sábado, 4 de abril de 2015

Mi noche con Joan Báez




Teatro de la Laboral de Gijón. Viernes 27 Marzo.
Reconozco que nunca he sido muy seguidora de Joan Báez. Woodstock, el movimiento hippie,  activismo pro derechos humanos, feminismo, guerra de Vietnam, etc., son hechos ajenos a mis vivencias, bien porque no había nacido o  porque era  muy niña. El famoso “No nos moverán” que dedicó en 1977  a la “Pasionaria” en su primera visita a España comenzó a formar parte de mi acervo musical  posteriormente, gracias a “Chanquete” en “Verano Azul” y alguna misa parroquial de mi infancia, pero sin captar la importancia de su significado. Así son las cosas.   También reconozco que en mi adolescencia si me hablaban de Joan Báez me causaba el mismo efecto que Lola Flores, Bob Dylan, Pete Seeger o Joan Manuel Serrat, es decir,  reliquias del pasado del gusto de mis mayores, pero no del mío, pues mis “rebeldes” eran otros.
Es cuestión de tiempo que acabes reparando en alguien que perdura  con tanto respeto por  su trabajo y  por sus convicciones firmes. Poco a poco aprendes a valorar todo aquello que simboliza, a apreciar la belleza de las melodías que compone o que rescata, y sobre todo a conectar el mensaje de sus letras con los acontecimientos históricos que suceden al margen de la música, pues en esto destaca la cantante. No hace mucho  leía una noticia que contaba que Joan Báez se había subido a un árbol para  evitar la expropiación  de una granja urbana en Los Ángeles ¡Pero si tiene que ser  anciana!- me decía.  La Wikipedia no lo desmentía. Aun así, no dejan de ser asuntos sociales que enternecen pero que musicalmente no me tocan el alma.

El concierto de Gijón es la oportunidad para comprobar quién es Joan Báez fuera de los libros y de los vídeos. Su primera lección es que ser anciana o no es una cuestión de actitud ante la vida y no de carnet de identidad. Ante nuestros ojos una sencilla joven madura  de 74 años, con el pelo blanco y con una fuerza interior que irradia tanta energía que llena el escenario solo con su presencia y su guitarra. En cuestiones acústicas la ecualización, el volumen, brillo, reverb,... todo en su justa medida para crear el “sonido perfecto” tan ansiado en los conciertos.  Su particular   “Big-band” la forman:  el genial Dirk Powell que sabe sacarle el jugo a cada uno de los muchos instrumentos que toca (banjo, mandolina, guitarra, piano, acordeón, violín, etc.),  el percusionista Gabriel Harris parapetado con congas, djembé, cajón y varios artilugios de percusión menor para imprimirle el ritmo necesario a cada magistral melodía, y por último la joven Grace Stumberg, con un precioso timbre de estilo folk  que le hace coros en varios temas y canta alguna estrofa en solitario. No es una Big-band al uso pero como si lo fuera, pues no se echa de menos ningún timbre o  registro sonoro diferente de lo que hay. Y allí me vi sumergida en un espacio en el que el tiempo se detuvo durante hora y media, dando y cantando “Gracias a la vida” (y de paso a La Nueva España), “Donna donna” o “No nos moverán” (sin recordar a Chanquete), aplaudiendo y, sobre todo,  absorbiendo la grandeza de una auténtica y generosa gran dama,  cuyo reconocimiento popular es más que merecido.  Ahora ya puedo decir que una noche Joan Baéz me tocó el alma y que siempre seré su fan. 
Mar Norlander para el periódico La Nueva España. 

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