solo por sus canciones.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España

Antonio Zambujo:más que fado


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António Zambujo, Semana Grande. Plaza Mayor, jueves 9 de agosto.

La sensibilidad y la elegancia de la música portuguesa impregnó la Plaza Mayor de Gijón en una noche más que agradable. António Zambujo, considerado el mejor cantante masculino de fado,  ha sabido romper los límites del estilo que lo encumbró y convertirse  en uno de los representantes más importantes de la música portuguesa a nivel internacional. Sus sonoridades mantienen la esencia del fado tradicional y añaden toques brasileños, africanos, griegos y elementos del jazz. Quizás, por ello su música es tan especial.


Esa sonoridad diferente que  tienen las canciones de Zambujo la captamos desde el primer tema “Fatalidade”, del último disco “Rua da Emenda”. Su voz es una delicia en cuanto a timbre y tesitura y los arreglos musicales son de gran calidad. Para ello se acompaña de un gran intérprete de guitarra portuguesa, Bernardo Couto, que le da el timbre tradicional, pero también cuenta con José Miguel Conde manejando las llaves del clarinete y el clarinete bajo, que aporta un sonido original a las respuestas de las melodías vocales. Menos protagonismo tuvo Joao Moreira, aún así, sus intervenciones en la trompeta con sordina en temas como “Valsa dum pavao Ciumento” o “Guia”, fueron de gran sutileza. El metrónomo y la riqueza rítmica estuvo a cargo de Mario Costa en la batería y percusiones, y todos ellos coordinados bajo la dirección del contrabajista Ricardo Cruz, encargado de engrandecer las melodías de Zambujo con buenos arreglos musicales.

Ejemplo de buenos arreglos es el fado “Apelo” que empezó calmado y fue subiendo la intensidad para finalizar en una larga nota del cantante. También es destacable el “Fado Desconcertado”, con clara  influencia de la bossa nova, o “Algo Estranho Acontece” que tanto me recuerda a Piazzolla y su “Libertango”. También hubo temas para deleitarse ( “Flagrante”),   para hacer un guiño al Sporting y arrancar las risas de los presentes ( “Zorro”) o para cantar a pleno pulmón toda la plaza (“Noche de Ronda” o “Cielito Lindo”).
  
António Zambujo preguntó al público si se entiende lo que canta y las respuestas estaban bastante divididas: unos decían que sí, y otros que no pero que les daba igual. Cierto es que el portugués se capta a grosso modo pero para entender las sutilezas  de sus historias románticas, amores perdidos, sensaciones de soledad, etc., hay que dominar la lengua y el google translate aún está en pañales. En lo que no estaban divididas las opiniones del público era en lo agradable que suena la música de Zambujo y en lo bonita que es su voz. Y eso que dicen que el fado es cosa triste, sin embargo, el público se marchó muy alegre tras haber disfrutado de este gran concierto.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España


El saxo más salvaje


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Dani Nel-Lo y los Saxofonistas Salvajes. Presentación del festival Rocking Gijón Weekender”. Plaza Mayor, 6 de agosto.

Una buena dosis de Rock and roll y Rhythm and blues, con algunos toques de swing, es lo que pudimos escuchar en el concierto de presentación del festival “Rocking Gijón Weekender” en la Plaza Mayor. El saxofonista Dani Nel-Lo dio a conocer en Gijón su proyecto más personal, reivindicando grandes temas que tuvieron al saxofón como protagonista principal en la década de los 40’ y 50’, en lo que fue conocido como el sonido de los “honkers”, en pleno declive de las big bands. Para este proyecto al que llamó  “Saxofonistas Salvajes”, en honor a todos aquellos saxofonistas que asentaron las bases del rock and roll, contó con la colaboración de dos guitarras, bajo, batería, percusión y saxo barítono.

Arrancaron con el tema emblemático de este proyecto,  “Flying home” de Benny Goodman y Lionel Hampton, y ofrecieron una hora y media de concierto a base de música instrumental de grandes compositores de música para saxofón como Illinois Jacquet, Arnett Cobb, Noble Watts o Red Prysock. Dani Nel-Lo, un artista conocido por sus colaboraciones con Loquillo, Ariel Rot o como miembro de “Los Rebeldes”, entre otros,  supo trasladar al escenario el espíritu, la frescura y ese toque  de rebeldía juvenil que aportaron los “honkers” y contagió a un numeroso público que no dejó de bailar y colaborar con palmas.  Destacaron temas como “Gator Blues”, en el que Dani Nel-Lo mostró las grandes posibilidades del saxo tenor en cuanto a tesitura. La capacidad rítmica y la sensibilidad impregnaron a la Plaza Mayor de exotismo con el tema “Sands of Sahara” del controvertido Lynn Hope. También brillaron varios solos de saxo barítono, entre ellos “Snake Eyes”, a cargo de Pere Miró. Pero no todo fueron solos y exhibición de saxofón, también había hueco para las improvisaciones de las guitarras y de las percusiones en un concierto que destacó por su energía contagiosa.

En definitiva, un concierto muy agradable a cargo de unos artistas que consiguieron trasladarnos al otro lado del charco y vivir una etapa de la música que brilla por su frescura y por su escasez interpretativa. Y es que detrás  de esa apariencia de música visceral, improvisada y  salvaje hay muchas horas de ensayo, de estudio y de búsqueda de un sonido que define a una época. Ese sonido y esa técnica es lo que ha conseguido Dani Nel-Lo con su proyecto “Saxofonistas Salvajes”.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 


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Festival Tsunami Xixón. Patio de la Laboral. Sábado 5 de agosto.

El cierre de la segunda edición del Tsunami Xixón no fue tan redondo como cabría esperar y no por cuestiones de calidad, ya que la selección de bandas de primer nivel estuvo a la altura de la anterior edición. Momentos de auténtico pánico tuvieron que vivir los organizadores de este festival - hasta el momento estaba siendo todo impecable-, cuando  fueron informados del retraso del avión de los californianos Lagwagon y, por lo tanto, había que trastocar todos los horarios previstos para los últimos cinco grupos. Casi nada.

En el lugar y en el escenario de Lagwagon salieron a darlo todo los donostiarras “Niña Coyote Eta Chico Tornado” que tendrían que haber actuado en el escenario pequeño. Con buena actitud punkarra, el guitarrista Koldo Soret y la batería Úrsula Strong hicieron lo que pudieron para rellenar ese pedazo de escenario ellos dos solos.  Al menos pudimos ver a una mujer en el escenario sin que esté detrás de un micrófono.  A ver si toman nota los de la organización y traen alguna banda más femenina para la próxima edición que “haberlas haylas”, es cuestión de querer. Como iba diciendo, Úrsula defendió su papel en la batería sin virtuosismos pero con buena pegada y los dos solos se ganaron a una gran mayoría de público con ganas de punk radical.

La superbanda sueca “The Hives” puso a las 20.000 personas asistentes a botar con sus grandes éxitos “Hate to Say”, “Walk Idiot Walk” o “Tick Tick Boom”, entre otros.  Su potente directo se aleja bastante del sonido garagero que asoma por su discografía.  Simpáticos y con buena puesta en escena se esforzaron por hablar en español y de interactuar con el público, a veces estirando demasiado los temas para rellenar tiempo.  Aun así, muy buenos.

Los que no se molestaron en absoluto por interactuar con el público fueron las estrellas del festival.  La actuación de Bad Religion comenzó media hora antes de lo previsto para facilitar la nueva organización de horarios y sin concesiones ni apenas mediar palabra “escupieron” más de treinta canciones una tras otra. Puntuales se subieron, hicieron su trabajo y puntuales se bajaron, como si de un trabajo de oficina se tratara. Y de Bad Religion no hay más que contar, excepto que la maquinaria rítmica no estaba suficientemente bien engrasada. El resultado es que no tuvieron su mejor noche y que este concierto no pasará a la memoria de sus nietos, aunque posiblemente se quede para siempre en la memoria de los miles de fans que se congregaron para verlos y corear todas sus canciones.

Después de Bad Religion hubo que esperar un buen rato por la actuación de los californianos Lagwagon, causantes de todo el trastorno horario. El tiempo que llevó el cambio de instrumentación provocó que el público se enfriara e incluso muchos optaron por irse. La banda de skate punk hizo todo lo que pudo por satisfacer a su público  y en parte lo consiguió, a base de buenas canciones bien tocadas con potentes distorsiones. En definitiva, no fue el cierre que hubiéramos deseado, aun así,  se cierra otra edición de Tsunami que sitúa a Gijón en lo más alto de la escena punk- rock.
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España 

Vuelve el Tsunami Xixón

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Festival Tsunami Xixón. Patio de la Laboral. Viernes 3 de agosto.

Con puntualidad rigurosa estaban transcurriendo todos los conciertos de la primera sesión del Festival Tsunami Xixón, cuya segunda edición arrancó  con un cartel prometedor. Y es que con tanto cartel si no se cumplen bien los horarios puede ser un caos. Los últimos en actuar, los británicos “The Prodigy”, hicieron caso omiso a sus relojes y comenzaron media hora más tarde con los inevitables abucheos, silbidos y griterío de los casi 20.000 asistentes que se congregaron en este festival. 

Aparte de impuntuales, “The Prodigy” es una banda que no merece la pena escuchar, musicalmente hablando. Y no es una cuestión de gustos personales, es el resumen de un cúmulo de datos objetivos. Para empezar podemos poner todas las etiquetas que se nos ocurran: techno-hardcore, breakbeat, rave-punk, electro-metal… En directo, ”The Prodigy” son una masa de sonidos de producción electrónica industrial, creados por Liam Howlett,  a la que se suma un batería que dobla los ritmos grabados y un guitarrista que realza frecuencias agudas a base de acoples  con su torre de amplificadores.  Como frontmen, dos “pogo-dancers” cuya misión es incitar al público, dar saltos y soltar alaridos y expresiones que contenga la palabra “fuck” para rellenar títulos como “Smack My Bitch Up”, “Omen” o  “Voodoo People”, cuya letra consiste en repetir el título y alguna frase más, si cabe. Y como arma más importante utilizan miles y miles de Vatios  de potencia para taladrar los oídos. El público estaba entregadísimo bailando el pogo y se lo pasó en grande disfrutando de un espectáculo de luces y sonidos. No es incompatible. También nos lo pasamos muy bien con los amigos comiendo una hamburguesa en un “Mc Burguer”. Pero la comida sigue siendo mala.

Los que sí eran buenos, sí fue un placer escuchar y sí merece la pena seguir sus pasos son los neoyorkinos “Gogol Bordello”, una banda formada por músicos de diversos orígenes que juntos conforman una amalgama de sonidos y ritmos entre el gipsy, el rock y el punk de  gran calidad. Estos representantes de “la comunidad emigrante del mundo” -según nos decía el percusionista y cantante-, montaron una auténtica fiesta en la que brilló el virtuosismo de los músicos –destacando los solos del violinista y los ritmos de la cuica del percusionista-, los cambios de ritmos, las melodías pegadizas y las bases armónicas de fusión entre el este y el oeste.  Todo un lujo de banda.

Con el mismo nivel, pero en otra línea totalmente diferente pudimos escuchar a “Royal Republic”. Provocadores y elegantes, la banda sueca destaca por sus contundentes guitarras y sus coros bien afinados, amén de la espectacular tesitura del cantante.  Se metieron al público en el bolsillo con temas muy bien elaborados como “Everybody Wants To Be An Astronaut”, bailando a ritmo de “Tommy-Gun” o cantando “Baby”. Sin duda, una gran banda.
Otras bandas como “Minor Empires”, los catalanes “Crim” o “Marky Ramone” –lo que queda de  “Los Ramones”-, completaron la primera jornada de este festival que en su primera edición se consagró y, de momento, mantiene el nivel por la buena organización y la variedad musical dentro de la escena rock escorada hacia el punk. 
Crítica de Mar Norlander publicada en La Nueva España